“Homo, sacra res homini, el hombre es cosa sagrada para el hombre”, recordaba Séneca en su Epístola 95 a Lucilio. Esa intuición estoica, fundamento del humanismo, nos recuerda que cada persona es irreductible y sagrada, sin embargo, el mundo contemporáneo ha erosionado esa sacralidad bajo la lógica del cálculo, la utilidad y el rendimiento, queriendo desconocer que la vulnerabilidad es parte constitutiva de la condición humana. Hoy se percibe como un defecto que se oculta, se corrige o, en el caso extremo, se elimina junto con quien la padece.
Un niño con síndrome de Down o autismo. Un abuelo con demencia senil o Alzheimer. Una persona con esclerosis múltiple o parálisis cerebral, son realidades que encarnan una verdad incómoda para nuestro tiempo: la vida no se mide por productividad. Hemos construido una moral complaciente, teñida de cinismo, que ha debilitado la conciencia familiar y comunitaria frente a la fragilidad del otro. El utilitarismo mide el valor humano por su utilidad y, al hacerlo, borra derechos que no deberían negociarse jamás: existir sin poder producir, envejecer sin sentirse inútil, ser vulnerable sin convertirse en obstáculo, equivocarse y poder retomar el camino.
A estas vulnerabilidades de siempre se suman hoy otras, más nuevas y menos visibles, pero conviene decirlo con claridad: el problema de fondo no es la Inteligencia Artificial, ni la edición genética, ni la inmigración, ni el pluralismo, ni la polarización. Tampoco lo es la descomposición familiar, el malestar social, la violencia, la salud mental, el posthumanismo, el transhumanismo o el cambio climático. Todos estos son síntomas de un mismo olvido, ¿voluntario, acaso?: la persona humana no es medio, es fin. El problema de la humanidad es antropológico.
Frente a esto, el cuidado debe recuperar su valor político, no solo doméstico o privado. El Papa Francisco lo llamó “cultura del encuentro”: la respuesta necesaria a una sociedad que atraviesa una crisis de respeto hacia el otro. Esa misma falta de respeto exige recuperar el bien común como ideal, la espiritualidad como bien compartido, la ética de la virtud y el sentido comunitario de la existencia, porque en “el olvido de Dios la propia persona queda oscurecida” (Gaudium et Spes, 36).
El Papa Francisco documentó con insistencia las vulnerabilidades de su tiempo: los migrantes y refugiados, víctimas de la “cultura del descarte”, los niños migrantes no acompañados, las víctimas de trata, los ancianos y enfermos sin atención, los pobres a quienes “se les impide sentarse a la mesa”. El Papa León XIV ha extendido esa mirada hacia las vulnerabilidades propias de nuestro tiempo tecnológico: la persona frente al poder de los algoritmos, los menores en el ecosistema digital, los trabajadores frente a la automatización, la población civil frente a las armas autónomas. La tecnología nunca es neutral: el mundo se enfrenta a una elección real, levantar una nueva Babel tecnológica o construir una comunidad centrada en el ser humano.
Aquí encontramos la clave que une todas estas vulnerabilidades, antiguas y nuevas: comprender la solidaridad como interdependencia. Ningún algoritmo puede crearla. Como Job 42, 5 también nosotros necesitamos aprender a ver al que sufre y al frágil: a todo aquel que la tecnología y el utilitarismo tienden a volver invisible.
Ni la vulnerabilidad humana ni la tecnología pueden ocupar el centro que solo le pertenece a la persona. Ningún algoritmo, por sofisticado que sea, puede declarar sagrado a un ser humano: esa es una verdad que no se programa, se reconoce. Un mundo que gira en torno a sus vulnerabilidades, se paraliza en el miedo. Un mundo rendido ante la tecnología, se deshumaniza en la eficiencia. Solo un mundo centrado en la persona: frágil, sagrada e irrepetible, puede llamarse, con justicia, humano. La invitación no es únicamente a modernizar el futuro, es, sobre todo, a humanizarlo.
P. Dr. Isaac García de la Cruz
Rector UCNE – Presidente ADRU











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