Aquella noche, como tantas otras, cientos de personas se conectaron a una transmisión en vivo. Comentarios, corazones y risas virtuales llenaban la pantalla. La protagonista sonreía, hablaba sin parar, agradecía cada “like” como si fuera una victoria.
Pero entre el ruido digital, había otro sonido… un llanto.
Al principio fue leve, casi imperceptible. Algunos lo ignoraron. Otros preguntaron: “¿Quién llora?” Ella,
sin perder la sonrisa, respondió con molestia:
—Cállate ya…
El llanto continuó.
Los comentarios empezaron a dividirse. Unos pedían que atendiera al niño. Otros, con ligereza, escribían cosas como: “Dale algo para que se duerma”. La transmisión seguía, como si todo fuera parte del espectáculo.
Entonces ella se acercó a la cámara, con una mirada que heló a más de uno:
—Tú vas a ver cómo él se calla…
Se levantó. Caminó fuera de cuadro. El llanto se hizo más intenso… y de pronto, se escucharon golpes. Palabras duras. Silencio.
Un silencio pesado.
Regresó a la cámara, acomodándose como si nada hubiese pasado.
—¿Ven? Así es que él se duerme y se calla —dijo, mientras se frotaba los dedos, quejándose de dolor.
Pero del otro lado de la pantalla, algo había cambiado.
Ya no eran solo espectadores. Algunos sintieron un nudo en la garganta. Otros cerraron la transmisión. Unos pocos comenzaron a reflexionar:
¿En qué momento dejamos de ser humanos para convertirnos en audiencia?
Porque ese silencio no era paz…
era miedo.
No era descanso…
era violencia.
Ese niño, invisible en la pantalla, se volvió el reflejo de una realidad que muchas veces se esconde detrás del entretenimiento: el abuso, la indiferencia y la deshumanización.
Y entonces surgió una pregunta urgente:
¿Qué estamos consumiendo? ¿Qué estamos permitiendo?
Cada “like”, cada vista, cada comentario… también construye o destruye. Las redes sociales pueden ser
espacios de aprendizaje, de valores, de empatía… o escenarios donde la violencia se normaliza.
No podemos aplaudir el dolor.
No podemos ser cómplices del abuso.
No podemos callar ante lo que está mal.
Porque ningún niño merece ser silenciado con golpes.
Porque ningún padre o madre tiene derecho a justificar la violencia.
Y porque como sociedad, tenemos la responsabilidad de elegir mejor.
Elegir contenidos que eduquen.
Que inspiren.
Que respeten la vida y la dignidad humana.
Que ese silencio nos despierte.
Que nos haga más conscientes.
Y que nunca más confundamos el espectáculo con el sufrimiento.
Querido lector esta sección Descubre un libro hoy hemos iniciado con este relato anterior El silencio que no debía aplaudirse, no es un libro, es simplemente un relato que tal vez no tenga “like” ni sea leído, … ojalá motive a la reflexión. Hoy necesitamos reflexionar como sociedad, cortar silencios que no deben aplaudirse, mirar hacia la educación. Tal vez es tiempo de mirar hacia el cerebro, su uso, alimento y educación que le ofrecemos. La doctora en Neurociencia por la Facultad de Medicina de la Universidad Autónoma de Madrid Nazareth Castellanos, en su libro El espejo del cerebro, nos invita por medio de su consumada prosa y su experiencia científica a la busqueda de cambios cerebrales significativos cuando logramos atender el presente por medio Mindfulness. Por eso te invito a que descubras el libro El espejo del cerebro. Cortemos el silencio, apliquemos ciencia para lograr cambios mentales a través de la meditación.
¿Si cambiamos el alimento que le damos al cerebro cambiamos como sociedad?
“La ciencia como cualquier otra forma de conocimiento, avanza cuando nos hacemos preguntas que en su momento parecen disparates” (Castellanos, 2023, p.37).
Referencia
Castellanos, N. (2023). El espejo del cerebro (10ª Edición). La Huerta Grande. Madrid, España.
Aprestos desde NERD
Desde este espacio, el Núcleo de Escritores de la Región Nordeste invita a la lectura de El espejo del cerebro. Entender el cerebro es uno de los desafíos más grandes de la neurociencia y, en general, de nuestra época. La autora Nazareth Castellanos nos guía a través de su trayectoria científica en laboratorios y su búsqueda constante de conocimiento en áreas como la medicina, la filosofía y la espiritualidad, todas ellas interconectadas.











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