«No me vean como un enfermo, yo soy un soldado,
y cuando llegue el día de mi muerte seré un soldado caído».
—José Noel Germán
Recuerdo fugazmente cuando, en la década agonizante del siglo XX, un señor comenzó a visitar la casa de mi padre. Era José Monegro Tejada (Lile). Años más tarde construiría su casa e instalaría su hogar frente a la que había construido, décadas atrás, mi padre.
Con Lile llegó al barrio Margarita Santos Reyes (Margó), su esposa, y sus dos hijos: Salvador y Liliana. Ahí inició un lazo de amistad que las aguas del tiempo no han podido diluir; y que, con la posterior llegada de Francis —hijo mayor de Margó—, adquirió una sinergia que terminó haciéndose indeleble.
Era común ver a Lile salir, poco después del alba, a llevar a sus vástagos al colegio donde estudiaban. Yo hacia la escuela; ellos hacían el colegio… Pero, llegada la tarde, luego de realizar las tareas, era tiempo para Salvador y para mí de distraernos en cuestiones propias de las mocedades. Entretanto, Lile, Margó y Liliana volvían a salir a la jornada vespertina: ellos a trabajar; ella, a continuar su formación complementaria.
Así se fue puliendo Liliana, como la roca que, tras un largo proceso, termina convertida en diamante. Con la ayuda de sus padres, con sus genes y con sus propios deseos de superación, realizó sus estudios primarios y secundarios, siempre con la mente puesta en convertirse en un ser humano capaz de aportar a la sociedad.
Fue a la universidad y se hizo psicóloga. Luego acrisoló aún más su formación académica obteniendo una maestría en el área. Concomitantemente, continuó su formación artística. Profesionalmente se desempeñó tanto en su área académica como en la enseñanza del piano.
Luego se unió a Kenny y juntos trajeron al mundo una extensión de sí mismos: su hijo Liam.
Liliana había hecho toda la tarea para encajar en el mundo de manera ejemplar. Había estudiado, trabajado, formado una familia y construido sueños. Y entonces, sin invitación, silente, malintencionado y con macabros planes, se metió en su vida el cáncer… Y todo cambió.
Los planes, los sueños, las metas, las ilusiones, el ser… Todo aquel mundo de perspectivas de realizaciones académicas, personales y familiares quedó estremecido. Iniciaba así una lucha por la vida.
Liliana —determinada, inteligente, dispuesta y bien amueblada para enfrentar los avatares de la existencia— realizó la introspección de lugar, se preparó con nuevas herramientas, miró de frente al cáncer y cargó contra él con todo. Peleó con una fiereza digna de los mejores gladiadores.
Liliana asumió la conducción y dirección estratégica de su enfermedad, apoyada siempre por el titán de su esposo, por su familia y por sus allegados más cercanos. Hizo, metafóricamente, un nuevo máster académico, se dedicó a buscar cuanto se había escrito, investigado y experimentado respecto a su condición; y ganó la primera batalla.
Haces de luz convertidos en esperanza volvieron a iluminar el camino. Regresaron sus anhelos de realización humana, revivieron las ilusiones y, sobre todo, volvió la tranquilidad de pensar que tendría una vida normal junto a su hijo Lian, su esposo, su familia, sus amigos y la sociedad a la que tanto podía aportar.
Pero ganar una batalla no significa ganar la guerra… El cáncer hizo metástasis. Y la guerrera volvió al campo de batalla.
iempre encontró una vía para hacerle frente desde la vanguardia. Cuando las circunstancias dificultaron el acceso a los medicamentos de alto costo que necesitaba (Por el desfalco en SENASA), Liliana no se quedó inmóvil esperando el desenlace. Como por arte de magia, volvió a sacar del sombrero otra posible solución.
Se postuló para formar parte de una investigación experimental que se realizaba en Estados Unidos relacionada con su tipología de cáncer.
No tenía visa estadounidense. Eso tampoco la detuvo. La consiguió.
Entró al programa y volvió a bailar pega’o con su enemigo. Sin mirar atrás, como buena guerrera. Sin entregarse a los pesares. Lista, firme y decidida a vencer.
Lamentablemente, el pasado 27 de agosto de 2026, perdió la guerra.
Me cuentan que murió como vivió durante estos últimos años: peleando. Peleando contra la muerte y mirándola siempre de frente, como la digna guerrera que fue.
Liliana nos deja rotos… Pero también nos deja un ejemplo de tenacidad digno de emular.
Perdió la guerra, ciertamente que sí. Todos la perderemos algún día. Nos enamoramos de la vida y nos negamos a reconocer que, al final, el matrimonio inevitable es con la muerte. Por eso, la verdadera dimensión de su victoria no puede medirse solamente por el desenlace, sino por la manera en que libró cada una de sus batallas.
Su valía está en cómo afrontó su realidad; en cómo supo adaptarse a los peores escenarios; en cómo, ante cada obstáculo, buscó una alternativa; en cómo nunca dejó de vislumbrar un próximo paso desde el cual volver a cargar contra su adversario.
Por eso, aunque el cáncer finalmente venciera al cuerpo, nunca consiguió derrotar a la guerrera.
Quizás ahí radique la enseñanza más grande que nos deja Liliana, hay guerras cuyo resultado final conocemos de antemano, porque todos somos mortales; pero hay seres humanos que, por la dignidad, entereza y valentía con que las libran, consiguen convertir cada día ganado en una victoria. Liliana fue una de esas personas.
¡Descansa en paz, guerrera por la vida!
¡Hasta siempre Liliana Monegro Santos!












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