
Por: Dra. Olimpia Delgado Pantaleón
Hace algunos años, en una media mañana de un caluroso sábado, me dirigí a pies desde mi casa hacia una empresa ya desaparecida, para cumplir con mi deber, en el ejercicio de mi profesión. Yo tenía vehículo, pero no recuerdo el motivo por el cual no pude utilizarlo.
Son aproximadamente dos kilómetros de distancia, desde mi casa en San Francisco de Macorís, hasta donde estaba ubicada esa empresa, en el centro de la ciudad.
Se trataba de una institución financiera, ubicada en la calle Restauración, casi frente a la reconocida Barra El Polo y al lado del ya inexistente Banco del Comercio Dominicano. Sus instalaciones tenían aire acondicionado y había una sola puerta, para la entrada y para la salida de todas las personas, en la cual no había portero.
Al entrar yo al establecimiento, veo delante de mí sobre la alfombra en el suelo, una cantidad de dinero en papeletas dominicanas, dobladas por el medio. Me bajé, tomé el “tesoro encontrado” y lo introduje en mi cartera, sin que el personal de la oficina que estaba al frente de mí a cierta distancia, tomara en cuenta mi extraño movimiento.
Encontrar a la persona que había perdido su dinero, en pocos minutos se convirtió en mis sentimientos, en una gran obsesión. De inmediato puse en orden mis ideas.
Era yo la primera persona que utilizaba esa puerta, después de utilizarla el visitante perdedor. Yo sabía que encontraría a la persona dueña de ese dinero, porque si había entrado antes que yo, estaba dentro de la oficina. Pero si había salido antes de yo entrar, era fácil saber su dirección, pues quienes visitan esas empresas, generalmente van en busca de dinero prestado o van a pagar una cuota del préstamo ya adquirido o van a saldar su deuda, por lo que sus datos quedan archivados; los cuales podía investigar, si se hacía necesario.
Llegué hasta donde estaba el personal de la empresa. Recuerdo a dos damas que estaban presentes: Doña Vahilma Fernández Pantaleón de Rocca y doña Carmen Polo, la última citada muy conocida entre sus amistades, como Charo. Les pregunté a todos si se les había perdido algo. Ellos se examinaron, tocando sus joyas y sus bolsillos y me contestaron, diciendo que nada habían perdido.
El gerente se encontraba en su despacho. Expresé que necesitaba entrevistarme con él y que tan pronto fuera prudente, le anunciaran mi visita.
Llegó el momento de entrar a la gerencia. Ahí también se encontraba un visitante. Como ya no me quedaba otra opción, yo deseaba con todas mis ansias, que una de esas dos personas fuera la afortunada perdedora, para yo entregarle el dinero encontrado y poder liberarme de mi carga emocional.
La empresa a la que me refiero, era el Grupo Financiero del Nordeste (GRUFINOR) y el gerente era el Licenciado Luis Reyes Corcino.
Después de saludar, en un momento oportuno, les pregunté si a ellos se les había perdido algo. Igual que las demás personas, comenzaron a tocarse, para asegurarse de lo que debían contestar. Tan pronto fue posible, el gerente contestó que a él nada se le había perdido.
Asegurándose primero de la situación por la que atravesaba, el visitante me contestó, moderadamente: “Si señora, a mí se me perdió algo”. Le pregunté: ¿Qué se le perdió, señor?. Él me contestó muy tímido: “Se me perdió dinero, señora”. Le pregunté: (no sé para qué, porque yo no sabía, qué cantidad de dinero me había encontrado). ¿Qué cantidad de dinero se le perdió, señor?. Él me contestó, confundido: “No recuerdo, señora; pero estoy seguro de que todas las papeletas son iguales y la que está colocada encima, es diferente”.
Seguido me dispuse a buscar el dinero dentro de mi cartera, que se mantenía en la misma forma como lo recogí. Lo saqué y lo coloqué sobre el escritorio, delante del visitante.
De inmediato, él desdobló el paquete de papeletas dominicanas. Tal como él dijo: Estaban todas iguales y había una encima diferente. No tuve dudas: Por fin, el tesoro encontrado, había llegado a su afortunado dueño.
Ambos señores estaban sorprendidos, supongo que por la buena suerte que acompañaba al visitante. No supe qué cantidad de dinero me encontré, ni cuál era el nombre de su dueño. El señor quiso gratificarme. Le agradecí su buena intención, pero no lo acepté.
Recuerdo que la empresa tenía un cheque para mí, por concepto del pago de mis honorarios profesionales; el cual no me fue posible recibir, porque “al cheque le faltaba una firma”.
Mi visita a la empresa ese día, sería programada por el Ángel de la Guarda del agraciado visitante, porque yo no acostumbraba salir sábado, después de haber tenido una semana laboral cargada de actividades. (A pies y sola, no lo hice antes, ni lo he hecho después).
Solamente Dios sabía los problemas que debía resolver ese señor, con ese dinero.
Si acaso al leer esta historia alguna persona piensa que el dinero encontrado me correspondía, le contesto desde ahora con todo respeto, que está equivocada. Hubiera sido una acción “muy poco digna”, hacerme “la tonta” y no hacer el esfuerzo de buscar a esa persona. No traiciono mi conciencia y a Dios no se le engaña. Él me dotó de Sabiduría, para encontrar su dueño.
Desde la gerencia salí para mi casa, totalmente aliviada, con mi conciencia tranquila y la satisfacción del deber cumplido; a caminar dos kilómetros a pies, muy bien acompañada del fuerte, brillante y bello sol del mediodía.
La autora es Doctora en Derecho. (UNNE).
Abogada. Notaria.
Licenciada en Educación. Menciones:
Orientación Académica (Cum Laude). (UASD).
Orientación Socio-Comunitaria (Cum Laude). (UASD).
Teléfonos: 809-588-3472. Móvil: 809-844-7011.










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