«Los últimos serán los primeros» es una conocida frase de origen bíblico que encierra una poderosa enseñanza sobre la humildad, la perseverancia y la justicia. También puede interpretarse como una invitación a no subestimar a quienes avanzan con prudencia, sin estridencias, pero con firmeza.
Mis lectores habrán observado que, en mis últimos artículos de opinión, he dedicado especial atención al tema político. Lo hago consciente de que la política suele estar marcada por coyunturas cambiantes y acontecimientos fugaces. Precisamente por ello, son pocos los escritores de relieve que se detienen a analizarla con serenidad, profundidad y sentido histórico.
A lo largo de su vida político-electoral la sociedad dominicana ha mostrado una marcada preferencia por elegir hombres para ocupar la Presidencia de la República. Las mujeres que han intentado inscribir sus nombres en la carrera presidencial han tenido que redoblar sus esfuerzos, enfrentar mayores obstáculos y demostrar, en muchos casos, capacidades que a los hombres se les dan por sentadas.
Su labor proselitista suele ser más intensa: deben conquistar simpatías, construir estructuras, organizar las bases, vencer prejuicios y demostrar, dentro y fuera de sus partidos, que están preparadas para ejercer el poder. No basta con tener méritos; con frecuencia, a las mujeres se les exige una prueba adicional de autoridad, experiencia y liderazgo.
De cara a las elecciones de 2028, Carolina Mejía aparece ante el escenario nacional como una figura que podría tener que medirse con un amplio pelotón de aspirantes masculinos, incluso dentro de su propio partido, el Revolucionario Moderno. Esa realidad plantea una interrogante que comienza a ganar espacio en determinados círculos políticos: ¿está Carolina Mejía en condiciones de convertirse en una de las principales opciones para disputar la Presidencia de la República en 2028?
La pregunta no es menor ni debe despacharse con ligereza. Carolina Mejía ha construido una trayectoria política propia, marcada por la disciplina, la cercanía con la gente y una presencia pública sostenida. Su paso por la administración municipal le ha permitido exhibir una forma de liderazgo basada en la gestión, el contacto directo con las comunidades y la capacidad de convertir las necesidades ciudadanas en prioridades de gobierno.
En un escenario donde abundan los discursos grandilocuentes y las promesas de ocasión, la sobriedad también puede convertirse en una fortaleza. Carolina no necesita apresurarse para demostrar que existe. Su carrera política ha ido creciendo de manera progresiva, sin estridencias, pero con una constancia que no debe ser ignorada.
Sin embargo, toda aspiración presidencial exige mucho más que reconocimiento público. Requiere una visión nacional, capacidad de articulación, respaldo partidario, equipos sólidos y un mensaje capaz de conectar con las preocupaciones reales de la ciudadanía. También demanda enfrentar con inteligencia los prejuicios que todavía persisten contra el liderazgo femenino.
Carolina Mejía tendría ante sí el desafío de demostrar que su eventual candidatura no sería simplemente una expresión de continuidad familiar o partidaria, sino la consecuencia natural de una trayectoria propia, de un proyecto nacional y de una capacidad comprobada para conducir los destinos del país.
En política, quienes parecen avanzar en silencio no necesariamente están rezagados. A veces, simplemente esperan el momento adecuado para dar el paso decisivo. Por eso no conviene descartar prematuramente a Carolina Mejía. La política dominicana ha demostrado que las circunstancias pueden cambiar con rapidez y que, en determinadas coyunturas, quienes ocupan las últimas posiciones en la percepción inicial pueden terminar encabezando la carrera.
En 2028, la última palabra no la tendrán los rumores ni las preferencias de los círculos políticos, sino el pueblo dominicano. Y si algo enseña la historia es que, en política, los nombres que hoy parecen secundarios pueden convertirse mañana en protagonistas.
Porque, al final, los últimos también pueden ser los primeros.











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