Desde mis inicios en la educación básica me enseñaron que en la naturaleza nada se crea, nada se destruye y todo se transforma.
Así que, en la lógica de los seres humanos, y contrario a la letra de la “Salsa” que dice: “Nada es eterno en la vida”, la eternidad de las cosas podría decirse que consiste en su eterna transformación.
De manera que predecir, decir o especular sobre el origen del “todo” es una tarea que puede servir para ejercitar nuestro cerebro, el cual incapaz de desentrañar los misterios del universo se afana en comprender lo incomprensible. Así que, si EL TODO es mayor que cualquiera de SUS PARTES, una parte no puede entender ni comprender el todo.
Entonces la utilidad de lo inútil resulta un divertimento intelectual que vence nuestro ocio, pero no convence nuestro intelecto.
Por ejemplo, imaginar lo que hasta ahora son fantasías absurdas como, por ejemplo: la teletransportación, los viajes astrales, viajar a la velocidad de la luz, la vida suspendida en cámaras criogénicas para prolongar la vida en viajes intergalácticos, o el vivir en una Matrix, son las ideas creativas que buscan explicar lo inexplicable para dar consuelo a nuestra mente habida de soluciones a los misterios del universo.
El llamado Big Bang es otro ejemplo de esa desesperación, para cuya construcción y explicación de esa teoría se debe tener más fe que un religioso empedernido.
Siendo pues nuestra limitada inteligencia incapaz de desentrañar los misterios del universo, bien haríamos por fomentar una vida pacifica, de solidaridad y amor hacia los los demás, al margen del temor al “fuego eterno” de un infierno que no parece lógico ni propio y útil para un creador binario, cuya concepción humana le permite coexistir en esa dualidad del bien y del mar que ocupa una existencia inútil tratando de erradicar un mal que se encuentra en nuestra propia sustancia y esencia de “ser humano”.
La historia de la humanidad es la historia la vida y de la muerte, del nacer y morir, del odio y del amor, del bien y del mal, de la lógica y de la estupidez, de la solidaridad y de la perversidad, y un largo etcétera que se encuentra con la paradoja de que hasta “lo unitario” (el corazón y el cerebro, por ejemplo) tienen dos ventrículos y dos hemisferios, o bien no están hechos de una sola sustancia.
Entonces nuestra mayor tranquilidad podría encontrarse en la tranquilidad de comprender la realidad y transformarla cuando esté a nuestro alcance, y cuando no lo esté, procurar inteligentemente arreglarla o disfrutarla, porque dos cosas son harto conocidas: moriremos y la vida es breve. Más tarde o más temprano seremos como polvo en el viento.











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