Una vez que mi mujer y yo que estábamos viendo una película y en una escena se veía un lujoso comedor con un reloj de los llamados Cuco o de Selva Negra por ser originarios de esta importante y bella región de Alemania, como sabrán estos artilugios tienen la característica de que una figura en forma de pajarito, muchas veces un búho, se asoma y da las horas y los cuartos de hora con un canto tipo Cu-co que repite varias veces. Todo un fenómeno maravilloso de técnica y precisión digno de ser alemán o suizo.
El caso es que mi mujer le encantó el Cuco aquel y aprovechando que yo debía hacer un viaje a Europa me encargó encarecidamente que le trajera uno de ellos. Dicho y hecho, en Barcelona compré un hermoso Cuco con su búho de inquilino, nada barato por cierto, y sí bastante caro también por cierto, con una vistosa etiqueta que ponía ¨Made in Germany¨
Ya se sabe cuándo la señora de la casa pide algún capricho hay que concedérselo o de lo contrario ella se vuelve un Cuco y a cada rato y por largo tiempo le cantan a uno eso de ¨Por qué no me lo compraste¨, ¨Cómo se te pudo olvidar ¨,¨Cómo que no te alcanzaba el dinero¨ ¨Eres un tacaño¨ y otros requiebros por el estilo.
Bien, una vez destapado y probado el Cuco siguieron los consabidos abrazos, agradecimientos y mucha felicidad ¡Qué Cu-co tan lindo! ¡Lo bien y armonioso que canta! Y al final el cuco quedó instalado en el comedor de casa, decorativo que lucía, y de una vez como buen alemán comenzó su tarea de pregonero del tiempo. Cu-co la una. Cu-co la una y cuarto, Cu-co la una y media, Cu-co la una y tres cuartos, y así el día entero que si se multiplican sus 24 horas y dan nada menos que 96 cucoadas.
Ya a la semana le iba tomando ojeriza al bendito Cuco, al mes no lo soportaba más, si ibas al baño el Cuco te perseguía, si dormías el Cuco te desvelaba, si leías o escribías el Cuco no te dejaba concentrar, si comías el Cuco venía de aperitivo, así que el Cuco no me dejaba en paz ni a sol ni a sombra, ni de día ni de noche. A los dos meses ya estaba de carne para psiquiatras, lo sentía cantar aunque no lo hiciera, se me aparecía de manera inconsciente en la oficina, me perseguía en los paseos, en el carro lo mismo, las bocinas me sonaban a cuco, los tapones para los oídos que compré no me sirvieron de nada.
Así que armándome de valor le dije a mi mujer que debíamos parar el búho cantor y guardarlo en el cajón de los recuerdos porque mis nervios no podían más y podía acabar con un ataque de histeria, pero a la consorte le gustaba el cantico, le parecía gracioso, era tan simpático, y ya se sabe que donde hay patrona no manda marinero. El cuco seguiría martillando mi cerebro y cerebelo y matando neuronas de las cuales siempre he tenido pocas.
Así siguió el asunto un tanto a regañadientes, echando pestes por lo bajo, maldiciendo siempre por lo bajo para que no me oyera mí mujer, hasta que poco después un día leyendo un libro muy interesante salió como de costumbre el cuco tenor con su ópera a cuestas, interrumpiendo tan grato momento. Haciendo corazón de tripas decidí acabar ese karma de una vez por todas, esperé al siguiente cuarto de hora y cuando salió el Cuco de marras ¡Zás! le lancé desde unos cinco o seis metros un zapato, el izquierdo pues tengo algo de zurdo, y bastante grande, calzo el 43, con tanta fuerza y buen tino de zapatazo que di en el blanco desbaratando literalmente el pajarraco y el reloj dejó de funcionar.
Entonces ese silencio de muerte fue un cántico celestial de vida para mis oídos. Finito! Finished! Na enlich die Voguel! Los alemanes podrían declararme la guerra por haber atentado contra uno de sus preciosos iconos pero sería capaz de enfrentarlos con el otro zapato por mantener a salvo mi salud mental.
Después vino la dialéctica discutidora con mi mujer, ardua, persistente, me calificó poco menos que de asesino aviar y durante un buen tiempo de tanto en tanto me recriminaba el buhícidio, pero el tiempo es el mejor borrador que existe y hoy hay paz y armonía ¿Qué hubiera sido mejor seguir oyendo el Cuco en el comedor, o el divorcio, o el psiquiátrico? ¡Ustedes dirán!










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