Hay libros que no se leen solamente con los ojos, sino también con las heridas. Obras que nos invitan a detenernos, a mirar hacia dentro y a reconocer esas emociones que, muchas veces, intentamos esconder detrás de una sonrisa o de la aparente fortaleza con la que enfrentamos la vida.
Quarcissus: el arte de desamar, de Rafael Lechowski, nos invita a reflexionar sobre el desamor, el sufrimiento, el resentimiento y esa difícil tarea de aprender a soltar aquello que, aunque alguna vez nos hizo felices, hoy puede convertirse en una fuente de dolor.
Porque no siempre sufrimos únicamente por perder a una persona. A veces sufrimos por perder los sueños que construimos a su lado, las promesas que creímos, el futuro que imaginamos y la esperanza de que algún día las cosas fueran diferentes.
Y entonces nos quedamos viviendo entre los recuerdos de lo que fue y la ilusión de lo que pudo haber sido.
Pero ¿cómo soltar a alguien que todavía ocupa un lugar en nuestro corazón?
Quizá el primer paso sea comprender que amar no significa permanecer a cualquier precio, justificar lo injustificable ni asumir la responsabilidad de sanar las heridas que otra persona se niega a reconocer.
Podemos comprender el sufrimiento ajeno sin convertirnos en responsables de repararlo. Podemos sentir compasión sin renunciar a nuestros límites. Podemos amar y, aun así, reconocer que ha llegado el momento de marcharnos.
A veces confundimos el amor con el sacrificio permanente, la paciencia con la obligación de soportarlo todo y la esperanza con la espera interminable de un cambio que nunca llega.
Sin embargo, el amor no debería exigirnos que nos abandonemos a nosotros mismos para evitar que alguien más se marche.
Hay despedidas que duelen, pero permanecer donde dejamos de estar en paz también tiene un precio.
Otro de los grandes desafíos emocionales es el resentimiento. Cuando alguien nos hiere, podemos pasar años esperando una explicación, una disculpa o el reconocimiento del daño causado. Sin darnos cuenta, seguimos entregándole espacio en nuestra vida a aquello de lo que deseamos liberarnos.
Soltar el resentimiento no significa justificar lo sucedido, olvidar la herida ni reconciliarnos con quien nos hizo daño. Significa comenzar a recuperar nuestra tranquilidad sin depender exclusivamente de que esa persona reconozca sus errores.
Porque no siempre recibiremos las respuestas que necesitamos. No todas las historias tendrán un final justo y no todas las personas serán capaces de ofrecernos el perdón que merecemos o la explicación que esperamos.
Aun así, podemos continuar.
También necesitamos aprender a mirar nuestras propias heridas. A veces, detrás del miedo a perder a alguien, se esconde el temor a no ser suficientes; detrás de la necesidad de que nos elijan, la dificultad para reconocer nuestro propio valor; y detrás de nuestra resistencia a soltar, el miedo a enfrentarnos a la soledad.
Conocernos no significa culparnos por lo que hemos vivido. Significa comprender nuestras emociones para no permitir que las experiencias del pasado decidan por completo nuestro futuro.
Quizá el verdadero aprendizaje del desamor no consista en dejar de amar, sino en aprender a amar sin convertir el vínculo en una prisión.
La paz interior no llega necesariamente cuando conseguimos que alguien cambie, regrese o se arrepienta. A veces comienza cuando aceptamos que no podemos controlar las decisiones ajenas, pero sí podemos decidir qué lugar queremos ocupar en nuestra propia vida.
No elegimos todas las heridas que recibimos, pero podemos aprender a no convertirlas en nuestra identidad.
No podemos cambiar lo que ocurrió, pero podemos trabajar para que no determine cada paso que damos.
Y no siempre podremos conservar a quienes amamos, pero podemos evitar perdernos a nosotros mismos en el intento de retenerlos.
Tal vez desamar no sea aprender a odiar menos, sino aprender a necesitar menos aquello que nos hace daño y a cuidar más aquello que somos.
Porque soltar no siempre significa que el amor desapareció. A veces significa que hemos comprendido que también merecemos vivir en paz.
Y quizá esa sea una de las tareas más profundas de la vida: aprender a despedirnos sin destruirnos, a recordar sin quedarnos atrapados y a continuar sin permitir que el dolor nos robe la capacidad de volver a amar.
A veces, el acto de amor más importante no es luchar para que alguien se quede, sino aprender a no abandonarnos cuando alguien se va.
Carmen Guillermina de Jesús Bruno
Psicóloga Clínica M.A.











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