El silencio inundaba la casa. En el patio, el perro ladraba espantado con la sombra de los árboles agitados por el viento. La habitación lucía desolada, como propiciando aquel encuentro que tantas veces él había imaginado. La mesita de noche sostenía el reloj despertador y junto al artefacto y su tic- tac indetenible estaba el retrato de su feliz unión matrimonial.
El hombre atravesó la puerta de prisa, mientras sus manos temblaban. Sabía que, si espera una oportunidad, no podría ser una mejor que ésta. Su esposa no estaba en casa. Confiado en sus planes salió otra vez al patio para cerciorarse de que nadie estuviera por allí, aunque era evidente que los dos estaban completamente solos. De puntillas entró de nuevo a la casa y paseó su vista minuciosa por cada rincón. Su boca ardía sedienta, pero no pensó en tomar siquiera un sorbo de agua. Su deseo lo ocupaba otra sed, pero esa solo la conocía su almohada.
La vio sentada en el comedor. Su blanca espalda casi al descubierto incitaba más su ansia de poseerla hasta la saciedad. Ella apoyaba sus codos en la mesa, mientras fija la vista en los libros, trataba de leer alumbrada por la escasa luz que proporcionaba la fina llama una vela. No advirtió la presencia del hombre.
Mientras la miraba, sentía que el pecho se agitaba y por un momento pensó en su cuñada Margarita. Sí, su cuñada, la madre de aquella chiquilla que le habían confiado a él y a su esposa antes de que zozobrara en el Canal de la Mona la embarcación mal trecha que la llevaría desde Santo Domingo hacia Puerto Rico en busca de mejor vida para ambas. De eso hacían ya 12 años y aquella tierna niñita de pelo rizo, inocente y juguetona que llegó a su casa con apenas 3 años de vida era toda una mujer. Una hembra recién salida del capullo, de labios carnosos, de prominentes pechos y grandes ojos negros que brillaban bajo unas copiosas cejas.
Se imaginaba dueño de su cuerpo. En su garganta se anudaba una terrible angustia solo de pensar que otros hombres la deseaban como él. Él que desde hacía mucho tiempo ya no la veía con ojos de padre. Se le había hecho costumbre contemplarla con cuidadoso disimulo cuando estaban en el patio. Mientras atendía y alimentaba sus gallos, la perseguía con la mirada cuando iba y venía afanosa realizando algunos oficios rutinarios. A Carmelo no le preocupaba que la muchacha notara ese fuego ardiente de hombre enamorado, que nacía en sus ojos y descendía justo en medio de sus dos piernas.
En los rejones los gallos cantaban y solo ese cántico ruidoso y pensar en que su esposa también andaba barriendo por allí, lo hacían apartarse de las alucinaciones mórbidas con la hijastra. Al principio, la conciencia le remordía, pero conforme la veía creciendo y convirtiéndose en una hermosa hembra, su deseo febril aumentaba. Creía que solo él podría poseerla.
_ ¡Qué coño! No lleva mi sangre.
_ Ella me pertenece, para algo la he mantenido por tantos años.
Desde un extremo de la oscura sala, avanzó hacia su presa sigiloso y con el pecho desnudo. De un soplido apagó la vela, que casi derretida se adhería grisácea a la mesa. La sujeto violentamente por la espalda. Sus manos sudorosas le tapaban la boca. De prisa la arrastró hacia el cuarto y de un tirón desgarró la bata color rosa que solía usar para trajinar por la casa antes de acostarse. La lanzó en la cama. Ella batallaba por quitárselo de encima. Contrariada e ignorando quien era la bestia que se abalanzó salvaje, trató de gritar. De nuevo con más presión tapó su boca hasta dejarla casi sin aliento.
Ambos cuerpos se estremecían en la oscuridad de aquel cuarto: uno de miedo y otro de placer. Jamás la había sentido tan cerca como en ese instante. Su cuerpo desnudo bajo el suyo era lo que hasta en sueño había deseado. Sintió sus senos firmes y los pezones eréctiles, como cuando se pronunciaban por encima de la blusa. Ardiendo en deseos al sentir su piel sin ropa y casi a punto de hacerla suya, el sonido estrepitoso de la alarma marcando 6:00 a.m. retumbó en todo el cuarto.
El hombre despertó de súbito y sobresaltado se sentó en la cama. Palpó su rostro húmedo y los ojos desorbitados casi salían de las córneas. Su boca seguía sedienta, a lo mejor por los tragos de la parranda de la noche anterior.
Esta vez sí fue a la cocina por un vaso de agua. De regreso al cuarto, miró a su mujer que tranquilamente continuaba dormida.
¡Qué terrible pesadilla, se dijo a sí mismo! Inhaló y exhaló aire. Por un instante, la tranquilidad volvió a reposar en sus hombros de padre.











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