Cada agosto la escuela dominicana vuelve a organizar un gran acto inaugural: estudiantes uniformados, autoridades sonrientes, discursos esperanzadores, mochilas nuevas, fotografías y la promesa renovada de que comienza un mejor año escolar. Pero detrás de la imagen oficial existe otra escuela menos fotogénica y mucho más real: la que todavía espera una reparación, busca un cupo, improvisa un espacio o intenta comenzar mientras se termina aquello que debió estar listo antes de que llegaran los estudiantes.
El año escolar 2026-2027 comienza en medio de esa contradicción.
No sería justo afirmar que nada se ha hecho, ciertamente el Ministerio de Educación ha incorporado algunas aulas, intervenido planteles y desarrollado jornadas de formación. Sin embargo, tampoco puede ignorarse que algunos centros llegaron al primer día entre reparaciones, deterioro, dificultades de espacio y muchas necesidades todavía pendientes, situaciones que impidieron que decenas de centros pudieran iniciar el año escolar en la fecha prevista.
Y he aquí la gran paradoja: el sistema educativo exige planificación rigurosa a sus docentes, pero demasiadas veces parece llegar tarde a su propia planificación. Educar no puede depender de la improvisación; justamente por eso resulta legítimo preguntar por qué las reparaciones previsibles desde hace mucho, siguen ejecutándose precisamente en agosto; por qué determinadas necesidades de infraestructura parecen descubrirse cuando terminan las vacaciones o por qué problemas conocidos durante años, llegan intactos hasta la puerta del nuevo año escolar.
El MINERD ha desarrollado una extraordinaria cultura de la evidencia, pero necesitamos avanzar hacia una verdadera cultura de la efectividad. Fotografiar una actividad demuestra que ocurrió, no que resolvió un problema; presentar estadísticas informa cuánto se hizo, no necesariamente cuánto se solucionó; dar un primer picazo o inaugurar una obra muestra una conquista, pero la calidad de un sistema se mide también por aquello que funciona tan bien que nunca necesita convertirse en noticia.
La diferencia parece pequeña, pero es enorme: gestionar no es demostrar que se hizo algo, es conseguir que aquello que se hizo produzca el resultado para el cual fue necesario hacerlo.
Por eso resulta legítima otra pregunta: si evaluamos al docente porque debe responder por sus resultados, ¿quién evalúa con igual rigor la planificación institucional que llega tarde, la obra que no termina, el recurso que no aparece o el procedimiento que produce más burocracia que soluciones? La educación necesita coherencia también en la responsabilidad.
Sería injusto, sin embargo, analizar esta realidad desde la comodidad de quien observa desde fuera. Administrar uno de los sistemas públicos más grandes del país no es sencillo. Quien gestiona enfrenta presupuestos, contrataciones, litigios, movilidad estudiantil y docente, infraestructura envejecida y realidades territoriales profundamente diferentes. No todos los problemas pueden resolverse inmediatamente ni todo retraso constituye necesariamente negligencia; pero comprender la complejidad de administrar no significa normalizar la ineficiencia.
Precisamente porque gobernar es difícil necesitamos mejores mecanismos de anticipación, seguimiento y responsabilidad. Si sabemos que las clases comienzan en agosto, agosto no puede seguir sorprendiéndonos. Una necesidad de aulas conocida durante meses no debería convertirse en emergencia cuando las familias llegan a inscribir a sus hijos. El Estado tiene derecho a explicar las dificultades, lo que no puede hacer es convertirlas en normalidad.
Por eso, el año escolar 2026-2027 debería obligarnos a revisar nuestra manera de gestionar la educación: pasar de reaccionar a prever, de resolver emergencias a evitar que ocurran, de producir evidencias a producir resultados. No necesitamos un Estado perfecto, ningún sistema de la magnitud del educativo estará libre de dificultades, necesitamos algo más razonable: un Estado que aprenda, anticipe y corrija; que no descubra en agosto aquello que debió conocer desde mayo y que no convierta cada comienzo de año escolar en una carrera contra el calendario.
La escuela dominicana necesita algo aparentemente sencillo: planificar antes de exigir planificación, reparar antes de abrir, resolver antes de fotografiar, evaluar para mejorar y administrar para servir.
El año escolar 2026-2027 ya ha iniciado; todavía estamos a tiempo de demostrar que comenzar con dificultades no significa estar condenados a repetirlas. Lo inadmisible sería acostumbrarnos a que el calendario avance mientras el sistema intenta alcanzarlo. La planificación debe conseguir justamente lo contrario: que, cuando llegue el estudiante, la escuela ya lo esté esperando.
La calidad de este año escolar no se decide en el acto inaugural ni en una fotografía vistosa; se decidirá durante los próximos meses, en cada aula donde un estudiante pueda aprender, un maestro pueda enseñar y las condiciones que ambos necesitan hayan sido garantizadas a tiempo.
Un año escolar comienza cuando lo establece la ordenanza o el calendario, pero la educación comienza verdaderamente cuando, al llegar el estudiante, todo aquello que debía esperarlo está listo para recibirlo.











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