Querido lector: El título de la carta no es mía, sino de mi compadre Fernando Olivares, el día que cumplió sus 70 años, la primera juventud de un geriátrico, que siempre se pregunta qué queda de mí después de estos 70 años?. En mi caso, no voy a decir igual que la frase de la película Lo que el viento se llevó, sino lo que ha dejado el viento. Me dejó miles de recuerdos que de nada me sirven ahora. Me recuerdo de mis mejores besos, pero siento miedo verme en el espejo porque mis labios los veo sin la fuerza necesaria para pitar e imitar los pájaros del campo. pero si le agradezco a Dios que me queda un cordoncito con un hoyito, que los médicos le llaman uretra, y puedo orinar bien, pero sin la misma fuerza en el caño si lo comparo con cuando hacía competencia con mis amiguitos a la orilla del río. ¡Cómo extraño mi chorro! Solo Víctor, mi hermano, me podía ganarme en espacio.
Querido compadre, siento una envidia natural cuando usted recuerda a Jenny y dice con orgullo le devolvió su libertad cuando deje un pedazo pequeño de mi corazón. En mi caso fue diferente, nuestra pobreza nos rrebató toda la esperanza de sobrevivir. Ahora me doy cuenta de que la pobreza es un estatus social que no tiene que ver con el amor, es como navegar en un río sucio: está sucio, pero sostiene la yola. Hasta los peces se ven felices nadando en sus aguas con un fondo oscuro, sin necesidad del agua pura, que casi no se ve el agua en el vaso, dice don Manuel Cabral. Y sigue diciendo el poeta: el agua del vaso es tan pura que se puede ver el mundo del otro lado. y ahora, con esta edad, lo que veo es un mundo vacío de valores, lleno de nada. Hombres y mujeres encojonado con Dios porque les cambió el sexo; su cuerpo es una cárcel.
Querido compadre, lo que queda en mí es peor. Apliqué en el amor la ley física de que dos cosas no pueden ocupar el espacio al mismo tiempo. Ella, La Bandida, se instaló en mi corazón e impidió que otra entrara a mi alma. Ahora, con 71 años, en mis recuerdos todas están una encima de otra. Cuando me acuesto, no sé cómo en mi vieja cama caben todas las mujeres. Me gustaría aprender a nadar en el agua oscura para no ver el mundo del otro lado del vaso: ver la criminal Israel, unida a Estados Unidos con el apoyo espiritual del infierno, destruir los niños, mujeres y hombres palestinos frente a la indiferencia de los pueblos que confirman que creen en Dios y la Biblia.
Querido compadre, lo que queda de mí es peor. Ahora, con 71 años, la recuerdo un poco borrosa a aquella que andaba con la suya, a la que yo utilicé la playa como cama, el mar como almohada, las estrellas como bombillos de Navidad. Yo, embriagado con más alcohol que las olas que nos bañaban desnudos, juraba con mis lágrimas húmedas, con olor a caña, juraba que tiraba al agua el ancla de mi barco del amor porque nunca jamás saldría a navegar en búsqueda de un nuevo amor, porque ya la tenía para siempre. Y ahora, con 71 años, ¿qué me queda? La soledad, con poca taquicardia urológica, limitado en mi espacio, con la única posibilidad de navegar hasta donde llegan las cadenas atadas al ancla que dejé caer borracho, lleno de juventud, con la posibilidades de que ella, la de hoy, quedará preñada con los hijos que son la luz de mis ojos y el perdón de todos los pecados cometidos.
Atentamente,
Manolo Bonilla
Lo que queda











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