Escribir sobre la obra poética de un autor cuya pluma posee una fuerza literaria tan vibrante y cautivadora constituye una tarea que pone a prueba incluso al talento más eminente e intrépido. Solo pensar en emprender un recorrido por el universo interior y fantástico de la poesía de José Mármol puede despertar en cualquier escritor una sensación de respeto y admiración, especialmente cuando se intenta analizar el estilo y la cualidad lírica de este extraordinario vate dominicano.
La poesía de José Mármol se caracteriza por su profundidad reflexiva, su riqueza simbólica y su constante exploración del ser humano. En sus versos, el lenguaje no se limita a comunicar ideas, sino que se transforma en un instrumento de búsqueda, revelación y cuestionamiento. Cada imagen poética parece conducir al lector hacia espacios íntimos donde convergen la memoria, la identidad, el tiempo y la existencia.
Mármol construye una poesía exigente, pero al mismo tiempo profundamente sensible. Su escritura invita a leer más allá de las palabras y a descubrir los significados ocultos detrás de cada metáfora. La musicalidad de sus versos, unida a la precisión de su lenguaje, crea una atmósfera en la que el pensamiento y la emoción se entrelazan de manera constante.
En su universo poético, el autor explora las contradicciones del ser humano y las tensiones de la realidad contemporánea. Su voz lírica se mueve entre la introspección y la crítica, entre la conciencia individual y la experiencia colectiva. Por esa razón, su obra no solo posee un valor estético, sino también una importante dimensión filosófica y social.
José Mármol es un poeta que no escribe para ofrecer respuestas fáciles. Por el contrario, sus textos provocan preguntas y despiertan en el lector la necesidad de reflexionar. Su poesía exige una lectura atenta, pausada y profunda, capaz de apreciar tanto la belleza de sus imágenes como la complejidad de sus ideas.
La obra de este destacado escritor dominicano representa un aporte significativo a la literatura hispanoamericana. Su voz se distingue por la originalidad, la madurez expresiva y la capacidad de convertir la experiencia personal en una reflexión universal. En sus poemas, lo particular alcanza una dimensión colectiva, y la palabra se convierte en un espacio de encuentro entre el autor y quienes se acercan a su creación.
Hablar de José Mármol es, en definitiva, hablar de una poesía que piensa, que siente y que interroga. Es acercarse a una obra en la que cada verso puede ser entendido como un eco de la conciencia y como una búsqueda permanente de sentido. Interpretación de uno de los poemas de José Mármol:
Yo, como la isla dividida
Yo, como la isla,
rodeado de ti por todas partes, dividido.
Apagado. Compungido. A la sombra.
Mientras tu rayo esplende como el aura temprana.
Me acomodo en el último pasillo del ocaso.
Me contento con ser de la música el vacío
y de las palabras, cuando las pronuncias,
apenas el asomo, dividido,
resquicio tal vez de aquel instante clave, inesperado,
en que de la cosa el sentido se resbala
y la vocal se arrulla y se cierran los labios
y ya nada se dice ni ha quedado por decir.
Yo, como la isla siempre,
ahora sin ti,
rodeado de mi propio animal por todas partes.
Yo, como la isla,
rodeado de ti por todas partes, dividido.
Apagado. Compungido. A la sombra.
Mientras tu rayo esplende como el aura temprana.
Me acomodo en el último pasillo del ocaso.
Me contento con ser de la música el vacío
y de las palabras, cuando las pronuncias,
apenas el asomo, dividido,
resquicio tal vez de aquel instante clave, inesperado,
en que de la cosa el sentido se resbala
y la vocal se arrulla y se cierran los labios
y ya nada se dice ni ha quedado por decir.
Yo, como la isla siempre,
ahora sin ti,
rodeado de mi propio animal por todas partes.
El poema expresa una experiencia de «soledad, separación y pérdida de sentido». La voz poética se compara con una isla rodeada por alguien —o por la presencia ausente de ese alguien— y termina completamente aislada: primero está “rodeado de ti” y, al final, “rodeado de mi propio animal”.
El texto también reflexiona sobre los límites del lenguaje: llega un momento en que las palabras ya no alcanzan para expresar lo vivido. Por eso, el poema se mueve entre el deseo de comunicación y el silencio. El hablante lírico se presenta como una isla, es decir, como un ser separado y aislado. Sin embargo, esa isla está inicialmente “rodeada de ti por todas partes”. La presencia del otro es total, pero no necesariamente permite una verdadera unión: la voz poética sigue sintiéndose “dividida”, “apagada” y “compungida”. En contraste, la otra persona aparece asociada con la luz: “Mientras tu rayo esplende como el aura temprana.”
El “tú” representa luminosidad, plenitud o vitalidad; el “yo”, en cambio, permanece en la sombra y en el ocaso. Esta oposición muestra una relación desigual: uno brilla, mientras el otro se retrae y se apaga. Luego, el hablante acepta ocupar un lugar marginal: “Me acomodo en el último pasillo del ocaso.” La expresión sugiere resignación. No intenta conquistar la luz, sino que se instala en el último espacio del día, en una zona de desaparición y silencio. Una de las partes más importantes del poema es la reflexión sobre la palabra: “Me contento con ser de la música el vacío y de las palabras, cuando las pronuncias, apenas el asomo…”
La voz poética no se identifica con la música, sino con su “vacío”; tampoco es la palabra completa, sino apenas su aparición fugaz. Esto revela una identidad basada en la ausencia, en lo que queda al margen de la expresión. El poema describe el instante en que el significado se pierde: “en que de la cosa el sentido se resbala y la vocal se arrulla y se cierran los labios.” Aquí el lenguaje deja de comunicar. El sentido “se resbala”, como si escapara de las palabras. La vocal que “se arrulla” y los labios que se cierran representan el paso de la expresión al silencio. El final de ese proceso es radical: “y ya nada se dice ni ha quedado por decir.” No solo se ha dejado de hablar: tampoco queda algo pendiente de ser dicho. El silencio parece definitivo.
El poema puede dividirse en tres momentos: 1. «La comparación con la isla». La voz poética se presenta como un ser aislado, aunque rodeado por la presencia del otro. 2. «El desplazamiento hacia la sombra y el silencio». El hablante se sitúa en el ocaso y se define como vacío, resto o vestigio del lenguaje y 3. «La soledad final». En la última estrofa, desaparece el “tú”: “ahora sin ti.” La voz ya no está rodeada por el otro, sino por “su propio animal”. Esto marca un regreso a sí mismo, pero no a un yo sereno: se trata de un yo instintivo, oscuro y quizá irreductible.
- – «La isla:» representa el aislamiento y la imposibilidad de alcanzar plenamente al otro.
- – «El rayo y el aura temprana»: simbolizan la luz, la esperanza o la vitalidad del “tú”.
- – «La sombra y el ocaso»: expresan tristeza, decadencia, pérdida y retraimiento.
- – «La música y el vacío:» sugieren una experiencia emocional que existe más allá o más acá de las palabras.
- – «El animal:» puede simbolizar la parte instintiva, solitaria y profunda del sujeto. Al final, el hablante queda encerrado en su propia naturaleza. “Yo, como la isla.” La voz poética se compara explícitamente con una isla.
- – «Metáforas: “último pasillo del ocaso,” “de la música el vacío,” “mi propio animal.” Estas imágenes convierten estados emocionales abstractos en espacios o seres concretos.











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