El discurso es lengua en acción y, por lo tanto, un potente mecanismo de interrelación que repercute en el pensar y en el hacer de los sujetos implicados. Su consumación puede obedecer a múltiples propósitos, de modo que, así como ha sido un vehículo idóneo para transmitir mensajes de paz y esperanza a través de los años, se ha constituido al mismo tiempo en un poderoso promotor de injusticias de magnitudes diversas. Una muestra de las bondades y los perjuicios que pueden transitar por el complejo sendero del discurso la podemos hallar en la película “12 hombres sin piedad”, la cual fue producida en su primera versión en 1957 bajo la dirección de Sidney Lumet con el título de “12 angry men” y en 1973 bajo la dirección de gustavo Pérez Puig, con el título referido al principio.
La historia que nos presenta “Doce hombres sin piedad” es la de doce jurados de un juicio que tienen bajo su responsabilidad decidir el destino de un joven acusado de asesinar a su padre y que, de ser encontrado culpable, recibiría la pena de muerte. El conflicto de la trama surge a raíz de que uno de estos hombres, pese a que todos los hechos apuntaban a la culpabilidad del acusado, ante una duda razonable, se niega a votar en su contra, imposibilitando la unanimidad de opinión necesaria para dictar un veredicto. Esta situación hace que el proceso se torne largo y termine sulfurando a los demás miembros. Es así como tiene origen un extenso y acalorado debate en donde un solo individuo intenta disuadir a once hombres sesgados por los prejuicios y razonamientos falaces.
La trama inicia con la entrada en escena de cada uno de los personajes quienes, hastiados del proceso, comienzan una exposición ordenada de los argumentos con los que defienden su postura. Aunque las ideas aducidas por la mayoría se basan en hechos de apariencia inequívoca, el más sensatos de los hombres, analiza los detalles catalogados como insignificantes y empieza a desentrañar las inconsistencias y superficialidad de los razonamientos de sus compañeros y de los discursos que rodearon el juicio, dejando al desnudo una serie de mecanismos engañosos de coherencia.
El primer argumento prejuicioso en contra del acusado surge con la expresión “basta con mirarle la cara”, con la cual uno de los personajes recrea el hábito tan extendido de concebir el aspecto físico de alguien como una prueba facultativa para asegurar su accionar pasado y/o futuro. Este tipo de discurso abundan en nuestros contextos cotidianos y han conducido a la comisión de incontables actos de injusticia. De manera similar sucede con las expresiones “conozco los tipos como él” y “así son los chicos de barrio”, con la cual el enunciador hace evidente su predisposición ante el acusado, situación que ilustra con claridad cómo la procedencia de los sujetos suele utilizarse como motivo para poner en entredicho los valores morales que pueda poseer.
Cabe destacar en este punto que es cierto que el ambiente tiene gran influencia en la constitución de la personalidad del individuo, pero el ambiente no se limita a un territorio, sino que abarca una serie de factores familiares, educativos y otros que son distintos en cada caso. De manera que, aunque la generalización resulta muy útil, incluso en la ciencia, emplearla para emitir juicios a cerca de un sujeto en particular, resulta peligroso e irresponsable. Méndez (2018) advierte sobre algunos de estos peligros cuando explica que sus efectos se perciben en lo individual y en la vida colectiva, puesto que muchas rivalidades entre comunidades tienen su cimiento en los prejuicios. Estos pueden estar motivados por experiencias muy íntimas, tal como sucede con uno de los jurados más severos que, a causa del resquemor que guarda contra su hijo, no puede ocultar su animadversión hacia los jóvenes y parece encontrar en la posible condena del acusado, una satisfacción personal.
La visión distorsionada de la realidad producida por un pensamiento prejuiciado, así como la peresocidad del razonamiento son los que constantemente conducen a cometer una amplia gama de falacias discursivas. Soler (2015) define las falacias como un “tipo de argumento que puede parecer correcto, pero que, mediante una revisión minuciosa, se prueba que no lo es”. La existencia de estas trampas del discurso y la sutileza con las que suelen presentarse convierten a los incautos en presas fáciles de los engaños. Por ello, se hace necesario que hombres y mujeres se conviertan en analistas cuidadosos de los discursos ajenos.
Una de las falacias empleadas en la aludida película se hace evidente cuando uno de los doce hombres arguye como razón suficiente para condenar al joven el hecho de que la mayoría votó en su contra. Se trata de la falacia conocida como “ad pópulum”. De acuerdo con García (2013), la cultura de concederle la razón a la mayoría está muy presentes en el ámbito político, el publicitario y el mercadológico. Sin embargo, se trata de una práctica muy divorciada del pensamiento científico, pues resulta insensato dar mayor relevancia a la cantidad de personas que defienden cierta opinión que a la consistencia de los razonamientos a partir de los cuales la sostienen. De manera que, aunque la mayoría puede tener la razón, no siempre es así.
Otro argumento falaz presente en la historia el llamado “Ad hominem” o la palabra se toma por quien la dice. Esta falacia consiste en desestimar la veracidad de una afirmación o, por el contrario, aceptarla como hecho unívoco, tomando en consideración el emisor de esta. Se deja notar en la película cuando uno de los debatientes asevera que el muchacho viene de barrio y, por lo tanto, no hay que creerle. Sin embargo, la estrechez de sus reflexiones no le permite darse cuenta de un detalle importante y es que una de las personas que testifica en contra del acusado también procede de ese barrio. El más piadoso de los hombres le hace ver esta incoherencia, dejándole en claro que no creer en uno, tampoco debería creer en el otro.
En el discurrir de la historia también se hace patente la falacia conocida como “ad ignorantiam”, que consiste en asumir como cierto todo aquello de lo que no puede comprobarse su falsedad. En “12 hombres sin piedad”, uno de los jurados afirma que el acusado es culpable debido a que no puede demostrarse lo contrario, lo cual resulta ser una ingenuidad maliciosa, pues si bien no se ha podido demostrar la inocencia del joven, tampoco ha sido posible, hasta entonces, demostrar su culpabilidad. Esto último justifica la duda razonable que tanto defiende el más piadoso de ellos.
Mediante las intervenciones de los distintos personajes, en la película se critican prácticas acientíficas habituales como la infalibilidad otorgada a las palabras de los demás; la indisposición a escuchar los razonamientos ajenos por contraponerse con nuestros puntos de vistas; y la emisión de juicios a priori. Por su parte, se defienden aspectos sustanciales para poder examinar los hechos de manera objetiva como son: la asunción de la opinión propia; el trascender las apariencias; la imparcialidad y la acuciosidad. Así mismo, se resalta la necesidad de lanzar una mirada empática hacia los demás, como una forma de comprometerse con la verdad y la justicia.
Impulsados por la perspicacia del hombre piadoso, los restantes comienzan a reflexionar con mayor profundidad ante detalles previamente ignorados. De manera que, en una dinámica de refutaciones y votaciones, la idea de una posible inocencia cuenta paulatinamente con cada vez más adeptos. Finalmente, la criticidad y las ansias de verdad de un hombre se imponen y le permiten disuadir hasta el más desapacible de sus compañeros, impidiendo que se tome una decisión errónea y fatal.
La película referida pone en evidencia cómo el compromiso con la justicia es el mejor resorte para la búsqueda de la verdad, y el discurso la mejor forma de difundirla. Esta producción nos demuestra el riesgo que la escasa capacidad analítica y la superficialidad de los razonamientos representan para el bienestar propio y para el de los demás. También revela la imperiosidad de cultivar un pensamiento crítico como la única vía de sustraernos de la ignorancia que produce la inmediatez, pues un discurso fundado desde la criticidad podría ser el aliciente para contribuir a una sociedad más justa. Solo mediante él podremos escapar de la sevicia de los manipuladores o de convertirnos en uno de ellos. En fin, la historia que nos muestra “12 hombres sin piedad” es una invitación a asumir una actitud de repelencia hacia la prontitud reflexiva a fin de garantizar la toma de decisiones correctas.











Discussion about this post