Tardé días en escribir este capítulo. No porque no supiera qué decir, sino porque sabía que al decirlo podía incomodar. Pero a veces —y tú lo sabes—, lo que incomoda, también limpia.
No sé cuántas veces has visto una mosca sobre un plato de comida. O peor: sobre una herida abierta. Y no sé qué es más molesto, si el zumbido que anuncia su llegada o la impunidad con la que se posa en lugares que no le pertenecen. Las moscas no piden permiso, llegan… y contaminan. Igual que algunas personas.
Hoy no quiero hablarte de las moscas en sí, sino de algo más cercano: de los seres humanos que viven de volar bajo, posarse donde no deben, y dejar residuos en cada conversación.
A veces pienso que el chisme debería considerarse una forma de contaminación acústica. Pero no solo por el ruido que hace… sino por la podredumbre que deja. El problema del chisme no es lo que se dice, sino lo que genera. Porque donde hay un chisme, casi siempre hay una reputación descompuesta, una relación rota o una confianza hecha pedazos.
Una mosca no distingue entre basura y pan. Para ella todo es lo mismo. Así mismo, hay gente que no distingue entre un dato y una verdad. Escuchan algo, lo repiten con sazón, y lo sirven como si fuera información legítima. Pero no lo es. Es solo eso: un dato sin procesar, sin alma, sin respeto. Y lo peor: sin consecuencias para quien lo lanza, pero con muchas para quien lo recibe.
¿Y sabes qué es más preocupante? Que el chismoso casi nunca lo hace por maldad consciente. Lo hace por placer. Porque hay un tipo de gozo en tener algo que otros no saben. En “ser el primero que lo dijo”. En sentir que se tiene control sobre la versión que corre. Y eso… eso sí debería preocuparnos.
Un maestro de informática, me explicó que un dato no es nada si no se procesa. Que solo al darle estructura, contexto y sentido, se convierte en información. Yo le agregué que, si además se hace con verdad y con propósito, se convierte en sabiduría. Pero cuando lo que se comparte está lleno de veneno, lo que nace no es sabiduría, sino malicia organizada.
En los pueblos, en las oficinas, iglesias y hasta en las familias… las moscas sociales sobrevuelan siempre. Se posan en lo que alguien dijo, lo amplifican, lo deforman y lo lanzan al aire como si fuera legítimo. Y cuando te das cuenta, ya es tarde: la herida está infectada.
Por eso, quiero que pienses en esta imagen: una mosca sobre tu oído. No solo por el ruido. Sino por lo que puede estar depositando sin que te des cuenta. Huevos. Y esos huevos, si no los limpias a tiempo, se convierten en gusanos.
Sí. Gusanos en la conciencia. Gusanos en la lengua. Gusanos en la amistad que no supiste cuidar porque preferiste escuchar sin cuestionar. Por eso te lo digo con el corazón: no permitas que una mosca te convierta en transmisor de su basura, ni que alguien use tu oído como basurero y tu lengua como arma.
¿Quieres un filtro infalible para reconocer al chismoso? Cuando venga a contarte lo que otros dicen de ti, hazle solo dos preguntas: ¿Y tú qué dijiste para defenderme? ¿Por qué te sentiste tan cómodo en esa conversación? Si no supo defenderte, también te expuso. Y si no se sintió incómodo, probablemente disfrutó escucharlo. Aléjate. Por higiene emocional, por respeto propio… y porque no naciste para ser madriguera de gusanos ajenos.
Dicen que cuatro sacerdotes se reunieron un día a confesarse entre ellos.
El primero admitió su lucha con el alcohol.
El segundo confesó que mentía con frecuencia.
El tercero aceptó su pasión secreta por el juego.
El cuarto guardó silencio.
Pero tras la insistencia de los demás, bajó la mirada y dijo:
Mi pecado es el chisme. Y ahora mismo… tengo mucho que contar.
¿Ves?
No todo lo que se confiesa se cura. A veces, simplemente se distribuye.
Y lo peor es que nunca sabes cuándo… ni ante quién… te van a citar como fuente.
Te repito el título de este capítulo, no como frase bonita, sino como advertencia necesaria:
Evita que las moscas posen en tu oido,
para que tu lengua no se llene de gusanos.











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