Passio en latín o pathèma en griego significa, en español, pasión que, refiriéndose a Jesús, el Cristo, es el sufrimiento padecido por él y narrado tanto por los Evangelios como por la Literatura Antigua.
Los historiadores han recontado la muerte de Jesús en la Cruz como un hecho importante en la historia de un personaje insigne de su tiempo; los evangelistas y los autores sagrados del Nuevo Testamento, reafirmando su dimensión histórica, le han agregado significado, para que este hecho alcanzara relevancia por su Predicación y Meditación; por eso les dicen a los cristianos que, “porque Cristo sufrió por ustedes” (1P 2,21) se constituyó en la fuente de “vida nueva” (Rm 6,4), con su Resurrección. De este modo, la Pasión no es un “intermedio” entre su vida pública y su resurrección, sino parte integral y necesaria en la comprensión de la vida y misión de Jesús, a tal punto que, los Evangelios Sinópticos preanuncian la Pasión tres veces antes de que suceda en el Gólgota (Mc 8,31; 9,31; 10,32), esto significa que la Pasión está en el diseño salvífico de Dios revelado en las Escrituras (Mt 21,38-42; 26,56) a favor de toda la creación (Jn 6,51; Mt 20,28).
La Sangre de Jesús derramada y su Cuerpo colgado en la Cruz se transforman en el don más preciado del camino hacia la Salvación. Desde este momento, el sacrificio que realizaban los sacerdotes con las víctimas expiatorias en el “ara del Altar” del Templo de Jerusalén, pierde sentido y viene recapitulado, transformado, en Cristo (Ef 1,1-12); este es el punto de partida de la Nueva Alianza que Cristo hace perfecta entre Dios y la humanidad, porque la ofrenda por excelencia es Jesús en el “Ara de la Cruz” (1Cor 11,25).
Este “sacrificio cruento” del nazareno, en vez de aparecer como algo absurdo y escandaloso para el mundo, se convierte en “sabiduría” de Dios y “potencia” de Dios (1Cor 1,18-25), haciendo de ella el más perfecto instrumento de Redención, Reconciliación y Alianza de amor con todos los hijos de Dios; de aquí que, Jesús es el “mediador” perfecto y agradable a Dios, quien, hombre como los hombres, tiene la posibilidad de restablecer la dignidad de hacer “hijos en el Hijo” y hermanos suyos a todos los bautizados (Hb 2,17) quien, por demás, “sufriendo aprendió a obedecer” (Hb 5,8), por eso, desde la Cruz, escucharemos nueva vez esta Semana Santa cuando Jesús grite a su Padre del Cielo: “Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc 22,42).
Desde el ámbito de la espiritualidad, la Pasión de Jesús es necesaria, de una parte, para darle cumplimiento a las Escrituras (Mt 26,42) y, de otra, para unir la Cruz de Cristo a la cruz de cada cristiano (Lc 9,23).










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