Pienso en voz alta, como productor y como duartense. Y lo digo sin adornos: ¿quién sembrará nuestro arroz mañana?
Recorro parcelas en el Bajo Yuna, camino por Las Guaranas y Angelina, y veo lo mismo en cada factoría: nuestros parceleros tienen 50, 60 y hasta 70 años. Hombres curtidos por el sol, que conocen el agua y la luna mejor que nadie. Pero sus hijos ya no están en la parcela. Están en la capital, en New York, en un motor conchando, en cualquier cosa menos en el lodo. Y no los culpo.
¿Cómo pedirle a un joven que se quede sembrando arroz cuando el costo de una tarea se ha duplicado, cuando el agua llega cada vez más tarde, cuando debe endeudarse al 2% mensual para sembrar y luego vender a pérdida porque entra arroz importado más barato? Nos estamos quedando sin manos para sembrar nuestra propia comida.
El arroz no es solo un producto. Para Duarte es cultura, es historia, es seguridad nacional. Más del 40% del arroz dominicano se produce aquí. Si Duarte deja de sembrar, la República Dominicana deja de comer.
Y lo que viene es más grave de lo que el ciudadano común está viendo. Hoy celebrará porque el arroz importado será más barato en el colmado. Pero esa baratura tendrá un costo que no se está calculando.
Cuando se quiebre nuestra industria arrocera —y se quebrará si dejamos entrar el arroz sin control— no solo se pierden 300 mil empleos directos. Perdemos la soberanía alimentaria.
¿Y qué significa eso? Que mañana no decidiremos qué comemos ni a qué precio. Lo decidirá el mercado de Chicago y el Departamento de Agricultura de Estados Unidos. Si allá hay sequía, aquí habrá hambre. Si allá sube el precio, aquí pagaremos el doble. Y ya no habrá un productor nacional que amortigüe el golpe.
Un país que no produce su propia comida es un país chantajeable. Es un país débil. Por eso este no es un problema solo de los arroceros: es del profesor, del motoconchista, de la ama de casa, del país entero.
Como profesor, abogado, politólogo y productor, lo digo con dolor: estamos viendo morir al productor pequeño, el que tiene 50 tareas, el que vive de eso, el que sostiene la mesa dominicana sin discursos ni cámaras.
No necesitamos retórica. Necesitamos medidas urgentes y concretas: como esta desde mi visión
Relevo generacional con dignidad. Que ser arrocero sea negocio para un joven, no castigo. Crédito blando real, no de anuncio.
Agua segura y tecnificada. No podemos seguir inundando como hace 50 años mientras el Yuna se nos muere entre basura y sequía.
Protección a la producción nacional. Salvaguarda real, fondo de compensación y control de importaciones en cosecha.
Compra estatal directa de la cosecha nacional para desayuno escolar y planes sociales.
Etiquetado claro. Que el dominicano sepa si compra arroz de aquí o de fuera, y pueda elegir con conciencia.
Yo seguiré produciendo hasta que la fuerza me dé. Pero cuando yo y los de mi generación ya no estemos, ¿quién va a estar en ese charco, con el agua a la rodilla, garantizando que en la mesa dominicana no falte el arroz?
Esa es la pregunta que dejo hoy, pensando en voz alta. Y es también un llamado urgente a despertar la conciencia de lo que se nos avecina.
Pensando en Voz Alta: Crónica de una traición anunciada: El arroz y el fin del DR-CAFTA










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