En el artículo anterior: “Arquitectura escatológica”, vimos cómo el cristiano recorre la basílica antigua de Oeste a Este: del baptisterio, donde nace la fe, hasta el altar, donde esa fe se consuma en la Eucaristía. Aquel es el eje horizontal del templo, la peregrinación en el tiempo, un inicio y un final, una vida entera resumida en unos pasos sobre la nave central.
Sin embargo, el edificio cristiano no solo conduce hacia adelante: también invita a subir la mirada y es, justamente ahí, donde se completa la figura, pues lo horizontal y lo vertical se cruzan como una Cruz que preside el altar, punto de convergencia de toda la nave. Quien avanza hacia el Este, hacia el Altar, donde surge Jesucristo, “Sol que nace de lo alto” (Lc 1,78), avanza, a la vez, hacia el cielo: el cuerpo camina, el espíritu humano asciende.
Ese ascenso sigue el orden que la cosmovisión bíblica da al cosmos: mar, tierra y cielo. El mar es el abismo, lo caótico, aquello que Dios somete en la Creación (Gn 1,2) y que Cristo pisa al caminar sobre las aguas (Mt 14,26). La tierra es el espacio del hombre, del pecado y de la promesa. El cielo es la morada de Dios, el destino final. Este orden: abismo – tierra – gloria, es el que los maestros medievales trasladaron al muro, como si pintaran, en piedra y pigmento, el mapa entero de la salvación.
Así, el registro inferior de los frescos o las pinturas más próximas a los fieles, recogen las escenas más humanas de la Escritura: Adán y Eva, el diluvio, los patriarcas, los martirios. Es el nivel donde la persona, con los pies sobre la tierra, contempla su propia condición frágil y peregrina y donde comienza también su ascenso visual.
El registro intermedio narra la vida de Cristo y de la Iglesia naciente: la Anunciación, la Pasión, los apóstoles, los concilios. Es el espacio de la mediación, donde el cielo empieza a tocar la tierra, instante que la luz de los vitrales subraya, dejando caer sobre estas escenas su claridad, como recordaba el Papa Francisco al describir la luz que “llega del cielo a través de las vidrieras en las que está representada la historia sagrada” (Lumen fidei, 12).
En el registro superior, bóvedas, cúpulas, ábsides, culmina la gloria: Cristo Pantocrátor, la Jerusalén celeste, la corte de los santos, María como puerta del cielo. Allí la luz ya no atraviesa: se cumple. El fiel, al levantar la mirada, repite sin saberlo el movimiento entero de la Escritura, desde las aguas primordiales hacia la luz final.
Caminar por la nave y levantar los ojos hacia la bóveda no son, entonces, dos gestos distintos, sino uno solo: el mismo itinerario de salvación, trazado dos veces, en el suelo que se pisa y en el cielo que se contempla. Baptisterio y altar, piso y bóveda: una Cruz completa, dibujada por el cuerpo que avanza y por los ojos que ascienden. Entrar a una basílica antigua es, así, dejarse abrazar por una Cruz hecha de piedra, luz y pintura.
Cuando la imprenta aún no existía y hojear una Biblia era privilegio de pocos, los monjes hallaron la vía más sencilla para que el pueblo entero accediera a ella: pintar sus páginas sagradas en los muros, al alcance de todos, sin distinción entre quien dominaba el alfabeto y quien no. El templo entero se convierte, de esta forma, en un libro que se recorre con los pies y se lee, no en letras, sino en el lenguaje universal de la pintura: Biblia de los pobres.
P. Dr. Isaac García de la Cruz
Rector UCNE – Presidente ADRU











Discussion about this post