No puedes sanar a quien no está dispuesto a trabajar en sus propias heridas.
Hay mujeres que aman con la esperanza de reparar aquello que la vida rompió en la persona que tienen a su lado. Comprenden sus silencios, justifican sus distancias, toleran sus cambios de humor y creen que, si tienen suficiente paciencia y amor, algún día lograrán que esa persona aprenda a amar sin lastimar.
Pero, a veces, mientras más se esfuerzan por acercarse, más se aleja el otro. Y lo que comenzó como un acto de amor termina convirtiéndose en un profundo desgaste emocional.
Las heridas del pasado pueden influir en nuestra manera de relacionarnos. El abandono, el rechazo y las experiencias dolorosas pueden generar miedo a la intimidad, dificultad para confiar o mecanismos de defensa que afectan a quienes nos rodean.
Sin embargo, haber sufrido explica algunas conductas, pero no justifica hacer sufrir a los demás.
Una persona puede tener heridas emocionales y, aun así, es responsable de cómo trata a su pareja. Su historia puede ayudarnos a comprenderla, pero no nos obliga a aceptar humillaciones, frialdad constante, desvalorización o maltrato.
Aquí aparece una de las trampas más dolorosas del amor: confundir amar con salvar.
La mujer comienza a preguntarse qué hace mal, qué debe cambiar y cómo puede demostrar mejor su amor. Poco a poco, deja de escuchar sus propias necesidades para concentrarse en las del otro. Mientras intenta ayudarlo a sanar, puede terminar perdiéndose a sí misma.
Pero hay algo que necesitamos comprender: el amor puede acompañar un proceso de cambio, pero no puede sustituir la voluntad de quien necesita cambiar.
Podemos ofrecer apoyo, comprensión y compañía, pero no podemos hacer por otra persona el trabajo emocional que le corresponde. Tampoco tenemos que convertirnos en el lugar donde alguien descarga su dolor.
Amar no significa tolerarlo todo. Podemos comprender la historia de alguien sin justificar sus acciones; podemos desear que sane sin permitir que sus heridas sigan lastimándonos.
Una relación saludable no exige que una persona se destruya para que la otra pueda reconstruirse. Requiere respeto, responsabilidad afectiva y disposición de ambas partes para crecer.
Por eso, vale la pena preguntarnos: ¿estoy acompañando a alguien que también desea construir una relación saludable o estoy intentando salvar a una persona que no está dispuesta a ayudarse a sí misma?
La respuesta puede doler, pero también puede abrirnos los ojos.
No vinimos al mundo a demostrar cuánto podemos soportar en nombre del amor. No tenemos que renunciar a nuestra tranquilidad ni a nuestra dignidad para conseguir que alguien nos ame.
No eres responsable de sanar todas las heridas de la persona que amas. También eres responsable de cuidar las tuyas.
Porque amar no debería significar vivir con miedo, mendigar atención o sacrificar nuestra identidad. A veces, la decisión más difícil y necesaria consiste en dejar de intentar salvar al otro para comenzar a rescatarnos a nosotras mismas.
Comprender su dolor no significa permitir que siga lastimándote.
Carmen Guillermina de Jesús Bruno
Psicóloga Clínica M.A.











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