Te confieso algo: a veces siento que vivo en un mundo diseñado para probar mi paciencia. Un primo que insiste en que un té milagroso cura cualquier mal; la señora en el gym que defiende, con una fe casi religiosa, la última conspiración que leyó en Facebook; un amigo de infancia que todavía jura que en aquel juego de béisbol la pelota picó de foul “por intervención divina”. ¿Te suena? Escuchar disparates es como quedar atrapado en un ascensor lleno de altavoces: el ruido te rodea, te irrita… y, si me descuido, me dan ganas de apretar el botón de emergencia.
Pero aquí está el giro que entendí hace poco: ese ruido es materia prima. Sí, oro en bruto. Lo que muchos llaman “pérdida de tiempo” es, para quien sabe mirar, un taller abierto a la creatividad. Cada disparate es un espejo torcido que refleja, a su manera, los miedos, deseos y carencias de la gente. Ahí, en la frase descabellada que parece pura broma, se cuelan verdades incómodas que ni un tratado de sociología se atrevería a citar.
El disparate tiene muchas formas de disfrazarse. Joaquín Sabina, por ejemplo, toma esas pequeñas incoherencias de la vida, las promesas que nadie piensa cumplir, los amores que empiezan en un bar y terminan en una canción y las convierte en poesía.
Su ironía no busca la carcajada inmediata; busca ese golpe de realidad que te deja sonriendo con un “es verdad, así somos”. Del otro lado, Raymond y Miguel hacen lo propio en clave de comedia dominicana: agarran los chismes de esquina, los tropiezos de la política y las locuras cotidianas, y los devuelven convertidos en rutinas que hacen reír a un país entero.
Distintos escenarios, mismo talento: tomar el disparate y transformarlo en materia prima creativa. Sabina lo destila en versos que huelen a humo de bar; Raymond y Miguel, provocan carcajadas que desestresan a cualquiera. Y en ambos casos, el mensaje es el mismo: lo que parece ruido es, en manos de un buen artesano, el mejor punto de partida para crear algo que no resulte tan descabellado.
Hoy, en plena era de memes y posverdad, un chiste en un chat de WhatsApp puede encender la chispa de un guión, un cuadro o una campaña publicitaria. El disparate, si sabes escucharlo, es gasolina para la creatividad.
Claro, escuchar no es consumirlo. Escuchar bien exige disciplina: resistir la tentación de interrumpir, de corregir, de soltar un “por favor, no seas estúpido”. Hay que dejar que la frase absurda caiga entera, mirarla de reojo y preguntarse: ¿qué revela de quien la dice?, ¿qué miedo está intentando tapar?, ¿qué historia hay detrás de esa lógica torcida? Ese ejercicio es pensamiento en acción.
Y además es una cuestión de salud mental. En tiempos donde todos opinan a la velocidad de un tuit, aprender a reciclar el disparate te salva de la fatiga del cinismo. Reír antes de que la indignación te enferme es un antídoto que funciona mejor que cualquier supresor de la ansiedad.
El disparate, en la dosis justa, es una vacuna: te expone a lo absurdo para fortalecer tus defensas críticas.
Por eso te invito a practicar conmigo el arte de escuchar disparates. No para que ames la necedad ni para que justifiques lo irracional, sino para que te conviertas en un recolector de joyas escondidas. Que veas en cada frase ridícula un posible personaje, un relato, un chiste brillante o incluso una idea de negocio. Que dejes de ver el disparate como basura verbal y empieces a tratarlo como la chispa que enciende algo mejor.
Hoy en día, donde la gente habla más de lo que escucha, dominar este arte es una ventaja. Quien sabe escuchar disparates no solo se ríe; aprende a detectar las verdades que se escapan entre risas, a encontrar la idea que otros desprecian, a descubrir que, detrás de cada locura, siempre hay un pedazo de genialidad esperando que alguien quizá tú, quizá yo se atreva a pulirlo.











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