Desde su espacio dedicado a la infancia, el Núcleo de Escritores de la Región Nordeste se complace en presentar un nuevo cuento del joven autor Daniel Sánchez, titulado Samuelo en el aula. Daniel Sánchez Muñoz, de tan solo 11 años, reside en San Francisco de Macorís y es hijo de Francisco Sánchez y Dianny Muñoz.
Samuelo era un niño alegre, pero muy travieso. A veces su comportamiento no era el mejor, y en la escuela los demás lo notaban.
Un día, mientras cambiaban de materia, el salón se convirtió en un pequeño torbellino de gritos y juegos. Entre las risas, algunos compañeros comenzaron a burlarse de Samuelo:
—¡Feo! ¡Tonto! —le decían.
Él se enojó tanto que sintió que una sombra oscura lo cubría. Esa sombra se llamaba Furia, y le susurraba al oído que siguiera golpeando y gritando. Cada vez la sombra se hacía más grande, hasta que entró la maestra Isa.
—¡Samuelo! —exclamó asustada—. ¿Qué te pasa, hijo mío? ¡Estás tan oscuro!
—Ellos… ellos y solo ellos me molestan —respondió él, con la voz llena de rabia.
La maestra miró a todos y dijo con firmeza:
—Si aquí alguien se burla de uno, todos cargan con la culpa. Así que el castigo será para todos.
Los niños protestaron:
—¡No puede ser, profe!
—Sí, señor —dijo ella—. Cada uno hará una lista con las cosas buenas de sus compañeros.
Al leer las listas, muchos coincidieron en que Samuelo era travieso y de mal comportamiento, pero también humano, sensible, y que quizás lo que más le hacía falta era amor y comprensión.
La maestra les explicó que a veces las personas actúan mal porque en su vida hay cosas difíciles. Y que, en lugar de juzgar, lo mejor es tratar de entender.
Desde ese día, los compañeros dejaron de insultar a Samuelo. En vez de la sombra oscura, parecía que una luz blanca lo cubría: era el amor de sus amigos. Y con ese amor, Samuelo empezó a cambiar.
Jugaba, compartía y respetaba. Una tarde, con la voz llena de gratitud, les dijo:
—Gracias por comprenderme y no juzgarme.
Y desde entonces, todos en el aula fueron mejores amigos.
Fin
Moraleja: No debemos juzgar a los demás, porque no sabemos las batallas que están viviendo. Un gesto de comprensión y cariño puede cambiar la vida de todos.











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