Este 28 de octubre, la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD) celebra 488 años de historia. Su contribución a la formación profesional, la movilidad social y el desarrollo dominicano constituye un patrimonio que merece reconocimiento. Sin embargo, conmemorar su trayectoria también exige examinar el presente y asumir decisiones que permitan proyectarla hacia el futuro.
La Primada de América enfrenta tres desafíos estrechamente relacionados: comprender a las nuevas generaciones, consolidar su expansión territorial y responder al avance de las tecnologías digitales. No se trata de abandonar los principios que la distinguen, sino de actualizarlos frente a una sociedad en transformación. Como planteó José Ortega y Gasset al reflexionar sobre la misión universitaria, educar implica preparar profesionales y, además, ayudarles a interpretar su época.
El primer desafío es generacional. Los estudiantes actuales acceden a información inmediata, interactúan mediante plataformas y consumen múltiples formatos audiovisuales. Esa familiaridad tecnológica, no obstante, no garantiza comprensión, capacidad argumentativa ni pensamiento crítico. La universidad debe convertir el acceso a contenidos en oportunidades de aprendizaje profundo, mediante metodologías participativas, investigación, lectura reflexiva y evaluaciones orientadas al razonamiento.
Esta tarea requiere también transformar el papel docente. Inspirados en Paulo Freire, debemos reconocer que enseñar supone crear condiciones para que el estudiante construya conocimientos, cuestione ideas y desarrolle autonomía intelectual. Por eso, innovar no equivale a llenar las aulas de dispositivos: significa revisar prácticas pedagógicas y fortalecer el acompañamiento académico.
El cambio generacional involucra igualmente al profesorado. La UASD necesita organizar un relevo que preserve la experiencia de sus académicos y abra espacios a nuevas miradas. Programas de mentoría, actualización permanente e incentivos para investigar permitirían enlazar continuidad y renovación. La experiencia y la juventud deben complementarse, nunca competir como si representaran proyectos incompatibles.
El segundo desafío surge de la presencia universitaria en numerosas localidades. Llevar la educación superior a comunidades distantes de los grandes centros urbanos ha ampliado oportunidades para quienes antes encontraban obstáculos económicos y geográficos. Esa conquista debe defenderse, pero extender la cobertura sin asegurar condiciones adecuadas pondría en riesgo su verdadero propósito.
Una universidad territorialmente amplia necesita planificación, inversión y coordinación. Cada recinto, centro o subcentro debe contar con personal calificado, recursos bibliográficos y tecnológicos, servicios estudiantiles y condiciones para desarrollar investigación. También es indispensable ofrecer carreras pertinentes a las realidades económicas, sociales y culturales de cada región.
En esta reflexión resulta valiosa la perspectiva de Boaventura de Sousa Santos sobre la democratización del conocimiento. Abrir las puertas universitarias representa solo una parte del compromiso: la otra consiste en crear posibilidades efectivas para que los estudiantes permanezcan, aprendan y culminen sus estudios. Descentralizar, por tanto, no puede significar dispersar esfuerzos ni debilitar estándares académicos. La calidad debe ser una garantía compartida en toda la institución.
El tercer desafío es tecnológico. La inteligencia artificial y los entornos digitales modifican las formas de estudiar, investigar, producir conocimiento y ejercer las profesiones. Ante estos cambios, la universidad no puede permanecer inmóvil ni aceptar cada novedad sin reflexión. Edgar Morin ha insistido en la importancia de educar para comprender la complejidad y desenvolverse en escenarios inciertos; esa orientación resulta especialmente pertinente hoy.
La experiencia de la pandemia dejó enseñanzas decisivas. La docencia virtual permitió mantener actividades académicas en circunstancias extraordinarias, pero también evidenció desigualdades de conectividad, limitaciones metodológicas y necesidades de apoyo a docentes y estudiantes. Corresponde aprovechar ese aprendizaje para diseñar modalidades presenciales, virtuales o combinadas con objetivos claros, formación especializada y mecanismos de evaluación. Transmitir una clase por pantalla no constituye, por sí solo, innovación educativa.
El uso de la inteligencia artificial plantea, además, responsabilidades éticas. Los estudiantes deben aprender a verificar información, reconocer errores de los sistemas automatizados y respetar la autoría intelectual. Estas herramientas pueden enriquecer la enseñanza y la investigación si se emplean como apoyo al criterio humano, no como sustituto de la reflexión. La UNESCO, al proponer un nuevo contrato social para la educación, recuerda la necesidad de transformar los sistemas educativos para construir sociedades más justas y sostenibles.
Los tres retos confluyen en una misma exigencia: fortalecer institucionalmente a la UASD. Ello supone estrategias de largo plazo, financiamiento suficiente, participación universitaria, evaluación transparente y una investigación vinculada con las necesidades nacionales. Ese compromiso exige voluntad, coherencia y acciones sostenidas. La autonomía no se debilita cuando rinde cuentas a la sociedad; por el contrario, demuestra su sentido y su responsabilidad pública.
Al acercarse a sus cinco siglos, nuestra universidad debe armonizar experiencia y renovación, acceso y excelencia, tecnología y humanismo. Celebrar 488 años no debería limitarse a recordar sus méritos históricos, sino convertirse en una invitación colectiva a corregir debilidades y construir oportunidades. La grandeza de la UASD dependerá, finalmente, no solo de cuánto tiempo ha servido al país, sino de su capacidad para seguir transformando vidas.











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