“Hay hombres que cuando lo bajan a la tumba es cuando más se elevan”. (Don Manuel Cabral).
Conocimos a don Rafael Olivarez, a finales del 1968 cuando nos llevó de visita a su casa en La Yagüiza de San Francisco de Macorís. Su hijo Bernardo Olivarez, mi gran amigo y luego con el tiempo mi gran hermano.
Y aunque parezca extraño, a don Rafael ya le habíamos visto en casa de don Chilín Rosario, cuando solíamos visitar dicha casa ubicada en la calle Colón esquina Mella, ya que don Chilín y nuestro padre Celestino Bonilla eran bastante amigos, y don Rafael le atendía la finca de café a don Chilín en La Yagüiza.
Tan pronto nos ganamos la confianza con don Rafael fuimos conociendo, que no se trataba de un hombre común y corriente que a la luz del alba ya había recorrido conucos enteros, y al correr del día, atendía sus obligaciones en las labores del café de don Chilín; ya en el ocaso del día se le veía junto a su familia en las obligaciones de la casa junto a su compañera de siempre doña Paula Bonifacio, madre de sus hijos.
Cuando don Chilín Rosario se le preguntaba sobre el porcentaje de ganancias, gastos y demás cosas de su café en La Yagüiza, solía responder así de esta manera: “de eso, quien sabe es Rafael Olivarez, porque a mí, más fácil se me pierde un peso en mi bolsillo que de la mano de Rafael Olivarez, en La Yagüiza la seriedad tiene un nombre y se llama Rafael Olivarez.
Pero de todas las cualidades y virtudes de don Rafael, la que más me asombraba era la forma de él ver la situación del campo dominicano. Él decía que lloraba ante la presencia de Dios, el destino del agricultor dominicano; que cómo era posible que tantas tierras fértiles en nuestro país, el campesino en su mayoría no tiene su propia tierra, que de los servicios básicos de la gente, el de los campesinos son los peores. Que una familia como la de él, tenía y tienen que desintegrarse, ya que los muchachos se mudan a la ciudad para poder seguir estudiando, y de servicio médico y comercial ni hablar de eso.
Y que los hombres del campo como él, nacidos, criados y trabajando, abandonar su posición era como traicionar a la Patria, al país, pero que realmente tampoco se ha visto el desarrollo, el avence, por más serio y trabajador que usted sea, aunque como así fue él decía, que ni por su mente ha pasado, que abandonaría su campo, su tierra para irse a la ciudad.
Con don Rafael yo veía siempre, la esperanza que de nuestros hombres del campo saldrá la luz que alumbrará el camino del desarrollo en nuestra querida Quisqueya; somos un país eminentemente agrícola, y solo en hombres del campo como don Rafael se puede confiar.
En fecha reciente se nos fue físicamente don Rafael Olivarez al lugar correspondido junto a ese Cristo-Dios que sabe que en La Yagüiza vivió un hombre inmaculado, honesto, serio y trabajador, que con su capacidad impírica, nos dejó de sus palabras, esa sabiduría eterna, con la que hoy podemos contar y sentirnos orgullosos de haber sido, ser y seremos su agradecido amigo.
Junto a su compañera, amiga y esposa doña Paula procreó a Bernardo, Mary, Nidia, Marilín, Iris, José y Rafaelito (Yeyo) para todos ellos, ni el tiempo ni la distancia van a separar nuestra eterna amistad, (ya una forma familiar de convivir), en la hora de dolor al ver a don Rafael, me encuentro unido a todos. Basta con seguir su ejemplo y tendremos la mejor herencia.
Por don Rafael nuestra forma única de llorarle es: ¡Tierra pa’ los campesinos! ¡Mejores servicios básicos a nuestro campo! ¡Más y mejores escuelas en el campo! ¡Y sobre todo unidad entre los hombres del campo!
“Descanse en paz Don Rafael Olivarez; todo un hombre”. Su hijo Chano Bonilla, N.Y.










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