Desde su espacio dedicado a la infancia, el Núcleo de Escritores de la Región Nordeste se complace en presentar un nuevo cuento del joven autor Daniel Sánchez, titulado La mansión traicionera. Daniel Sánchez Muñoz, de tan solo 11 años, reside en San Francisco de Macorís y es hijo de Francisco Sánchez y Dianny Muñoz.
La mansión traicionera
Érase una vez, en una tierra lejana, un niño llamado Danilo Lindón. Un día, mientras caminaba por un bosque hechizado, vio cuervos posados en los árboles y sintió que el silencio era distinto, como si el lugar respirara misterio.
Lindón sacó un mapa para buscar el camino hacia una antigua mansión. Al llegar, se detuvo y llamó con voz temblorosa:
—¿Hola…?
No hubo respuesta. Entonces gritó:
—¡Alexi! ¡Alexi! ¡Alexi!
Pero su hermano menor no contestó.
Subió con cuidado los escalones de la mansión y se encontró con una puerta misteriosa. Para abrirla necesitaba una llave. De pronto, una sombra pasó veloz llevándose algo, pero la llave cayó al suelo. Lindón la recogió y abrió la puerta.
Dentro había un vestíbulo oscuro. Caminó lentamente y, de repente, apareció un fantasma de color naranja. Lindón gritó:
—¡Haaaaaa!
Antes de poder huir, algo extraño ocurrió: el fantasma fue aspirado por un aparato que sostenía un viejito con un solo diente y unos anteojos locos.
—Mucho gusto en conocerte —dijo—. Soy el profesor Desastre.
El profesor le explicó que llevaba muchos años viviendo en aquella mansión, un lugar lleno de fantasmas. De pronto aparecieron tres más, y tuvieron que escapar.
—Así que te llamas Lindón —dijo el profesor—. Pareces alguien muy familiar.
—¿Por qué? —preguntó el niño.
—Porque antes de ti llegó alguien muy parecido. Está encerrado en un cuadro.
—¡Ese es mi hermano Alexi! —exclamó Lindón.
El profesor le explicó que tenían seis días para rescatarlo y que primero debía aprender a aspirar fantasmas. Le entregó la Succionaentes 3000, una aspiradora especial. Poco a poco, Lindón fue atrapando fantasmas uno por uno.
Luego fueron a la galería. El profesor le contó que había 23 cuadros, pero no estaban pintados, y necesitaban una pintura especial. Lindón salió a buscarla, la encontró y regresó al laboratorio.
—¿Qué quieres hacer ahora? —preguntó el profesor.
—Volver a la mansión —respondió Lindón.
—Ten mucho cuidado —le advirtió.
Al llegar de nuevo a la mansión, Lindón encontró a un enano llorando.
—¡Waaaaa! Esto es terrible —dijo—. Un fantasma encerró a Alexi en un cuadro. Tu mamá me mandó a buscarlo. ¿Me ayudas?
—¡Sí! —respondió Lindón sin dudar.
El enano Sabio sonrió agradecido. Poco a poco, la mansión empezó a llenarse de luz. Lindón subió los escalones, apagó velas, aspiró fantasmas y abrió cofres donde encontraba llaves. Los cuadros se movían, las puertas tenían pinchos y el peligro aumentaba.
Cuando todo parecía más difícil, Lindón escuchó la voz del profesor Desastre:
—¡Lindón! ¡Captura más fantasmas y vuelve al laboratorio!
Pero el miedo crecía, y entonces Lindón se arrodilló y dijo:
—Dios, ayúdame. Necesito salir de aquí.
Los fantasmas comenzaron a desaparecer uno a uno. La mansión se llenó de claridad, y finalmente Lindón logró rescatar a su hermano Alexi.
Al salir, el profesor Desastre le preguntó asombrado:
—¿Cómo lo lograste?
—Le pedí ayuda a Dios —respondió Lindón—. No fue fácil, pero lo logré.
Y así, los hermanos regresaron sanos y salvos.
Fin.
Moraleja
No vayas a lugares que no conoces. Y si algún día te encuentras en peligro, pide ayuda a Dios, porque Él siempre escucha.











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