En estos días, a propósito del Día Mundial del Alzheimer, he tenido la oportunidad de participar en conferencias y espacios de aprendizaje relacionados con el cerebro y el envejecimiento. Entre los conceptos que más me han llamado la atención está uno que considero especialmente importante: la reserva cognitiva.
¿De qué hablamos cuando hablamos de reserva cognitiva?
De manera sencilla, podemos entenderla como la capacidad que tiene nuestro cerebro para adaptarse y utilizar diferentes recursos para mantener su funcionamiento ante los cambios propios del envejecimiento o determinadas alteraciones cerebrales.
Esto ayuda a comprender por qué no todas las personas envejecen cognitivamente de la misma manera.
La historia de aprendizaje, la educación, las experiencias laborales, las actividades intelectuales, las relaciones sociales y la manera en que hemos mantenido activo nuestro cerebro a lo largo de la vida pueden contribuir a desarrollar esa reserva.
Y aquí encontramos un mensaje especialmente esperanzador: nunca dejamos de tener oportunidades para seguir estimulando nuestra mente.
Durante mucho tiempo hemos pensado que aprender es algo propio de la juventud. Sin embargo, nuestro cerebro necesita continuar siendo estimulado durante toda la vida.
Leer, estudiar algo nuevo, escribir, aprender un idioma, escuchar música, resolver problemas, desarrollar una nueva habilidad, enseñar lo que sabemos o participar en actividades que nos hagan pensar son maneras de mantenernos mentalmente activos.
Pero no se trata solamente de ejercitar la memoria.
También necesitamos vínculos, movimiento y propósito.
Conversar, mantener amistades, participar en grupos, realizar actividad física, dormir adecuadamente, alimentarnos de manera saludable y cuidar nuestra salud cardiovascular son acciones que forman parte del cuidado integral de nuestro cerebro.
Por supuesto, tener una buena reserva cognitiva no garantiza que una persona no desarrollará Alzheimer u otra enfermedad neurodegenerativa. Existen factores como la edad, la genética y otras condiciones que no podemos controlar.
Pero sí podemos ocuparnos de aquello que está en nuestras manos.
Por eso, cuando pensamos en envejecer, no deberíamos preguntarnos solamente cuántos años tenemos, sino también:
¿Qué estoy haciendo hoy para mantener mi cerebro activo y saludable?
Jubilarse del trabajo no significa jubilar nuestra mente.
Podemos aprender, descubrir, crear, enseñar, viajar, leer, compartir y comenzar proyectos nuevos a cualquier edad.
Porque envejecer no tiene que significar dejar de crecer.
Tal vez uno de los mejores regalos que podemos hacernos sea conservar la curiosidad y el deseo de aprender.
Cuidar el cerebro no comienza cuando aparece el olvido. Comienza mucho antes, cada vez que decidimos seguir viviendo con curiosidad, movimiento, vínculos, propósito y deseo de aprender.
Y quizás esa sea también una hermosa manera de envejecer: que los años aumenten nuestra edad, pero también nuestra capacidad de seguir descubriendo la vida.











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