Desde su espacio dedicado a la infancia, el Núcleo de Escritores de la Región Nordeste se complace en presentar un nuevo cuento del joven autor Daniel Sánchez, titulado El niño, el dinosaurio y el hombre del machete.
El niño, el dinosaurio y el hombre del machete.
Tomás era un niño tranquilo, de esos que se quedaban mirando el monte como si estuviera escuchando algo que los adultos ya no oían. Vivía cerca de un terreno donde crecían plantas altas y enredadas, y allí, según decía él, habitaba su amigo David, un dinosaurio grande y manso, al que llamaba Éverest porque parecía fuerte como una montaña.
David no era un dinosaurio cualquiera. Podía volar bajo cuando hacía falta, correr más rápido que el viento y hacerse fuerte como una roca. Pero lo más importante no era eso, sino que entendía a los demás, incluso cuando no hablaban.
Tomás también tenía un don. Cuando alguien estaba lleno de rabia o pensaba hacer daño, a él se le aclaraban los ojos y podía ver lo que esa persona llevaba por dentro. No veía armas ni monstruos, sino tristeza, cansancio y soledad.
Un día, mientras caminaban cerca del monte, vieron a un hombre cortando las plantas con furia. No limpiaba el terreno: peleaba con él. El machete caía una y otra vez, como si las hojas fueran culpables de algo.
Las plantas comenzaron a moverse, a cerrarse, a pincharle las manos y las piernas, defendiéndose como pueden hacerlo los seres vivos cuando sienten peligro.
—Calma —dijo Tomás—. Calma.
Pero el hombre respondió con burla:
—¡Ojeo, ojeo! ¡Déjenme en paz! ¡Todas pagarán mi ira!
David se colocó delante de Tomás, firme y silencioso, como un escudo. No atacó. Esperó.
Tomás miró al hombre con su vista clara y entendió. Se acercó despacio y le habló como se le habla a alguien herido.
—¿Qué culpa tienen las plantas de lo que a usted le pasa?
El hombre bajó el machete. Respiró fuerte. Luego dijo, casi sin mirarlos:
—Nadie entiende lo que yo vivo. Yo solo tengo un ojo para ver.
Tomás pensó un momento y respondió:
—Dé gracias. Hay quienes no tienen ninguno. Lo que tenemos, aunque poco, también es perfecto.
Las plantas dejaron de moverse y parecieron suspirar aliviadas, como si entendieran. El hombre se quedó callado. La rabia se le fue apagando poco a poco, como se apaga el fuego cuando se queda sin leña.
Ese día, Tomás y David no ganaron una pelea. Ganaron algo mejor: lograron que alguien escuchara.
Y mientras regresaban por el camino, Tomás entendió dos cosas que no olvidaría nunca:
que nadie es culpable del dolor ajeno, y que ser feliz es aprender a vivir con lo que uno es y con lo que uno tiene.
Moraleja
La mejor fuerza no es la violencia, sino la comprensión. Escuchar y entender a los demás es la manera más justa de vivir en paz.











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