Pimentel huele a sol gastado. A calle con grietas que el tiempo no supo borrar. A follaje que se asoma entre los alambres como un gesto rebelde, terco, verde. Es martes y es julio. La tarde cae con un polvo espeso, como si el día mismo se deshiciera en los motores que roncan sin prisa, entre los gritos sueltos de los niños, las miradas lentas de los ancianos que repasan el mundo desde una silla vieja.
Las casas están ahí, como siempre: olvidadas pero dignas. De madera, con ventanas que susurran historias. Hay una que aún guarda la sombra de una mujer que bailaba sola con la radio. Otra que aún huele a café de madrugada. La memoria se queda pegada a las paredes, aunque nadie la nombre.
Las penumbras llegan antes que el silencio. Las noches no caen: se arrastran. Se amarran al cuerpo con un calor mudo, con un zumbido de mosquitos y sueños aplazados. Las madrugadas huelen a lumbre, a ron barato, a futuro que nunca llegó. Pero aún así, algo respira.
Porque Pimentel no se rinde. Pimentel late. Bajo el polvo, bajo la rutina, bajo el olvido. Late como una mujer vieja que todavía ríe. Como una promesa que no se cumple pero tampoco muere.











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