Entre los cuarenta y tres sonetos que integran Sonetos en la menor, de Olga Lara, “La Ermita” se distingue por la variedad de sus elementos temáticos, la profundidad de sus consideraciones y la manera particular en que la autora convierte una experiencia religiosa en materia poética.
El soneto no se limita a presentar el ceremonial de la Ermita. Penetra en las motivaciones que llevan a las personas a acudir al lugar, participa del ambiente espiritual de las rogaciones a la Virgen y hace de la ceremonia una experiencia colectiva de fe. La autora no contempla el acontecimiento desde fuera: se incorpora a él y transmite, desde esa participación, el estado emocional de quienes buscan en la religión alivio, esperanza y bienestar.
Hay, además, una descripción que merece especial atención: la del espacio físico. La Ermita aparece no solamente como escenario religioso, sino como un lugar que posee su propia atmósfera, en la que intervienen las flores, sus perfumes y los elementos sensibles que rodean el ceremonial. La poesía consigue así que el lector no solamente vea el lugar, sino que pueda imaginarlo y sentirlo.
Pero quizá lo más significativo se encuentre en la unión de todos esos elementos: el espacio, las flores, los perfumes, las rogaciones, la presencia de la Virgen y el estado emocional de los participantes. Todo parece conducir hacia una sensación final de sosiego, como si la fe produjera en quienes acuden a la Ermita un verdadero descargo interior.
Desde esta perspectiva, “La Ermita” adquiere otra dimensión. Puede ser leído como una evocación de experiencias que quedaron profundamente grabadas en la sensibilidad de la autora. No sería, entonces, solamente un soneto sobre un acto religioso, sino una reconstrucción poética de un mundo vivido.
Esta consideración adquiere mayor fuerza cuando se relaciona “La Ermita” con otros sonetos de Sonetos en la menor. Algunos de ellos parecen remitir igualmente a ambientes, experiencias, sentimientos y recuerdos vinculados con la vida temprana de Olga Lara. No se trataría de una autobiografía convencional, organizada cronológicamente y escrita en forma narrativa, sino de algo más sutil: una reconstrucción poética y fragmentaria de la infancia, hecha a través de recuerdos convertidos en poesía.
En ese sentido, la memoria no aparece necesariamente diciendo “esto ocurrió así”, sino manifestándose mediante imágenes, sensaciones, lugares, personas, emociones y experiencias espirituales. La infancia reaparece transformada por la sensibilidad de la mujer adulta que la recuerda y la convierte en creación literaria.
“La Ermita” puede ser, por ello, una de esas piezas en las que la poesía y la memoria se encuentran. El lugar religioso se convierte en escenario; las flores y sus perfumes, en estímulos de la memoria; las rogaciones, en expresión de una fe colectiva; y el bienestar que experimentan los participantes, en una experiencia humana que trasciende el ceremonial.
La importancia del soneto estaría precisamente en esa capacidad de Olga Lara para convertir un episodio aparentemente sencillo de la vida religiosa en una experiencia de múltiples dimensiones: física, sensorial, espiritual, emocional y autobiográfica.
De ahí que “La Ermita” merezca una lectura particular dentro de Sonetos en la menor. Su riqueza no está solamente en lo que cuenta, sino también en lo que permite descubrir detrás de lo contado.
Y esa posibilidad es la que me lleva a considerar que, junto con otros sonetos de la obra, “La Ermita” puede formar parte de una memoria poética de la niñez de Olga Lara: una infancia que no se presenta como relato histórico, sino como recuerdo vivo, recuperado mediante la sensibilidad, la fe, los sentidos y la palabra poética.











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