“Toda Ley reñida con la Moral, es ilegal”.
A raíz de los infaustos acontecimientos sucedidos al final del torneo de béisbol profesional del País, dedicado In Memoriam a Johnny Naranjo, me permito hacer algunas precisiones: “Esos lodos, los trajeron esos polvos”… reza un viejo adagio… Como no vale la pena llorar sobre la leche derramada como también reza un viejo proverbio inglés, hay que señalar los graves errores cometidos por las altas instancias del béisbol rentado del país. Por eso repetimos que el “Licey” es el campeón matemático y deportivo y los “Gigantes” son los virtuales campeones morales.
Primeramente, la liga no debió jamás fijar el primer juego del play-off final, después de la resonante victoria obtenida por la grey del Jaya frente a los muy dignos rivales de los Toros del Este, cuando una gigantesca fanaticada celebraba multitudinariamente en las calles su resonante victoria, donde estuvimos hasta después de las dos de la mañana desfilando por las avenidas Libertad, Castillo, Salcedo y Bienvenido Fuertes Duarte, encabezada por los embriagados y emocionados fanáticos que tanto apoyo le brindaron a las huestes francomacorisanos, desde el principio hasta el final del torneo; y aquí agrego que, es preferible jugar borracho que resacado, o mejor dicho, había que esperar que los jugadores, por lo menos, durmieran una noche tranquilos y no tensos como se les sometió, porque una serie pactada a un 9-5 era un absurdo, por lo que, lo que procedía era un 7-4.
En otros aspectos, la liga pudo constatar, desde principios de diciembre que los árbitros importados no tenían la más mínima capacidad para trabajar en nuestro País y que se debió llamar a la Asociación de Árbitros de los Estados Unidos para expresarle esta inquietud, para que fueran sustituidos por “otros mejores”.
Si es en Venezuela, Hugo Chávez los hubiera despedido y sustituido por árbitros cubanos, aunque sabemos que el imperialismo deportivo del coloso del Norte les hubiese aplicado la grúa a los millonarios peloteros bolivarianos como represalia. Si es Puerto Rico, como colonia, hace rato que se los hubieran sustituido, pero como nosotros somos una colonia de alcahuetes y alzafaldas seculares de ese imperio, nadie se adelantó a este gravísimo problema.
Desde el “safe” cantado en el “home-play” a Belliard y las bolas cantadas como “strike” al “short” Valdez y al intermedista Martínez todo se desmoronó… y fue como encenderle una mecha ardiente que necesariamente tuvo que explotar con el famoso e histórico “forfeit” de ingrata recordación.
De ahí en adelante vino el total descalabro y desencanto de jugadores y fanáticos que botaban chispas de rabia por esta deleznable humillación. Es preciso señalar que los pésimos árbitros no estaban parcializados, sino que, no tenían la más mínima capacidad para desempeñar estas funciones y que para los que psicológicamente sabemos leer el rostro de las personas, esos árbitros lucían asustados, indecisos, atemorizados y descalificados por lo que vivían permanentemente dando “palos a ciegas”, compensando “un error con otro error”, lo que definitivamente deslució este bello espectáculo que por décadas ha seguido el pueblo dominicano como su única salida para palear sus males ancestrales.
Desde el primer juego del playoff final, le señalé a un grupo de cronistas y deportistas en el Play de la Normal en Santo Domingo, que este torneo iba a colapsar por los errores cometidos en contra de un pueblo rebelde, valiente y orgulloso como lo es San Francisco de Macorís y que iba a terminar como “los monos a rabazos” hiriendo mortalmente la economía de una legión de hombres y mujeres que humildemente tenían el béisbol como su única forma de producir dinero decentemente…
Ojalá que las aguas vuelvan a su nivel, pero eso sí, que nuestras autoridades del béisbol de invierno sepan de una vez y para siempre, que hay que ser cauteloso y cuidadoso porque con el sentimiento de un pueblo no se juega y que las consecuencias podrían ser funestas si no se le pone coto a tantas improvisaciones y desaciertos.
Por eso el gran filósofo griego Sócrates sentenció que él era amigo del también sabio Platón, pero que primero era más amigo de la verdad, y esa verdad incuestionable está en todos y cada uno de los párrafos de esta inquietud nuestra.











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