Querido Arthur Schopenhauer:
Te escribo movida por una mezcla de una profunda admiración hacia muchas de tus obras filosóficas y un rechazo visceral hacia una de tus facetas más oscuras. Te confieso que, tras releer nuevamente tu ensayo sobre las mujeres en tu obra El arte de tratar con las mujeres, sentí la imperiosa necesidad de responderte.
Aquella obra, que aún hoy cosecha tanto seguidores ciegos como justicieros detractores, me resultó tan poco intelectual que cerré el libro con la firme intención de confrontar tus ideas.
Antes de entrar en polémica, aclaro mi postura: no escribo desde ninguna militancia feminista, sino desde la razón universal y la dignidad intrínseca de la condición humana.
Tu mirada hacia la mujer no es el resultado de una observación filosófica objetiva, sino que es desde el eco de vivencias personales. Tus heridas afectivas crearon a tus alrededores amarguras insuperables. Esas sombras te llevaron a manchar tu propio legado. Eres el claro ejemplo de un genio innegable que terminó diluyéndose en el ácido de sus propias frustraciones.
Te equivocas al decir en unas de tus páginas que la mujer es un «mero capricho de la naturaleza”, creada exclusivamente para “el deseo sexual del género masculino” y la continuidad de la especie.
Durante siglos, el quehacer filosófico fue un terreno exclusivo para hombres; el cual margino sistemáticamente el pensamiento de la mujer, y donde con contadas excepciones muchas ellas no solo vieron sepultadas sus ideas, sino también sus propias vidas.
Tu mente, a ratos sádica y extrañamente limitada, parece incapaz de vernos más allá de la utilidad biológica, al exigir de la mujer obediencia y sumisión. Te igualas al machismo más vulgar, compartiendo la soberbia de aquellos hombres que confunden la fuerza física o el privilegio histórico con la superioridad intelectual.
En lo que respecta a ti, Arthur, fuiste un hombre herido que jamás logró alcanzar la resiliencia con tu vínculo más cercano, el género femenino. Todos conocemos tu relación tóxica que llevaste con tu madre Johanna Schopenhauer (una escritora libre y exitosa); a la lista súmale tus desengaños amorosos y el peso de afectos nunca correspondidos. Sabes bien que tus apuntes sobre nosotras no se sustentan en la base ontología, sino en el escozor de tus propias cicatrices.
Los epítetos que utilizaste como: desleales, falsas, caprichosas y mentirosas; no definen la naturaleza de la mujer, definen tu absoluta incapacidad para conectar con ellas. Sostienes que el matrimonio es una trampa donde el hombre pierde su libertad y multiplica sus obligaciones; en cambio la mujer la adquiere. Afirmas que debemos pagar la «culpa de vivir mediante el dolor del parto” y la sumisión de su marido.
Y que nuestra naturaleza nos obliga a la astucia y la mentira por ser «débiles». Sin embargo, mi querido A.S., si algo hemos aprendido de la naturaleza humana es que la mentira no tiene género, porque muchas de ellas han sido hombres de tu misma arrogancia quienes han erigidos templos enteros basados en ellas.
Y que nuestra naturaleza nos obliga a la astucia y la mentira por ser «débiles». Sin embargo, mi querido A.S., si algo he aprendido la naturaleza humana es que la mentira no tiene género, porque muchas de ellas han sido por hombres como tú de arrogantes, quienes han erigidos templos enteros basados en ella.
Afortunadamente, la Ilustración y el Romanticismo allanaron el terreno para una emancipación que considerabas incompatible con el pensamiento. Es absurdo sostener que la filosofía es incompatible con la mujer o que el matrimonio es un obstáculo insalvable para el pensador.
Pero la historia no se detiene, para tu mayor disgusto debo citar a tu distinguido Hegel, quien consideraba que la sociedad es un espíritu que evoluciona a través de conflictos y las luchas individuales que impiden que permanezcan estáticas. Gracias a ese proceso histórico, hoy la mujer ocupa el lugar que le corresponde en la filosofía, la matemática, la ciencia y el arte.
¿Sabes una cosa, mi querido Schopenhauer? Caíste en la contradicción más irónica que puede sufrir un pensador de tu calibre. A pesar de despreciar a la mujer en la teoría, en la práctica te sentías irremediablemente cautivado por jóvenes a las que deseabas desposar apenas las veías.
En el fondo, sospecho que todo lo que escribiste sobre nosotras no fue más que el grito desesperado de un hombre que, poseyendo toda la luz intelectual, caminó a oscuras por la vida, incapaz de encontrar la fórmula para dar y recibir amor.










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