Las encuestas electorales constituyen uno de los instrumentos más utilizados para conocer las preferencias políticas de una población. Sin embargo, existe una particularidad que merece nuestra atención: cuando sus resultados se hacen públicos, pueden dejar de ser simples mediciones y convertirse en factores capaces de influir sobre el comportamiento de los propios ciudadanos que pretenden estudiar.
Esta situación plantea una interrogante de gran importancia para la Estadística, la Sociología y la Psicología Social, ¿hasta qué punto la publicación de una encuesta puede modificar las preferencias electorales?
La respuesta nos conduce a dos fenómenos conocidos como bandwagon y underdog, cuyos fundamentos permiten comprender determinadas reacciones de los ciudadanos ante la información sobre quién encabeza o se encuentra rezagado en una competencia electoral.
El término bandwagon tiene sus antecedentes en las campañas políticas estadounidenses del siglo XIX. Durante los desfiles electorales se utilizaban carros que transportaban bandas musicales para atraer multitudes y despertar entusiasmo. Con el tiempo, la expresión subirse al carro adquirió un significado político, incorporarse a una causa porque aparenta contar con el respaldo de la mayoría.
En 1950, el economista Harvey Leibenstein abordó este fenómeno desde la teoría del comportamiento del consumidor. Su planteamiento establecía que la demanda de determinados productos podía aumentar como consecuencia de su popularidad entre otras personas.
Aplicado al comportamiento electoral, el efecto bandwagon describe la posibilidad de que algunos ciudadanos decidan respaldar a un candidato porque perciben que dispone de mayores probabilidades de victoria.
No necesariamente se trata de una decisión sustentada en programas de gobierno, propuestas económicas o convicciones ideológicas. En determinadas circunstancias, puede intervenir el deseo de pertenecer al grupo mayoritario, la búsqueda de aceptación social o la creencia de que la mayoría posee mejores elementos para decidir.
En sentido contrario aparece el efecto underdog, expresión inglesa utilizada para identificar al competidor que se encuentra en desventaja frente a un adversario considerado más fuerte.
En política, este fenómeno se manifiesta cuando determinados ciudadanos desarrollan simpatía por el candidato que aparece rezagado y deciden respaldarlo. Entre sus posibles motivaciones encontramos la solidaridad, el sentido de justicia y el deseo de impedir que una competencia termine favoreciendo inevitablemente al más poderoso.
Ambos comportamientos revelan una característica interesante de la conducta humana, una misma información puede provocar respuestas completamente diferentes.
Mientras algunos ciudadanos pueden sentirse atraídos por quien aparentemente ganará, otros pueden experimentar una mayor motivación para apoyar a quien parece destinado a perder.
Uno de los aportes científicos más importantes al estudio de estos fenómenos corresponde a Herbert A. Simon, quien publicó en 1954 el artículo Bandwagon and Underdog Effects and the Possibility of Election Predictions, en la revista Public Opinion Quarterly.
Simon planteó una cuestión que continúa siendo relevante: si una predicción electoral influye sobre las decisiones de los votantes, ¿puede terminar modificando el resultado que originalmente pretendía anticipar?
Esta interrogante introduce una particularidad de las ciencias sociales. Las personas no son objetos pasivos de observación. Pueden conocer las investigaciones realizadas sobre su comportamiento, interpretarlas y reaccionar ante ellas.
Por consiguiente, una encuesta publicada puede convertirse en parte de la realidad social que intenta explicar.
La Psicología Social ofrece elementos para comprender estos comportamientos. El efecto bandwagon puede relacionarse con la conformidad grupal, la influencia social y la tendencia a considerar acertadas las decisiones compartidas por muchas personas.
El underdog, por su parte, puede vincularse con la empatía hacia quienes enfrentan condiciones desfavorables y con determinadas concepciones individuales sobre la justicia y el equilibrio de las competencias.
Sin embargo, debemos evitar interpretaciones mecánicas. No todos los ciudadanos reaccionan de la misma manera y la existencia de estos efectos no significa que las encuestas determinen necesariamente el resultado de unas elecciones.
Las investigaciones empíricas han encontrado evidencias de ambos fenómenos, aunque con diferencias en su frecuencia, magnitud y condiciones de aparición. En consecuencia, no resulta científicamente correcto asumir que toda encuesta favorable a un candidato producirá automáticamente un incremento de su respaldo.
También se debería considerar el papel de los medios de comunicación.
Una realidad es publicar los resultados de una investigación con sus correspondientes márgenes de error y otra, muy distinta, convertir una estimación estadística en una afirmación categórica sobre el futuro electoral.
Los titulares, las interpretaciones de los comentaristas y la repetición de determinadas narrativas pueden contribuir a construir percepciones de fortaleza o debilidad que no siempre reflejan adecuadamente la incertidumbre de las mediciones.
Por eso, la responsabilidad de comunicar una encuesta no termina con presentar porcentajes. También exige explicar sus alcances, limitaciones y condiciones metodológicas.
Para investigar rigurosamente los efectos bandwagon y underdog sería necesario estudiar las preferencias de los ciudadanos antes y después de conocer determinadas informaciones electorales. Los diseños experimentales y los estudios longitudinales permitirían establecer si existen cambios atribuibles a esa exposición.
De igual manera, habría que distinguir entre modificar la intención de voto, alterar las expectativas de victoria y estimular la participación electoral. Aunque relacionados, estos comportamientos no son equivalentes.
Esta distinción resulta indispensable para evitar que una hipótesis de influencia política se presente como una conclusión demostrada.
Las encuestas deben servir para conocer la voluntad popular, no para sustituirla ni presentarla como decidida antes de que los ciudadanos acudan a las urnas. Porque cuando una medición estadística se convierte en instrumento de influencia política, la frontera entre describir la realidad y contribuir a transformarla merece especial vigilancia.
Es precisamente aquí donde adquiere mayor relevancia la interrogante que motivó nuestra reflexión anterior: Brasil 2026, ¿por qué se equivocaron las encuestas electorales?











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