Me encontraba entre tinieblas tan hondas que no podía sentir las laderas.
Sentía un frío incalculable y cada segundo más intenso. Lo era.
Quemaba.
Mi destino era incierto, no sabía adónde iba, qué hacer y a quién hablar.
Me detuve.
Mas ya no estaba en el azul espacio. Aún no podía percibir nada.
Solo olía inciensos lunáticos por doquier. ¿Qué eran?
Caí.
Al levantarme pude ver el primer rastro siniestro de humanidad.
Me encontraba en la acera de una calle principal de la ciudad. Tan igual como las otras seis mil restantes. Los transeúntes con sus ojos me agujereaban. Pensaban en qué hacía tirado en el polvoriente suelo.
Teñido.
Había suspenso en sus grises manantiales. La luna reflejaba su débil luz sobre ellos.
¿Por qué no dicen nada?, pregunté.
Vino a buscarte, dijo uno.
Cómo enlazar tan mítico encuentro.
Desvanecido. Estaba ciego, veía la nada, la nada infalible que con sus brazos levantaba al mundo, su progreso y a mí mismo.
Mi eterna calma terminaba. Las últimas gotas se derramaban por el contén que desembocaba en sus manos.
Las palabras de ese retumbaron en mi temeroso pensar: ¿Quién habría venido por mí?
Mis carnes se erizaron. El fresco aire cambiaba a un cálido carmesí.
En mi encierro, mis cinco sentidos retumbaron todos los ruidos del universo, me arrastraban, me halaban.
Algo no le permitía arrancar mi cuerpo del parias en el cual me creaba.











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