Existe una consigna que ha marcado la política estadounidense durante los últimos años: «Make America Great Again». Su fuerza radica en la evocación de un pasado que muchos consideran glorioso. Pero esa consigna encierra una pregunta que rara vez se formula: ¿cuándo fue realmente grande Estados Unidos desde el punto de vista moral?
La grandeza de una nación no puede medirse únicamente por el tamaño de su economía, la potencia de su ejército, el número de sus portaaviones o el valor de su mercado bursátil. Una nación es verdaderamente grande cuando la fuerza se subordina al derecho; cuando el poder reconoce límites; cuando la justicia se aplica con la misma severidad a uno mismo que a los demás.
Si ese es el parámetro, Estados Unidos aún tiene una tarea pendiente.
La historia no puede reescribirse. Está documentado que la construcción territorial del país implicó el despojo de pueblos indígenas, guerras de expansión y desplazamientos forzados. También lo está que una parte sustancial de su economía temprana se desarrolló sobre el trabajo esclavizado de millones de seres humanos. Su política exterior, especialmente durante los siglos XX y XXI, incluye intervenciones militares, operaciones encubiertas y apoyos a gobiernos o movimientos cuya legitimidad continúa siendo objeto de intensos debates históricos.
Nada de esto disminuye los extraordinarios logros científicos, tecnológicos, industriales o culturales de los Estados Unidos. Sería intelectualmente deshonesto ignorarlos. Pero también lo sería construir una narrativa nacional que solo recuerde las victorias y silencie los costos humanos que acompañaron parte de ese ascenso.
Lo verdaderamente preocupante no son únicamente los errores del pasado. Todas las naciones arrastran episodios que hoy provocarían vergüenza. Lo preocupante es la persistencia de una actitud que con demasiada frecuencia ha llevado a Estados Unidos a presentarse como árbitro moral del mundo mientras examina con menor rigor sus propias contradicciones.
La autoridad moral no se proclama; se conquista.
Ningún país puede exigir respeto al derecho internacional si solo lo invoca cuando favorece sus intereses. Ninguna democracia puede erigirse en defensora universal de los derechos humanos si guarda silencio cuando esos derechos resultan incómodos para sus alianzas estratégicas. Ninguna nación fortalece su prestigio aplicando una medida para sí y otra distinta para los demás.
La antigua enseñanza bíblica conserva plena vigencia: «Con la medida con que midáis, seréis medidos.» Ese principio no solo interpela a las personas; también constituye un llamado ético para las naciones.
Sin embargo, este no es un llamado al resentimiento ni a la condena perpetua.
Nadie puede devolver la vida a los pueblos exterminados, reparar plenamente los siglos de esclavitud o borrar el sufrimiento provocado por decisiones políticas y militares. La historia no ofrece ese privilegio.
Pero sí permite algo extraordinario: aprender.
Estados Unidos posee todo lo necesario para convertirse en la democracia que durante tanto tiempo ha afirmado representar. Cuenta con recursos naturales inmensos, una economía sin comparación, universidades que figuran entre las mejores del mundo, instituciones capaces de reformarse y, sobre todo, millones de ciudadanos honestos, trabajadores, creativos y profundamente comprometidos con los valores de la libertad y la dignidad humana.
Es precisamente en esos ciudadanos donde reside la mayor esperanza del país, no en los mitos de infalibilidad ni en las leyendas construidas alrededor de sus dirigentes históricos.
El auténtico patriotismo no consiste en negar los errores de los padres fundadores ni en convertirlos en figuras intocables. Tampoco consiste en destruir toda su herencia. Consiste en reconocer que incluso quienes realizaron aportes decisivos a la construcción institucional de una nación pudieron incurrir en graves contradicciones morales. Una democracia madura no necesita héroes perfectos; necesita ciudadanos capaces de juzgar su pasado con honestidad.
Quizá haya llegado el momento de abandonar la retórica de la excepcionalidad para abrazar la ética de la responsabilidad.
Estados Unidos no necesita volver a ser grande. Necesita demostrar que la grandeza puede fundarse, no en la supremacía militar ni en la hegemonía económica, sino en la coherencia moral; no en el miedo que inspira su poder, sino en el respeto que merece su conducta.
Ese día, cuando la verdad ocupe el lugar del autoengaño; cuando la justicia prevalezca sobre la conveniencia; cuando la democracia deje de ser un discurso para convertirse en un compromiso sin excepciones; cuando el trabajo honrado de millones de ciudadanos prevalezca sobre la arrogancia de quienes confunden poder con virtud, entonces el mundo podrá contemplar una nación verdaderamente grande.
No grande otra vez.
Grande por primera vez.











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