Aunque he mantenido el deseo de compartir esta historia, es ahora que he tenido la disposición para hacerlo. La contaré tal y como sucedió.
A mediados de los años 2000, me encontraba en una de las aulas de la Universidad Autónoma De Santo Domingo (UASD), Recinto San Francisco de Macorís, en la que impartían una de las asignaturas que son comunes a varias carreras. En ese momento, yo cursaba la carrera de Licenciatura en Educación, Mención Orientación Académica o Mención Orientación Socio-Comunitaria. Cursé ambas carreras y no puedo determinar de cuál de las dos se trataba. Creo que de la última citada.
Hago un paréntesis para expresarme y decir que mi carrera preferida, es Licenciatura en Educación, Mención Orientación para el Desarrollo de Recursos Humanos. En esa inicié, pero no fue posible cumplir mi sueño, porque no aparecieron estudiantes, para la misma. Según supe, solamente había otro estudiante llamado Luis, a quien no conocí. Ya en los últimos semestres, tuve la opción de transferirme a la Licenciatura en Educación, Mención: Orientación Académica. Cuando hice mi graduación, reingresé a la Universidad Autónoma de Santo Domingo, Recinto San Francisco de Macorís, para cursar la Mención: Socio-Comunitaria.
Como refería, estando en el aula, se me acerca una estudiante; una joven señora, la cual residía en uno de los municipios de la Provincia Duarte: Podría haber sido Castillo, Pimentel, Villa Riva u Hostos; no puedo determinar. La joven señora, de quien tampoco supe su nombre; muy educada, refinada y de buenos modales, me dice: “Doña, yo necesito hablar con usted.” Le contesto: “Cuando tú quieras, estoy para servirte, en todo cuanto esté a mi alcance.”
Cuando se nos presentó el momento oportuno me dice: “Yo tengo un problema y me soñé que usted me lo había resuelto. Le conté a mi esposo mi sueño y él me contestó, que ese sueño se convertiría en realidad, que tan pronto yo hablara con usted, mi preocupación iba a desaparecer.”
Yo le contesto: “Con gusto, si estuviera a mi alcance. Pero si tu esposo no me conoce, ¿cómo te puede asegurar que yo te voy a resolver ese problema?.”
Ella me contesta con mucha seguridad: “¡Él sí la conoce!”. Yo le respondo: “Pero cómo sabes tú, que él me conoce?.” Ella me expresa: “Él me lo dijo. Él es militar. Yo le hablé de usted y por lo que hablamos, él me aseguró, que usted es la misma señora a quien él conoce.” Yo, un poco confusa le contesto: “Pero no entiendo, cómo te puede él asegurar, que yo soy la misma persona a quien él se refiere. Ninguno de ustedes dos saben mi nombre. No conozco ningún militar, ni tengo ideas de quién puede ser tu esposo. Él no me ha visto junto a ti. Me parece que hay una confusión en todo esto.” Ella continúa diciendo, que “no hay confusión, él estuvo de puesto en el Palacio de Justicia de aquí, no hay ninguna duda, de que estamos tratando sobre usted. Él también me dijo que usted es abogada.”
Todavía la joven y bien portada señora no me informaba cuál era su problema, pero ya me estaba sintiendo con toda la obligación, disposición e intención de ser esa persona que le resolvería ese problema. En otras palabras, ya me sentía moralmente obligada, a ser la tabla de salvación de mi compañera de aula. Hasta muy satisfecha, ella me había hecho sentir.
Por fin, llegó el momento de referirme la situación por la que atravesaba. Comienza contándome, que su niña de 8 o 9 años, está en edad para hacer la Primera Comunión. Que en nuestra Iglesia Católica ya la habían preparado. Pero su situación económica no le permitía enfrentarse a los gastos que conllevan los preparativos para ese día tan especial. Que se sentía atormentada hacía cierto tiempo.
Sigue contándome, que se soñó que ella había hablado conmigo y que yo le había dicho que tenía un traje blanco, para una niña de su edad, apropiado para la primera comunión. Que también le dije en el sueño, que era de mucho gusto para mí, serle útil a su niña y que le puse ese traje a su disposición.
Yo, un poco acongojada le contesto: “Me da mucha pena decirte, que aunque me invade el mejor deseo, mis hijas son adultas. Por esa razón ya no tengo vestidos de niñas”.
Continúo diciendo: “Pero no te preocupes, porque vamos a resolver todo con mucho gusto. Ven con la niña un día que no tengamos clases, para que vamos a visitar las tiendas que se dedican a vender todo lo necesario, para la Primera Comunión de los niños. Aquí hay varias casas dedicadas a esos fines.
Después de expresarme con la atormentada madre, mi memoria fue iluminada por una luz espiritual; un recuerdo: ¡Yo tenía guardado un traje blanco, para una niña de esa edad!. Era el traje con el que mi primera nieta, fue bautizada en nuestra Iglesia Católica. Mi hija lo trajo para guardarlo en mi casa. Pero nunca más me había recordado. ¡Qué alegría tan grande me reconfortó!.
Cuando le comunico a la joven señora: “Ahora recuerdo, yo tengo el traje que tu niña necesita. Es el traje con el que se bautizó mi primera nieta”. Una alegría inmensa la invadió.
Coordinamos que viniera con la niña a mi casa. Le probaríamos el traje. Si le quedaba bien, con él haría su Primera Comunión. En el caso contrario, visitaríamos las tiendas dedicadas a esos fines, para adquirir el traje y demás accesorios necesarios para su niña.
El día acordado llegó. Vino la joven madre con su niña. Le probamos el vestido y le quedó muy bien.
Se resolvió el problema de mi compañera de aula. Días después de la niña hacer su Primera Comunión, la joven señora volvió a mi casa para devolverme el traje.
Yo he seguido con el mejor deseo, de dar ese servicio a otras niñas. Aquí está el traje, muy bien conservado y actualizado. A la orden.
¡Damos gracias a Dios, por todo y por tanto!.









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