“Lo bueno en los grandes poetas de todos los países no es lo que tienen de nacional, sino de universal.”
HENRY WADSWORTH LONGFELLOW
Conocí al ilustre poeta Mateo Marrison hace ya muchos años, cuando viajaba desde Estados Unidos durante las vacaciones universitarias. Es, en palabras propias, un ser humano jovial y, sobre todo, un promotor cultural a tiempo completo; siempre dispuesto a compartir su saber—literatura y filosofía—con cualquier público. Una de las características que mejor define al poeta Marrison es su bienvenida sonriente hacia los amigos: así se revela, para muchos, como un intelectual accesible y digno de estima.
Cuando lo conocí, la poesía de René del Risco Bermúdez ocupaba los márgenes de una juventud que emergía de una dictadura (Trujillo, 1961) y de la posguerra de 1965. Era la poesía de la protesta, vinculada a la vanguardia, como un modo de expresión libre que desbordaba las estructuras tradicionales de la escritura poética. En esa constelación, se distinguía de la obra de René Contin Aybar, Carlos Deive y Lebrón Savinón.
En este trabajo nos proponemos interpretar la poesía y el pensamiento literario y filosófico de uno de los poetas dominicanos contemporáneos más leídos de los últimos años: Mateo Marrison, nuestro invitado y amigo. Presentamos a continuación el poema:
Mejillas sorprendidas
La nave brillante en sus ojos
era una visión huracanada,
fustes en mejillas sorprendidas
que avisaron de la singular presencia.
Se erguía la Tierra,
y los rostros
transformaban sus ceremonias.
Una flecha hacia el Sol
era una advertencia a las exactitudes
con que el tiempo medía
la transformación de los sentidos.
Árboles llenos de asombro,
erizados algunos
y otros convertidos en estiletes
sobre la paz que las aves demandaban.
Murciélagos abandonaron sus cuevas,
y el mar entero se hizo más bravío.
Cada río violentaba sus fuentes:
se guerreaba en un suelo que, siempre,
servía de alimento para otras vigías.
Llegaban
nuevas máscaras;
se cruzaban con los nuevos adjetivos,
con los adverbios contrariados,
y los sustantivos
forjaban una cadena
que enlazaba
con los verbos amar y odiar,
aliados en nuevas criaturas.
Los poemas de Mateo Marrison configuran un universo en que lo urbano, lo erótico y lo metafísico se entrelazan para revelar una lectura crítica de la modernidad: la ciudad aparece como escenario de deseo, violencia y alienación, donde la experiencia sensorial se convierte en conocimiento de fuerzas estructurales que superan lo individual. Interpretación del poema:
“La nave brillante en sus ojos / era una visión huracanada.” Aquí la mirada se convierte en una visión desbordante, un huracán de significados. La “nave” sugiere movimiento, viaje y llegada; la visión es turbulenta, anticipatoria. El autor magistralmente recurre a una imaginería visual intensiva, metáfora de apertura a lo desconocido. “fustes en mejillas sorprendidas / que avisaron de la singular presencia:” Los rasgos faciales (mejillas) funcionan como indicadores de una presencia radical; el cuerpo revela lo extraordinario. Sinécdoque entre cuerpo y experiencia; aliteración suave en “fustes” y “frentes” (implícito), rima interna.
“Se erguía la Tierra, / y los rostros / transformaban sus ceremonias:” Morrison hace una estupenda reposición del territorio y del ritual; lo que era estable (la Tierra) se reconfigura ante la llegada de lo nuevo. Aquí el poeta hace una personificación de la Tierra; desplazamiento de lo ceremonial hacia lo cambiante.
“Una flecha hacia el sol / era una advertencia a las exactitudes / con que el tiempo medía / la transformación de los sentidos:” Para el poeta el tiempo ya no es lineal ni previsible; la mirada apunta hacia un límite radical (el sol) que cuestiona las medidas habituales del tiempo y la percepción. Los recursos de imagen ascendente, metáfora de la flecha; es una reflexión sobre la relatividad de la percepción.
“Árboles llenos de asombro, / erizados algunos / y otros convertidos en estiletes / sobre la paz que las aves demandaban:” La naturaleza participa del desconcierto; la defensa de la identidad natural frente a la violencia o la tensión intrínseca de la ciudad. El autor utiliza la técnica de imagen vegetal transformada en armas sutiles; oposición entre calma (paz) y tensión. Se recurre a la imagen vegetal transformada en armas sutiles; oposición entre calma (paz) y tensión.
“Murciélagos abandonaron sus cuevas, / y todo el mar fue más bravío:” Morrison utiliza el abandono de refugios y elevación de la intensidad emocional y física del entorno; lo marino como registro de vigor y desafío. El autor hace un ascenso de ferocidad en la naturaleza; imágenes liminales (murciélagos) para lo nocturno y lo oculto.
“Cada río violentaba sus fuentes, / se guerreaba en un suelo que siempre / era alimento para otras vigías:” El conflicto constante de fuerzas que circulan y se alimentan mutuamente; la tierra sirve de base para otras vigilancias, redes de poder y deseo. Aquí interpretamos el uso de una sincronía rítmica entre violencia y subsistencia; contrapunto entre movimiento de ríos y vigilancia.
“Llegaban / nuevas máscaras, / se cruzaban con los nuevos adjetivos, / con los adverbios contrariados, / y los sustantivos / formaban una cadena / que enlazaba / con los verbos amar y odiar, / aliados en nuevas criaturas:” El lenguaje y afectos se reconfiguran en el poema; la identidad colectiva emerge de una gramática de oposiciones (amar/odiar) y transformaciones del sujeto colectivo. Mateo Morrison invoca a un juego léxico y sintáctico; metamorfosis de categorías gramaticales en símbolos de cambio social.
El poema presenta una poética de la ruptura y la reinvención: lo urbano y lo íntimo no se oponen, se entrelazan para revelar cómo la experiencia contemporánea transforma la subjetividad. El yo público y lo colectivo se constituyen mediante imágenes que combinan violencia, deseo y trascendencia metafísica, sugiriendo que la ciudad—con su pulseo de novedad y amenaza—es la matriz en la que emergen nuevas identidades y nuevas formas de comprender la existencia.
Habría que explorar cómo Marrison desplaza la dicotomía naturaleza/cultura hacia una síntesis en la que el deseo y la violencia urbanos producen nuevas formas de belleza.
Tras el fin del régimen de Trujillo, la poesía dominicana transitó entre la memoria traumática, la búsqueda de legitimidad cultural y la toma de distancia respecto a las formas oficiales del Estado y de la comunidad literaria. En ese cruce, la posdictadura generó una poesía que oscilaba entre la condena de la violencia política, la introspección ética y la experimentación formal como modo de reconstrucción de la voz pública.
En ese marco, las corrientes que ganaron legitimidad combinaron una ética de la memoria con una atención a lo cotidiano y a lo subjetivo: la polis se volvió paisaje de conflicto, y el lenguaje, un instrumento para exponer heridas sin perder el rigor estético. A nivel velado, la tradición posdictadura sostuvo una tensión entre lo testimonial y lo estético, entre lo crítico de la realidad y lo experimental en la forma.
La vanguardia en la poesía dominicana se asoció históricamente a una voluntad de ruptura, experimentación tipográfica y reconfiguración de los signos, influidas por corrientes como el constructivismo, el futurismo o el surrealismo. Sus rompimientos no eran meramente formales: apuntaban a redefinir lo nacional, lo identitario y lo político mediante una poética de la desinstitucionalización del lenguaje.
Sin embargo, estas propuestas a menudo enfrentaron límites de recepción y de continuidad en el propio campo literario: la insistencia en la novedad formal podía, en ocasiones, distanciarse de una lectura que ligara la experiencia histórica concreta del país con una oportuna lectura crítica de la realidad social.
A partir de las observaciones analíticas del poema Mejillas sorprendidas, Marrison despliega una síntesis que mantiene la curiosidad experimental de la vanguardia pero la ancla en la densidad social de lo urbano y lo cotidiano. Su imaginería densa y simbólica no sólo revela tensiones entre lo íntimo y lo colectivo, sino que sitúa esas tensiones dentro de una lectura de la modernidad que no es meramente esteticista, sino explícitamente crítica de las estructuras de deseo, violencia y poder en la ciudad.
Mateo Marrison no reduce la experiencia a un gesto estético autónomo; en su poética, la forma es vehículo de lectura de procesos sociopolíticos y de reconfiguración de la subjetividad colectiva. Su lenguaje, si bien detenido a veces por la solemnidad, mantiene una apertura semántica que facilita múltiples lecturas, desde lo simbólico hasta lo político.
Si la lectura posdictadura tiende a proyectar la memoria y la ética del testimonio, Marrison distribuye la atención entre la memoria y la prospectiva, entre la vigilancia y la belleza. Su poesía propone una visión de la ciudad como laboratorio de identidades emergentes, donde lo erótico, lo metafísico y lo urbano convergen para generar una crítica de las jerarquías sociales sin perder la densidad sensorial que caracteriza la experiencia contemporánea.
Mateo Morrison, así, ofrece una muesca crucial: une la memoria de la violencia y la represión con la experimentación formal de la vanguardia, pero desplaza el énfasis hacia una lectura performativa de la ciudad y de la identidad colectiva. Su aporte consiste en mostrar que la belleza y el riesgo, lo íntimo y lo público, pueden cofigurar una poética que no sólo denuncia, sino que también posibilita la invención de nuevas condiciones de lectura y convivencia.
La lectura de «Mejillas sorprendidas» propone una poética de la ciudad donde lo íntimo y lo público se constituyen mutuamente, desbordando las fronteras entre experiencia sensorial y análisis social. Mateo Marrison, al situar la erosión de lo tradicional dentro de una escena urbana viva, ofrece una síntesis original entre la vanguardia y la memoria histórica, inaugurando rutas de lectura que combinan belleza, violencia y pensamiento crítico.











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