El partido entre República Dominicana y Haití en el Centro Olímpico Juan Pablo Duarte dejó una imagen que merece una lectura empresarial: un estadio lleno de personas dispuestas a consumir fútbol. Mientras buena parte de la conversación se concentró en quién parecía local, yo vi una demanda que nuestro mercado debería estudiar.
El ministro de Deportes, Kelvin Cruz, anunció que Haití no podrá utilizar nuestras instalaciones como local. Los incidentes y daños reportados requieren responsabilidades y medidas concretas. Pero entiendo que cerrar esa posibilidad, sin evaluar un esquema comercial y operativo distinto, puede significar renunciar a una oportunidad.
Haití, con un Estado debilitado y enormes dificultades para organizar eventos en su territorio, tiene una selección capaz de movilizar una afición en suelo dominicano. Esa combinación plantea una pregunta de negocio: ¿cómo podemos ofrecer una sede rentable, segura y beneficiosa para nuestro deporte?
La convocatoria es una señal de demanda, aunque todavía falta conocer cuánto ingresó, cuánto costó operar y qué margen dejó. Un estadio lleno no garantiza rentabilidad. Precisamente por eso propondría estudiar los números antes de descartar el mercado. La pasión atrae público; una estructura comercial convierte esa asistencia en valor.
Exploraría un acuerdo para determinados partidos de Haití en República Dominicana, sujeto a las autorizaciones correspondientes y a un calendario que priorice nuestra selección. Alquiler del estadio, boletería, alimentos y bebidas, patrocinios y derechos de transmisión serían líneas de ingresos por negociar, con obligaciones claras para cada parte.
El organizador tendría que cubrir seguridad, limpieza, mantenimiento, seguros y una garantía por posibles daños. Harían falta control de aforo, accesos organizados y consecuencias contractuales ante incumplimientos. Todo eso cuesta y debe incorporarse al presupuesto. La capacidad de convocatoria exige capacidad de gestión.
Para el fútbol dominicano, el beneficio debería trascender el alquiler: recursos para conservar instalaciones, fortalecer categorías menores y mejorar la experiencia del fanático. Nuestros proveedores, trabajadores y operadores también podrían participar de esa actividad económica. El acuerdo tendría que dejar ese retorno establecido.
Comprendo la sensibilidad que rodea cualquier discusión con Haití. Mi mirada aquí es empresarial: tenemos infraestructura y vimos una audiencia interesada en utilizarla. Antes de cerrar la puerta, pondría una propuesta sobre la mesa y exigiría condiciones que protejan nuestros intereses.
Defender lo nuestro también implica saber administrarlo y hacerlo producir. Una cancha abarrotada debería abrir una conversación sobre ingresos, inversión y crecimiento. Yo empezaría por preguntar cuánto puede ganar el deporte dominicano si organiza bien esa oportunidad.











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