Hay verdades que incomodan porque destruyen ficciones convenientes. Una de ellas es esta: en materia de violencia contra la mujer, buena parte del discurso público se ha vuelto una mezcla de moralismo, consignas y autopromoción institucional. Se repiten frases altisonantes sobre derechos, empoderamiento y protección, mientras en la vida real muchas mujeres siguen quedando solas, expuestas y mortalmente vulnerables frente a hombres violentos, posesivos e incapaces de aceptar una negativa.
Conviene decirlo desde el principio, para evitar a los intérpretes de mala fe: explicar no es justificar. Comprender cómo se produce una tragedia no equivale a absolver al criminal. El homicida es culpable de matar. Siempre. Pero una sociedad seria no puede limitarse a señalar al agresor después del cadáver. También tiene el deber de preguntarse qué mentiras, qué ingenuidades y qué simulaciones ayudaron a que esa mujer llegara viva hasta el borde del abismo creyendo, erróneamente, que estaba protegida.
Porque ahí está una de las grandes hipocresías de nuestro tiempo: a muchas mujeres se les enseña que tienen derechos, pero no se les enseña con la misma claridad que ejercerlos, en ciertos contextos, puede colocarlas en el momento de mayor peligro de sus vidas.
Se les dice que tienen derecho a irse. Y lo tienen.
Se les dice que tienen derecho a denunciar. Y lo tienen.
Se les dice que tienen derecho a rehacer su vida con quien quieran. Y lo tienen.
Se les dice que ningún hombre es dueño de ellas. Y eso también es verdad.
Lo que casi nunca se les dice con igual crudeza es esto: si el hombre frente a ellas es un controlador, un celoso patológico, un machista posesivo o un sujeto emocionalmente desquiciado, el instante en que la mujer ejerce ese derecho puede ser precisamente el instante en que más riesgo corre de morir.
Esa es la parte de la realidad que el discurso cómodo prefiere callar.
Se ha instalado una pedagogía sentimental según la cual basta con recordarles a las mujeres su dignidad y sus derechos para que el problema quede encauzado. Como si la violencia letal se detuviera ante una declaración solemne. Como si el agresor, al ver una orden de protección, experimentara una iluminación republicana y decidiera obedecer la ley. Como si la irracionalidad homicida retrocediera ante un sello, una firma o un papel timbrado.
Pero el papel no detiene cuchillos.
El papel no para balas.
El papel no sustituye una casa segura.
El papel no paga transporte, abogado, refugio ni mudanza.
El papel no hace que la policía llegue a tiempo.
El papel no reduce a un hombre que decidió matar.
Y, sin embargo, sobre esa ficción burocrática se ha construido una parte importante del discurso protector.
No se trata de negar la utilidad de las herramientas legales. Sería absurdo. Una orden judicial puede ayudar. Una denuncia puede abrir caminos. Una intervención estatal puede salvar vidas. Pero convertir esos instrumentos en símbolos mágicos de seguridad es una irresponsabilidad. Peor aún: es una forma de crueldad política. Porque transmite a muchas mujeres una confianza que el mundo material no está en condiciones reales de sostener.
Ese es el punto que casi nunca se quiere discutir sin escándalo: no basta con reconocer derechos; hay que enseñar supervivencia. Y enseñar supervivencia supone abandonar dos vicios muy extendidos: la demagogia y el paternalismo.
La demagogia consiste en prometer protección donde no existe protección suficiente. El paternalismo consiste en tratar a la mujer como si fuera una criatura incapaz de medir riesgos por sí misma. Yo no creo en ninguna de las dos cosas:
No creo que respetar a la mujer signifique infantilizarla.
No creo que dignificarla consista en hablarle como si fuera una menor de edad perpetua.
No creo que su autonomía se fortalezca ocultándole la ferocidad del mundo real.
Al contrario: creo que tomar en serio a la mujer exige decirle la verdad entera.
Y la verdad entera es que hay hombres que no aceptan ser dejados, contradichos, expuestos o reemplazados. Hay hombres para quienes la libertad femenina no es un dato de la civilización, sino una herida narcisista. Hay hombres que viven la negativa de una mujer como una humillación insoportable. Hay hombres que no aman: poseen.
No razonan: reaccionan. No dialogan: castigan.
Frente a esos hombres, la ley sola no basta. La razón sola no basta.
El derecho abstracto solo no basta.
Por eso una política pública seria debería enseñar, sin adornos, que la ruptura con un agresor no es un gesto romántico de emancipación, sino muchas veces una operación de alto riesgo. Debería enseñar a reconocer perfiles peligrosos, a identificar patrones de control, a detectar cuándo la violencia verbal ya anuncia algo peor, a no anunciar decisiones sensibles sin apoyo, a no confundir valentía con exposición temeraria, a preparar salidas, redes, dinero, prueba, refugio y auxilio real.
Eso no es culpar a la mujer. Eso es respetarla como un ser inteligente.
Porque hay otra perversión en el debate: cada vez que alguien intenta introducir la idea de prudencia, se le acusa de querer trasladar la culpa a la víctima. Y no. Las cosas no son tan primitivas. Una persona puede ser inocente del crimen que sufre y, al mismo tiempo, haber subestimado gravemente el peligro que enfrentaba. Reconocer esta posibilidad no exonera al victimario; simplemente vuelve el análisis menos infantil y más útil.
En la vida cotidiana todos aceptamos esa lógica. Sabemos que no es culpable del robo quien entra en una zona notoriamente peligrosa, pero también sabemos que fue imprudente. Sabemos que no es culpable del accidente quien desafía una curva mortal con exceso de confianza, pero también sabemos que ignoró el riesgo. Solo en ciertos debates ideologizados parece prohibido admitir que la imprudencia existe cuando la víctima es mujer, como si reconocerla implicara traición moral.
No lo implica. Lo que implica es madurez intelectual.
Y esa madurez exige admitir algo adicional: también existen relaciones atravesadas por manipulación recíproca, agresiones mutuas, denuncias instrumentales, provocaciones, daños a bienes, escenas de desequilibrio emocional y conductas altamente tóxicas de ambos lados. Los tribunales lo saben. La experiencia judicial lo sabe. Negarlo por corrección política no vuelve más justa la realidad, solo la vuelve más mentirosa.
Nada de eso, desde luego, justifica matar. Nada. Pero sí obliga a analizar los conflictos de pareja con menos catecismo y más honestidad.
Lo verdaderamente indigno para la mujer no es pedirle prudencia. Lo indigno es engañarla. Lo indigno es decirle que el Estado la protege cuando no puede protegerla a tiempo. Lo indigno es sugerirle que un formulario, una querella o una orden bastan para contener a un hombre brutal. Lo indigno es lanzarla a ejercer derechos absolutamente legítimos sin advertirle que, frente a ciertos sujetos, hacerlo sin estrategia puede ser letal.
Tal vez ha llegado la hora de abandonar el discurso tranquilizador y reemplazarlo por uno verdadero. Un discurso que diga:
Sí, tienes derecho a irte.
Pero no te vayas de cualquier manera.
Sí, tienes derecho a denunciar.
Pero no denuncies sin evaluar el riesgo.
Sí, tienes derecho a rehacer tu vida.
Pero no subestimes a quien cree que eres su propiedad.
Sí, la ley está de tu lado.
Pero la ley, sola, no siempre llegará antes que la violencia.
Eso es duro. Sí.
Eso es incómodo. También.
Pero quizás sea más humano que seguir repartiendo frases bonitas a mujeres que necesitan, antes que nada, seguir vivas.
La prevención real de la violencia contra la mujer no puede fundarse ni en ilusiones jurídicas ni en eslóganes emocionales. Debe fundarse en una verdad más austera: la autonomía necesita lucidez, la libertad necesita estrategia y la dignidad también exige aprender a sobrevivir.
Porque una sociedad que solo enseña derechos, pero no enseña peligro, termina abandonando a las mujeres exactamente en el punto donde más dice defenderlas.











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