El mundo de hoy nos ha metido en una disyuntiva. Nos pone entre la espada y la pared con sus múltiples ofertas. Al parecer, el objetivo ya no es la felicidad, sino la frustración, la confusión y sobre todo dejarnos inmersos en un estrés que nos lleve a un distrés. Todo sucede porque en ocasiones no sabemos manejar las emociones, exageramos los sentimientos y nuestra mirada se queda en el pasado, esperando cosas que no volverán.
Es común observar como, por un lado, nos presentan diversas opciones de comida y aperitivos para llevar a las personas a enfocar su cerebro en los placeres breves de la vida. Pero, por el otro lado, nos muestran el gimnasio y todas las formas posibles para adelgazar. Y ambas cosas provocan un caos en el mismo individuo. Lo mismo sucede a nivel interno, en ocasiones hay deseo de ser mejores personas, de actuar de forma correcta, pero nuestra creencia es que somos poca cosa y no lograremos nada en la vida. El mundo quiere que asumamos todo sin mirar consecuencias ni medir riesgos. Pero ya sabemos que, aunque “todo está permitido, no todo me conviene”.
Por eso el ser humano vive en un dilema entre lo que cree y lo que quiere. Hay que dejar claro que las creencias son las ideas que dirigen nuestra existencia, el estilo de vida ya establecido en nuestro ser, mientras que los deseos, son aspiraciones, cosas que queremos lograr. Lo significa entonces, que para eliminar el problema, es necesario desear lo que creemos o creer en lo que deseamos.
Ahora bien, esas costumbres ya establecidas en nuestros cerebros, están fijas por la enseñanza recibida social y culturalmente. Mientras que los deseos, lo que queremos y parte de nuestras emociones, son fruto de los tropiezos de la vida, de cuando las cosas nos salen mal y reconocemos que no podemos seguir de la misma manera. Pero esa actitud, en la mayoría de los casos, no es producto de una reflexión, es más bien, el resultado de las malas acciones.
La gente suele dirigir su vida por lo que quiere y para ello hace miles de planes, que al final de la jornada se vuelven planetas. Y dicha actitud genera muchas preguntas: ¿nuestra vida depende de nuestros deseos?, ¿realmente cuando anotamos muchos propósitos estamos conscientes de lo que hacemos?, ¿por qué razón después de una crisis o una situación delicada queremos cambiar y ser mejores?
Todas las preguntas anteriores se pueden responder, pero hay que partir de nuestras creencias. Iniciar precisamente con lo que tenemos ya establecido en nuestro cerebro como norma de vida, como principio humano y como paradigma a seguir. Reconocer cuál es la raíz que debemos arrancar para iniciar una nueva ruta, un nuevo camino en nuestra existencia. Porque no se trata de deseo. Pues, eso sale momentáneamente y los cambios deben nacer desde adentro, porque si no lo hacemos así, nuestro deseo será como la soda de la Coca Cola: un sonido agradable pero que al instante desaparece.











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