“A mi compañera Yadira le agradezco por ser un ser humano extraordinario. Tuve a mi hermana en la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) durante siete días, y gracias a ella, a sus ideas, pero sobre todo a las diligencias que hizo con el seguro de aquí, pudimos enfrentar aquella situación. Estábamos trabajando con el seguro de los maestros. Hizo una comunicación, se movió con el seguro y logró que, cuando el seguro de los maestros se agotara, entrara el de la UASD al 100%. Teníamos que buscar doscientos mil y pico de pesos para pagar la cuenta, y gracias a Yadira, solamente pagamos cien pesos. Porque nuestro seguro, cuando se agotó el otro, acogió el 100%. Gracias a ella, a sus diligencias, y sobre todo, por ser un ser humano extraordinario. Se puede contar con Yadira García a cualquier hora y en cualquier momento”.
Así testimonia una uasdiana sobre el valor humano y social de Yadira García. Un testimonio que, lejos de constituir un hecho aislado, pudiera multiplicarse en las voces de numerosos servidores universitarios que, en algún momento de sus vidas, encontraron en ella una mano solidaria.
Decir que Yadira García es sinónimo de solidaridad pudiera resultar insuficiente ante la impronta que, como una estela, ha dejado quien durante más de tres décadas, dedicó buena parte de su existencia al servicio de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), particularmente en el Recinto San Francisco de Macorís, donde recientemente se acogió a la jubilación.
Yadira García pertenece a esa historia humana de la UASD-SFM que no siempre aparece recogida en los informes institucionales ni en las memorias de gestión, pero que permanece viva en el recuerdo de quienes han construido la Universidad desde sus diferentes espacios de trabajo.
Su vinculación con la academia comenzó como estudiante del programa Beca Estudio y Trabajo (BET). En 1993, ingresó formalmente a la institución, mediante lo que ella misma denomina el “último concurso”, realizado durante la gestión del entonces rector Roberto Reyna, según su propio testimonio.
Desde entonces, su discurrir universitario estuvo marcado por el desempeño de diversas responsabilidades: Oficinista I, Oficinista II, recepcionista, auxiliar de procesos técnicos bibliotecarios y otros finalmente, asistente operativa, funciones que la vincularon estrechamente con el acompañamiento y la asistencia social a los trabajadores universitarios.
Así transcurrieron 32 años de servicio ininterrumpido a la Universidad Autónoma de Santo Domingo, en el hoy Recinto San Francisco de Macorís, otrora Centro Universitario Regional del Nordeste (CURNE). Treinta y dos años durante los cuales su trayectoria terminó trascendiendo las atribuciones propias de los cargos que ocupó.
Siempre fiel a sus convicciones humanísticas, Yadira hizo de determinados principios sociales una manera de conducirse en la vida. Esa formación permeó cada rincón de su existencia universitaria y se manifestó, más que en discursos, en una práctica cotidiana de acompañamiento, solidaridad y defensa de los demás.
No hay exageración alguna al afirmar que resulta difícil encontrar a un trabajador de la UASD-SFM que, directa o indirectamente, no haya conocido la solidaridad de Yadira. En los momentos difíciles, su rostro se convirtió en uno de los más comunes; su número de teléfono, en uno de los obligados a marcar; y su presencia, en compañía frecuente frente a la enfermedad, la necesidad, la injusticia o cualquier otra circunstancia que reclamara una mano amiga.
Y esa solidaridad tuvo una característica particular: no necesitaba horario ni protocolo. Yadira podía aparecer cuando las oficinas estaban cerradas, cuando el problema no formaba parte de sus atribuciones o cuando ayudar significaba asumir dificultades ajenas como propias. Ahí radica buena parte de la huella que deja: convirtió una función institucional en una auténtica vocación de servicio.
No obstante su indiscutible entrega, sabido es lo que escribió José Martí: “El sol tiene manchas. Los desagradecidos no hablan más que de las manchas. Los agradecidos hablan de la luz”. En una trayectoria tan extensa tampoco han faltado incomprensiones, irreverencias ni actitudes ingratas de quienes, habiéndolo encontrado casi todo construido en el Recinto, parecen sentirse nuevos herederos del poder, olvidando cuán circunstancial y frágil puede ser este.
Porque hay quienes, al “alcanzar” una posición de autoridad, confunden el seguidismo y creen que este le faculta para desconocer la historia, los sacrificios y los aportes de quienes estuvieron mucho antes de su llegada. Olvidan que los cargos son transitorios, mientras que el respeto y la gratitud constituyen valores que ninguna resolución administrativa puede conferir.
Esas actitudes no pasan de ser la brizna insidiosa de yerba que todo campesino encuentra alguna vez en su siembra. La existencia de la maleza, sin embargo, no puede convertirse en el árbol que eche raíces y termine ocultando una trayectoria de entrega, compromiso y amor por la Universidad. Las circunstancias pasan; las obras y la memoria que se construye sirviendo a los demás permanecen.
Desde la Asociación de Empleados Universitarios (ASODEMU), Yadira también hizo importantes aportes. Hubo momentos en que incluso tuvo que recibir reprimendas de algún rector que entendía que, por pertenecer ella a su corriente política, no debía acompañar a quienes acudían a exigir reivindicaciones. Pero Yadira nunca ha tenido un pelo de sumisa. Una cosa es compartir determinadas concepciones políticas y otra muy distinta renunciar al derecho de disentir, reclamar o acompañar a quienes demandan el reconocimiento de sus derechos. Yadira supo establecer esa diferencia, aun cuando hacerlo significara entrar en contradicción con quienes ejercían posiciones de poder.
Su irreverencia ha tenido costos. Defender posiciones, acompañar reclamos y negarse a confundir lealtad política con obediencia ciega inevitablemente genera contradicciones. Sin embargo, su disposición de servir a los demás nunca flaqueó. Allí donde entendió que existía una causa justa o una persona necesitada de apoyo, estuvo presente.
Quizás por eso su jubilación no debe entenderse simplemente como la salida de una empleada después de más de treinta años de labores. Se jubila una trabajadora, pero permanece una historia. Se cierra formalmente una etapa administrativa, pero queda abierta una memoria construida durante décadas entre compañeros que pueden contar alguna diligencia, alguna llamada, alguna gestión o algún momento en que Yadira estuvo allí.
No es casual que la Asociación de Empleados Universitarios, mediante la Resolución núm. 024-2026, aprobada el 24 de junio de 2026, reconociera sus 32 años de servicio ininterrumpido, destacando su compromiso, entrega y lealtad a la Universidad y a la propia organización gremial.
Ese reconocimiento, más allá del certificado y de las formalidades que acompañan su entrega, constituye una expresión institucional de gratitud hacia una compañera que hizo del servicio una práctica permanente. Las instituciones también se construyen con esa historia no escrita. No solamente con resoluciones, edificios, cargos y autoridades, sino con personas capaces de hacer de su paso por ellas una oportunidad para servir. Hay funciones que terminan con una resolución de jubilación, pero hay vocaciones que no conocen retiro.
Yadira deja de ocupar formalmente un puesto en la Universidad, pero difícilmente dejará de ser, para muchos compañeros, aquella persona a quien acudir cuando una circunstancia adversa reclame orientación, diligencia o simplemente solidaridad. Porque, después de tantos años, ayudar dejó de ser para ella una responsabilidad asociada a un cargo y se convirtió en una manera de relacionarse con los demás.
Por eso, al valorar su trayectoria, quizás resulte innecesario enumerar cargos o contabilizar años de servicio. Su mayor reconocimiento está en la memoria de quienes compartieron con ella décadas de vida universitaria y, en algún momento de dificultad, encontraron en Yadira una mano solidaria, una gestión oportuna y una disposición permanente para ayudar.
Yadira Mercedes García deja de ser empleada activa de la UASD, pero no deja de pertenecer a esa Universidad humana que ayudó a construir.
¡Enhorabuena, Yadira! Ahora a disfrutar lo acumulado.











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