Había una vez un joven llamado Adán, un príncipe que vivía en un hermoso castillo. Su padre, el rey Moteo, era un hombre dulce y amable, y deseaba que su hijo creciera con sabiduría. Por eso lo envió a estudiar a un instituto, junto con otros jóvenes de su edad.
No soy un títere
Un día, durante el recreo, Adán se sentó en un banco para dos personas. Luego, se levantó un momento para caminar, y en ese instante unos compañeros que solían molestarlo ocuparon su asiento, fingiendo que no pertenecía a nadie.
Cuando el príncipe volvió, les dijo:
—Oigan, ¿por qué me toman el asiento?
Ellos respondieron burlándose:
—¡Pensamos que estaba solo!
Adán contestó con calma:
—Claro que no. Solo me había parado un momento. Devuélvanme mi asiento, por favor.
Pero los muchachos, en vez de ceder, comenzaron a insultarlo:
—¡Chihuahua! —gritaron, y añadieron muchas palabras feas que lo hirieron.
El príncipe, entristecido y enojado, perdió la calma y los agredió. Se empujaron, se golpearon y todo terminó en una pelea. Los compañeros, asustados por la reacción de Adán, pidieron disculpas.
Entonces él, con lágrimas en los ojos, les dijo:
—¡No, no! ¡Lejos de mí! Ustedes me hacen daño, se ríen, me molestan y después me usan como si yo fuera un títere, una marioneta. Pero no es así. Soy un joven como ustedes, con deseos de aprender y superarme. Tóquenme, mírenme: siento, respiro como ustedes. Y hasta que no entiendan eso, no los perdonaré.
La profesora, que había escuchado todo, intervino. Les pidió explicaciones y, como todos habían peleado, los castigó por igual. Para Adán, lo más duro no fue el castigo, sino haber perdido la calma. Se sentía con el corazón arrugado y lleno de tristeza, como si de verdad fuera una marioneta sin valor.
Esa noche, sus padres lo consolaron con palabras de amor:
—Amado hijo —le dijeron—, tú eres un tesoro. No eres un títere ni una marioneta, eres un ser humano con valores. Y aunque nada justifica que agredas a otros, tampoco debes dejar que las ofensas te definan. Recuerda: hay palabras que hieren más que los golpes, pero nunca olvides que Dios nos creó para amar, no para lastimar.
Adán entendió entonces que agredir no está bien, aunque uno tenga la razón. Lo importante es respetar y cuidar a los demás como nos gustaría que nos cuidaran a nosotros.
Al día siguiente, el príncipe volvió al instituto decidido a perdonar y a olvidar lo ocurrido. Sus padres le habían enseñado que cada persona es un ser viviente creado por Dios, digno de amor y respeto.
Desde ese día, Adán respiraba hondo cada vez que alguien lo provocaba. Aprendió a tener paciencia, a controlar su enojo y a recordar siempre que las personas no son títeres, sino seres que sienten, como tú y como yo.
Fin
Moraleja: Nunca debemos tratar a los demás como marionetas. Cada persona tiene sentimientos y merece respeto. Un corazón que sabe amar y perdonar siempre es más fuerte que la furia.











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