A la luz del magisterio del Papa Francisco, la doctrina social de la Iglesia y la realidad del Nordeste dominicano
En este artículo hablaremos, como siempre, de salud, pero no solo física. Hoy nos adentraremos en una dimensión más profunda: la salud espiritual de una Iglesia llamada a curar, pero que muchas veces se desentiende del dolor real de su pueblo. No será una reflexión cómoda ni complaciente, sino una interpelación directa —a la luz del Evangelio, del magisterio del Papa Francisco y de la Doctrina Social de la Iglesia— sobre cómo una fe que no se traduce en justicia, cercanía y compasión corre el riesgo de convertirse en un ritual vacío. Porque en tiempos de abandono estructural y sufrimiento cotidiano, no basta con rezar desde el altar: hace falta ensuciarse las manos en las periferias, donde habita el Cristo doliente del Nordeste dominicano.
No escribo desde la comodidad de una crítica externa ni desde el púlpito del juicio moral. Hablo desde la intemperie de la vida, desde el territorio donde la fe se encuentra con el dolor y la esperanza concreta del pueblo. Esta reflexión nace del conocimiento de causa y de la prueba de vivencia, estas líneas son fruto del amor profundo por una Iglesia que ha formado mi vida desde niño, y del anhelo sincero de verla más cercana al pueblo y más fiel al Evangelio de Jesús. Porque no se puede anunciar un Evangelio que sana si no se han pisado los pasillos del hospital público, si no se ha compartido el silencio de una madre frente a un diagnóstico, si no se ha llorado con quien no puede costear una medicina o una prueba de laboratorio.
Este texto no brota del resentimiento, sino del amor lúcido y comprometido con una Iglesia que también duele, porque a veces olvida que su primera vocación es tocar las heridas de Cristo en los cuerpos llagados de su pueblo. Duele ver cómo en algunos sectores eclesiales se teme “ensuciarse las manos”. El Evangelio no se vive desde la distancia: se vive en el polvo del camino, en el barrio olvidado.
Desde esa vivencia y desde ese compromiso nace este llamado. Porque creemos en una fe que cura, que abraza, que se agacha. Y porque sabemos que todavía es posible una Iglesia con olor a pueblo, con manos trabajadas por la justicia y el consuelo, con rodillas gastadas no sólo por la oración, sino también por estar al lado del que sufre.
En República Dominicana, donde la pobreza no es una estadística sino una experiencia cotidiana, donde miles de familias sobreviven entre enfermedades crónicas, inseguridad alimentaria, viviendas indignas y olvido institucional, surge —como un signo de esperanza— la Fundación Fármacos Solidarios Incorporada. No será una organización más, sino una rebelión social con el Evangelio como guía. Una denuncia viva contra la indiferencia. Una propuesta concreta de amor organizado, inspirada en la Doctrina Social de la Iglesia y el magisterio profético del Papa Francisco.
Desde su elección en 2013, el Papa Francisco marcó un giro pastoral y profético, centrando su magisterio en la misericordia, la opción preferencial por los pobres y una Iglesia “en salida”, encarnada en la vida de los pueblos. Con un lenguaje claro y valiente, cuestionó estructuras clericales anquilosadas, denunció la indiferencia global y exhortó a vivir un cristianismo comprometido, cercano y liberador. No llamó a una reforma superficial, sino a una conversión pastoral que toque el alma y las prácticas de la Iglesia. Lo expresó con claridad desgarradora: “Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad” (Evangelii Gaudium, 49). Y lo reiteró: “¡Cuánto deseo una Iglesia pobre para los pobres!” (EG, 198).
No hablaba de una Iglesia encerrada en sacristías ni de funcionarios atrapados en ritualismos o connivencias políticas. Hablaba de una Iglesia que “huela a oveja”, que camine, escuche y toque las llagas del pueblo.
Pero la realidad de muchas diócesis dominicanas —especialmente en el Nordeste— dista de ese ideal. Rara vez un sacerdote visita el hogar de una familia pobre o se le ve en pasillos hospitalarios acompañando el sufrimiento. Es inusual verles caminar por las periferias, escuchar a madres solteras, campesinos, diabéticos sin medicamentos o ancianos abandonados. Uno pasa frente a ciertas casas parroquiales y no sabe si está viendo la residencia de un cura o el búnker de un capo retirado. Cerradas a cal y canto, con más vigilancia que un banco y un misterio digno de una novela de mafia. ¿Qué esconden? ¿A quién temen? Lejos de parecer servidores del Evangelio, por momentos parecen socios silenciosos de redes de poder, más preocupados por blindar sus muros que por abrir sus puertas. No se ve al Nazareno en esos alrededores; uno se pregunta si aún lo dejan entrar.
La paradoja es brutal: se predica pobreza desde salones dignos de embajada, y se habla de servicio desde tronos donde solo falta el incienso imperial. Difícilmente encajan estas escenas con aquel Jesús que “no tenía dónde recostar la cabeza” (Lc 9,58) o con el mandato evangélico de “no llevar oro, ni plata, ni monedas en el cinturón” (Mt 10,9). Mientras el Evangelio llama a tocar la carne del pobre, algunos prefieren tocar mármol importado y esconderse tras murallas decoradas.
¿Es miedo o comodidad? ¿Desconfianza del pueblo o desconexión con él? Sea cual sea la causa, si el Buen Pastor vive entre sus ovejas, cuesta entender por qué algunos prefieren parecer príncipes lejanos… o peores.
Este artículo también se enmarca en el anhelo de fortalecer los vínculos entre la Iglesia local y las iniciativas comunitarias orientadas al bien común. En ese espíritu, la Fundación Fármacos Solidarios ha promovido, desde el mes de febrero, diversos acercamientos y propuestas de colaboración con el Obispado de San Francisco de Macorís, con la intención de integrar el CESIDEN como un espacio de misión, sanación y servicio a los más vulnerables, en coordinación con estructuras eclesiales como la Pastoral Social, Cáritas y la Pastoral de la Salud. Aunque aún no se ha concretado una alianza formal, mantenemos viva la esperanza de construir puentes de comunión y cooperación que fortalezcan el compromiso social de la Iglesia en la región. Sabemos que la Iglesia no está obligada a respaldar toda iniciativa social ni a delegar su misión evangelizadora; pero entonces, la pregunta incómoda permanece: ¿Cómo cuidamos al prójimo, cómo lo amamos y cómo lo defendemos a la luz del Evangelio y la Doctrina Social de la Iglesia? ¿Qué significa, en la práctica, “preferir una Iglesia pobre para los pobres”? Confiamos en que el Espíritu Santo sigue abriendo caminos para caminar juntos, con una Iglesia en salida, como nos exhortó el Papa Francisco: «Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a sus propias seguridades» (Evangelii Gaudium, 49). Porque, como también nos recordó el Santo Padre, «la fe auténtica —nunca cómoda ni individualista— siempre implica un profundo deseo de cambiar el mundo» (EG, 183).
La Iglesia institucional, sostenida por un Concordato que le garantiza privilegios fiscales, propiedades, vehículos del año, estatus y subvenciones, corre el riesgo de volverse una élite religiosa desconectada del sufrimiento del pueblo, carente de autoridad moral entre los humildes. El Compendio de la Doctrina Social lo advierte: “La Iglesia debe interpelar también con su testimonio. Si sus miembros viven encerrados en sus propios intereses […] se vuelven incapaces de anunciar el Evangelio” (CDSI, 549).
Francisco lo denuncio en Fratelli Tutti: “El que pretende cuidar solo lo suyo, genera pobreza, desigualdad y exclusión” (FT, 125). Y va más lejos: “La indiferencia es cómplice de la injusticia” (FT, 57). ¿Cómo justificar una Iglesia que calla ante el dolor estructural? ¿Cómo explicar a los pastores ausentes, comprometidos más con las élites que con el Evangelio?
Frente a esta contradicción, Fármacos Solidarios no es solo una iniciativa sanitaria. Es la acción de una Iglesia en salida. Una “Iglesia hospital de campaña” que actúa antes de preguntar, cura antes de juzgar y sirve antes de justificar. Como enseña el Catecismo: “La caridad es el alma de toda obra apostólica” (CIC, 864), y “las obras de misericordia son acciones caritativas mediante las cuales ayudamos a nuestro prójimo en sus necesidades corporales y espirituales” (CIC, 2447).
Fármacos Solidarios no compite con el sistema público de salud; lo complementa. Reduce esperas, mejora calidad y optimiza el servicio. Desde una opción evangélica clara: primero los pobres, los descartados, los invisibles. Como enseña el Compendio (CDSI, 182), la opción preferencial por los pobres está implícita en la fe cristológica. Pero exige coherencia: no puede quedarse en documentos ni homilías; exige presencia, decisión y entrega.
En el Nordeste hay comunidades que solo ven al sacerdote en misa dominical. Francisco advirtió: “Un pastor que no sale de sí mismo, en lugar de mediador, poco a poco se convierte en intermediario, en gestor […] ya recibió su paga” (EG, 87). Es cuestionable ver clérigos como ejecutivos de lo sagrado, con agendas sin pueblo, liturgias ordenadas pero sin compasión encarnada.
No negamos que hay sacerdotes y religiosas que entregan su vida en silencio, caminando con el pueblo sin buscar títulos ni aplausos. A ellos, nuestra gratitud. Pero también es cierto que muchas veces la Iglesia institucional ha sido garante de estructuras de poder, negociando favores y olvidando que “la misión en el corazón del pueblo no es un adorno que puedo quitar: yo soy una misión en esta tierra” (EG, 273).
Fármacos Solidarios sueña con el retorno a esa Iglesia distinta. Una que transforma, no solo predica. Que actúa, no solo se lamenta. Que cura, no solo ora. Que se sumerge en la vida diaria de su pueblo. Además de salud y medicamentos, ofrecerá educación comunitaria, campañas de higiene, promoción ambiental y prevención. Porque evangelizar es transformar la vida.
Como enseña Laudato Si’: “El clamor de la tierra y el clamor de los pobres son el mismo clamor” (LS, 49). La salud del cuerpo está unida a la del alma y del planeta. Por eso, esta fundación quiere ser buena noticia también para el medio ambiente, los jóvenes sin oportunidades y las familias olvidadas por el mercado, la burocracia y las instituciones.
Estas palabras no son un ataque. Son un grito. Una súplica. Un espejo incómodo. Porque si la Iglesia dominicana quiere recuperar su autoridad moral, debe volver a ser Iglesia de los pobres y del pueblo. Debe desmontar privilegios, renunciar a la comodidad y salir de sus paredes. La Iglesia no puede salvar almas si no toca cuerpos. No puede hablar del Reino si no baja al llano. No puede vivir el Evangelio si no lo encarna.
Lo dijo Francisco: “Es Cristo quien hace que la Iglesia salga de sí misma”. No es estrategia, ni marketing, ni gestión de imagen. Es el Espíritu del Señor, que empuja hacia los márgenes, la cruz, los descartados. Ahí se juega el cristianismo.
La Fundación Fármacos Solidarios, inspirada en el testimonio valiente de monseñor Jesús María de Jesús Moya —quien, durante la misa crismal de 2024, exhortó al clero a “saber querer a la gente”—, así como en el ejemplo del querido monseñor Fausto Mejía, quien con su sonrisa y humildad característica invitó a mantener siempre la alegría en el servicio y a llevar con dignidad la cruz del sacerdocio, y también en el mensaje del padre Félix Rosario a sus hermanos sacerdotes: orar siempre, ser auténticos en su actuar y no dar motivos de escándalo, asume ese llamado con hechos concretos. No se trata de querer desde el discurso, sino desde la entrega diaria: en cada consulta, en cada medicamento, en cada oído que escucha, en cada mano que cura o asiste a un necesitado. Porque amar al pueblo es servirlo, no con palabras, sino con presencia y compromiso. Porque, al final, como enseña el Catecismo (CIC, 1022), “el último criterio de todo juicio será el amor”. Y porque “nadie se salva solo” (FT, 54). Y una Iglesia que no abraza a los pobres, que no se ensucia los pies, que no cura heridas, simplemente, no es Iglesia.
No bastan oraciones sin obras. No bastan templos sin entrega. El Jesús vivo está en las calles polvorientas, en los hospitales llenos, en el niño sin medicamento, en la madre que clama por justicia. La Iglesia no se recuperará con sacerdotes en camionetas de lujo ni con alianzas con funcionarios; se recuperará bajando, caminando, curando.
Porque esa es la única Iglesia que salva. La que abraza. La que transforma. La que, como decía Alí Primera en 1975, no explota a Cristo, sino que lo libera para que sea verdaderamente pueblo:
«Cristo al servicio de quién, preguntaba Jaime obrero… A Cristo hay que liberarlo Él siempre quiso ser pueblo y hoy lo explotan los de arriba ricos, iglesia y gobierno… los señores de una iglesia que está muy lejos del pueblo, que no sabe de miserias, que no vive su Evangelio y que no habla nuestro idioma…»
Que no lo olvidemos nunca: la verdadera religión, como recordaba Facundo Cabral, es hacer el bien. Y Dios, aunque está en todas partes, atiende primero a los pobres.











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