A veces me siento de tantos colores que los días se me tornan grises
aún, majestuosamente radiantes.
Un vino tan amargo como la pesadumbre de mi alma afligida
por los estragos del tiempo y voces sombrías.
Helado porque no expresé mi sentir en el momento requerido
y opté por aislarme adentro.
Como un mar sereno también, tibio y siempre oliendo a sal. Un contacto universal como mirar las estrellas nocturnas.
Su esplendor
Como un bosque fértil que a los ojos deslumbra, rasco el anhelo de la vida
próspera y oportuna.
Madura mi sol como mi anhelo al otoño.
Y así lanza la pasión sobre mí; su codiciado aroma
anhelante de caricias aún falsas, pero profundamente vivo.











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