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San Francisco de Macorís, un territorio ciguayo

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7 marzo, 2016
en Opiniones
Pedro Carreras Agilera

Pedro Carreras Agilera

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Por Pedro Carreras Aguilera

El 12 de octubre de 1492, cuando se produjo el abrupto encuentro entre la etnia europea y la nativa, la isla que Cristóbal Colón bautizó como La Española, estaba políticamente conformada por cinco cacicazgos, regiones o gerencias. Esa división era la siguiente: Marién en la porción Noroeste, gobernado por Guacanagarix; Maguá, en el centro, regido por Guarionex; Higüey al Este, dirigido por Cayacoa; Maguana, al Sur, comandado por Canoabo y Jaragua, por Bohechío.

Cada cacicazgo estaba fragmentado en cacicatos o provincias. En el caso del de Maguá, a juicio de Joaquín Priego, en su texto Cultura taína, pág. 69, estaba subdividido en ocho cacicatos, a saber: Maguá, cacicato cabecera; Macorix Arriba, Macorix Abajo, Bonao, Yásica, Cotoy, Samaná y Sanabacoa. Este cacicazgo estaba poblado por taínos y ciguayos. Estos últimos estaban distribuidos en Macorix Arriba, Macorix Abajo y Samaná. Algunos autores se refieren a estos aborígenes como ciguayos macoriges, también como ciguayos o macoriges, e indistintamente.

De ahí que lo que hoy conocemos como San Francisco de Macorís estaba habitado por ciguayos o macoriges. En cuanto a su origen, el tema es bastante complejo. Según afirma Martín Fernández de Navarrete, en Viajes de Cristóbal Colón, pág. 189, el Almirante genovés, comentaba en sus primeras cartas que los ciguayos eran prácticamente confundibles con los guanches de las islas canarias. Moisés Bertoni, en Civilización Guaraní, pág. 172, opina al respecto: “Hemos admitido la posibilidad de que ciertos elementos blancos del mundo antiguo hayan llegado a América por intermedio de La Atlántida, lo que explicaría lo muy parecido de los ciguayos con los guanches de las canarias”. En tanto que Herbert W. Kriegger, en su trabajo que lleva por epígrafe Arqueología e historia: Investigaciones en Samaná, pág. 47, afirma: “Los ciguayos llevaban una media corona de plumas verticales colocadas en la parte posterior de la cabeza, como principal adorno. Esta forma de tocado también la usaban las tribus arawaks del interior de Sudamérica. En fin, hay quienes afirman respecto a los hirsutos adornos ciguayos, que se parecían más a los tinacales de la Florida.”

El etnólogo Sven Loven en Origins of the culture Tainan, pág. 221 los relaciona con tribus de la región amazónica. A juicio de Fray Bartolomé de Las Casas, Historia de las Indias, pág. 189, y Gonzalo Fernández de Oviedo, Historia general y natural de las Indias, pág. 103, los ciguayos procedían del cruce genético entre taínos y caribes. No obstante, para Walter Krickebert, en Etnología en América, pág. 181, su procedencia es todavía un tanto confusa. En lo tocante al tema, comenta: “Aún no se ha puesto en claro el origen de los ciguayos…parece que no eran caribes, tal vez tampoco arawaks, sino una tribu que había sido desalojada de la región Orinoco superior y llegaron hasta Las Antillas, cuando la expansión de los caribes había puesto en movimiento a otros pueblos del noroeste de Sudamérica”. A opinión de Bosch en Indios: apuntes y leyendas, pág. 11: “Probablemente los ciguayos tomaron posesión de la isla antes que otra raza”. Como se puede observar, con relación al origen de los ciguayos hay opiniones bastantes disímiles.

A juicio de Fernández de Navarrete, ob. ct., Cristóbal Colón en su diario, lo define: “de buena estatura, gente muy hermosa; los cabellos no crespos, salvo corredizos y gruesos como sedas de caballo, y todos de la frente y cabeza muy ancha y los ojos muy hermosos y no pequeños, y ellos ningunos prieto… y eran buenos guerreros. Priego, ob ct., comenta: “Habitaban en la región de Samaná y de Macorix. Eran guerreros armados de flechas y macanas. Se pintorreaban el cuerpo con carbón, bija, ceniza y arcilla, usaban un peinado que hoy llamamos cola de caballo y se empenachaban con plumas de colores”.

Los ciguayos tenían la particularidad de que eran belicosos, y además la única tribu de las que poblaban la isla que usaba el arco y la flecha. Hacían espadas, macanas, cuchillos y espadas de madera y hachas de piedra. A opinión de Bosch, ob. ct.: “no toleraban las intromisiones”. Fray Ramón Pané y en obra Relaciones acerca de las antigüedades de los indios, pág. 18. Nos hace saber que tenían un dialecto propio, así por ejemplo, mientras los demás aborígenes llamaban “caona” al oro, los ciguayos lo denominaban “tueb”.

Para conocer a fondo la cultura ciguaya, hay necesariamente que bucear en los escritos de Pané, quien arribó a la isla en el segundo viaje de Colón. Era considerado por los exploradores un eclesiástico de poca monta. Para Bartolomé de las Casas era un individuo “simple y de buenas intenciones”. El mismo se definía como: “Yo Fray Ramón Pané, pobre ermitaño de la Orden de San Jerónimo”. Fue enrolado en el segundo viaje a la nueva tierra porque era “entendido en lenguas”. Desde que llegó se internó junto a Fray Juan de Borgoñón en la inhóspita tierra del cacicato de Macorix. Allí observó los ritos religiosos, los cánticos, las celebraciones, los hábitos alimenticios y las formas desconocidas de interactuar de esa tribu. En los dos años que estuvo por ese cacicato aprendió además el dialecto y las costumbres de dicha etnia.

El humilde frailecillo nos hace saber: “Estuvimos por consiguiente…dos años enseñándoles siempre nuestra fe y las costumbres de los cristianos”. Pedro Henríquez Ureña en La Cultura y letras coloniales, pág. 384, comenta: “La lengua que habló Pané no fue el taíno general de la isla sino el de Macorix”. En su arduo trabajo evangelizador logró que Guaicanabié, se convirtiera en el primer aborigen en recibir las aguas del bautismo, evento que sucedió el 21 de septiembre de 1496, día de San Mateo, por lo que al nuevo cristiano recibió el nombre de Juan Mateo. Con relación a la suerte de Mateo, Tres años después, Juan Mateo, que auxilió a Pané y a Borgoñón en otras conversiones, fue sacrificado con su familia por los indios en una revuelta, con lo que Juan Mateo se convirtió en el primer mártir del cristianismo en América.

Esta tribu sentía predilección por el juego de pelota y era para ellos muy significativo el areíto, una fusión de poesía y música en un marco de danza. El areíto de los ciguayos era muy variado en su contenido: épico, genealógico, existencial, festivo, mágico y fúnebre. Emiliano Tejera, hace la siguiente acotación: “La danza de los ciguayos era más armónica o menos áspera que la de los siboneyes y otras tribus; daban unos pasos delante y otros hacia atrás, en tanto que el tequina entonaba el motivo principal del canto, que los demás repetían a coro”.

Al igual que los demás pobladores de la ínsula, su principal actividad económica estaba sustentada en la agricultura, la pesca y la caza. Pané, ob ct., al referirse a la religión de los ciguayos, dice: “Tenían una doctrina religiosa primitiva, pero con rasgos de la revelación primigenia, creían que el Cemí o Dios está en el cielo y es inmortal” y que tenía cuatro patas y a la llegada de los españoles se escapó y se fue a la laguna. La creencia en el Cemí era algo generalizado en todo los aborígenes de la isla, pero los ciguayos, además tenían otras divinidades superiores que llamaban Yocahu Bagua Maorocotí, el cual vivía en el turey. Padre y rey de los dioses. No se le conocía principio paterno; no tenía fin y era inmortal e invisible. Era el señor del mar, mientras Yucahuguama era el señor del cazabe o cazabí.

Es muy extendido el criterio de que el mito de la ciguapa es de origen ciguayo y difundido en casi toda la geografía de la isla. Consiste en una mujer muy hermosa que vive en los pozos de los ríos y sale a la orilla y se sienta sobre una piedra grande a peinar su cabellera que cubre todo su cuerpo cual traje de ébano. Así como también la creencia en los muertos. En ese sentido, Pané, ob ct, afirma: “Dicen que durante el día están recluidos y por la noche salen a pasearse y que comen de una fruta que se llama guayaba”. Como podemos observar, el temor a los muertos, la leyenda de la ciguapa y la de que los aborígenes se esconden en las profundidades de los charcos, es un legado de la etnia isleña, que llega a nosotros gracias a las crónicas de Pané.

Al arribo de los españoles, la mayor autoridad política de los ciguayos recaía en la persona de Mayobanex, a quien el eminente etnólogo Sir Robert Schomburgk, en su trabajo titulado The península and y bahía de Samaná in of Dominican Republic, calificó a Mayobanex de un cacique “formidable”. De él, dice Priego, ob cit.: “Un cacique valeroso, que tenía un ejército de 8 mil hombres y unos diez régalos y una importante esposa llamada Ginamona”.

La hidalguía y el alto sentido de la hospitalidad, prendas que adornaban al bravo cacique, jugaría un papel de primer orden en su futuro inmediato y en el de los suyos. El 24 de marzo de 1495, los españoles entraron al Cibao y a partir de entonces la paz se perdió para siempre en el hermoso valle. Canoabo, el más impresionante de los caciques, cae prisionero, víctima de la vileza, lo que dejó el campo abierto a los conquistadores. Fracasado el primer intento de enfrentar al intruso, Guarionex volvió a convocar a varios caciques y logró reunir a 15,000 hombres para caer sobre Bartolomé Colón y su ejército.

Delatado el complot, el hermano del Almirante lanzó un ataque sorpresivo sobre los conjurados sembrando el terror y la muerte en el Guaricamo, donde Guarionex fue vencido, por lo que el otrora representante de Maguá como último recurso “cargó con todo lo posible y emigró con su tribu en busca de protección ante el gran cacique Mayobanex”, suceso que ocurrió a juicio de Joaquín Priego, ob ct., en 1499.

Noticiado Bartolomé Colón de su escondite, aprovechó la tradicional enemistad entre ciguayos y taínos y armó un ejército con cien españoles y tres mil taínos y emprendió la persecución del cacique. El Padre Bartolomé de Las Casas, Historias de las Indias, pág. 459, cuenta: “Va el adelantado luego allá, sube la sierra con gentes, desciende a un valle grande, por donde corre un río caudaloso; halló dos indios espías, el uno se fue y el otro tomaron, quiérelo dar tormenta, confiesa sin él la verdad, y esta era, que poco después de pasado el río estaba gran multitud de gentes ciguayos, en un monte para dar en ellos esperándolos. Salieron con gran grita y esto es cierto, muy temerosa, dispararon millones de flechas juntas, que parecía lluvia, pero como la tiran de lejos los de a caballos matan algunos porque los montes tenían de refugios. Desaparecieron aquella noche todos, y los cristianos durmieron en aquellos montes”.

Las Casas, sigue relatando: “Al otro día, tórnarse a las sierras en busca de los indios, llegaron a un pueblo que hallaron vacío, prendieron un indio que les dijo que de allí a tres o cuatro leguas estaba el pueblo de Mayobanex, y allí escuadrones de ciguayos para pelear aparejado llegaron a donde estaban. Desde los montes en que estaban, muchas flechas a los cristianos hirieron algunos que no les dieron lugar de arrodillarse; fueron tras ellos, mataron muchos, asestaron muchos con los ballestas, y con las espadas desbarrigaron y cortaron brazos y piernas… y no fueron pocos los que prendieron por esclavos”.

El Adelantado, escogió uno de los prisioneros y les envió a Mayobanex el siguiente mensaje, Las Casas, ob ct.: “No para hacerte la guerra ni a ti ni a tus súbditos he traído mi ejército Mayobanex, pues deseo tu amistad. No he venido a hacerle la guerra ni a los tuyos, antes deseo tener tu amistad, pero te pido que Guarionex, que se ha refugiado en ti y te persuadió a tomar las armas con gran perjuicio de los tuyos, pague la pena de su delito. Por lo cual te exhorto a que me lo entregue. Si lo haces, Cristóbal Colón te admitirá en su amistad y defenderá la integridad de tu reino. Si te niegas a entregármelo, todo tu reino será devastado a sangre, y a fuego y ocupado todo lo tuyo.”.

Utilizando el mismo emisario, el bizarro Mayobanex le respondió: “Guarionex es hombre bueno y virtuoso, nunca hizo mal a nadie, que es público y notorio, y por eso es dignísimo de compasión de ser en sus necesidades ayudado, socorrido y defendido. Ustedes empero son malos hombres, tiranos, que vienen sino a usurpar las tierras ajenas y no saben sino derramar sangre de los que nunca los ofendieron, y por eso, ni quiero su amistad, ni verlos, ni oírlos, antes en cuanto yo pudiese, con mis gentes favoreciendo a Guarionex, tengo de trabajar de destruirlos y echarlos de esta tierra”.

Con respecto a la reacción tomada ante la solidaria respuesta de Mayobanex, José Gabriel García en Compendio de la Historia de Santo Domingo, pág. 45, tomo I, nos ilustra: “ como esta proposición fue rechazada dignamente por el noble cibaeño, en quien la lealtad era virtud innata y el valor resultado de arraigadas convicciones, redujo por despecho a cenizas todas las chozas que encontraba a su paso; arrancó de cuajo todas las sementeras, y persiguió a muerte todos los indios, consternándolos de tal manera, que al fin se dispersaron en confusión por las montañas y los bosques lejanos, donde los siguió de cerca sin darle tregua”. Guarionex y Mayobanex, fueron apresados. El segundo terminó encadenado en la fortaleza La Concepción, hecho un guiñapo, murió tras los barrotes en 1502.

Con respecto a Guarionex, en julio del mismo año zarpó por el Puerto de Santo Domingo una flota de 30 navíos cargados de prisioneros, algodón, oro y casabe. Cuando la flota iba en alta mar un poderoso huracán hizo zozobrar a 23 de las embarcaciones. Las valiosas cargas fueron al fondo del mar, incluyendo las personas a bordo. Uno de esos desafortunados fue Guarionex, quien iba en calidad de prisionero.

A la luz de los hechos, es fuerza poner de relieve que la primera sublevación contra la intromisión europea, no fue la de Enriquillo, más bien, la del supremo de los ciguayos. Aunque claro está, la del hombre que terminó en Boyá, alcanzó mayor significado histórico.

En lo que respecta a la porción donde hoy se asienta San Francisco de Macorís, se observan bastantes huellas ancestrales. Podríamos empezar por su dialecto, de donde heredamos varios vocablos como por ejemplo, Bixao o Bijao, que en la actualidad es una superficie suburbana, pero así bautizaban los ciguayos a una musácea, que usaban sus hojas para toparse la cabeza en tiempo de lluvia. Cuando el eminente botánico Carlos Linneo, la clasificó, la llamó Heliconia bihai, como se puede advertir el término bihai, tiene un parecido sonoro con Bixao o Bijao, es como si el afamado taxónomo hubiera entendido que debía hacer perdurar en el tiempo ese vocablo nativo. Hay otras comunidades que honran dicho dialecto, tales como Güiza, Yaiba, Yagüiza, Agú, Génimo, Mirabel. Muchos ríos, arroyos y cañadas preservan expresiones del desaparecido instrumento lingüístico de la etnia ciguaya, tales como Jaya, Baoba, Yabija y Yuna. En otro orden, se han identificado numerosas gucácaras que, como sabemos, eran sitios ceremoniales donde rendían tributos a sus dioses, también para guarecerse en tiempo de guerra y desastres naturales. Fue en una de esas grutas, que cuando ambos caciques se vieron sin sus ejércitos, se albergaron, quizás pidiendo a sus dioses fuerzas para enfrentar tan feroz enemigo.

En las comunidades de Atabalero, Mata Larga, La Bajada, La Joya y Gran Parada, se han encontrado signos rupestres de alta significación, referidas a la cultura ciguaya. No obstante, a nuestra humilde opinión, tal vez el mayor patrimonio y el más perecedero que aún conserva la capital del Nordeste de la etnia desaparecida bajo la ley del garrote, sea la rebeldía, el amor a la patria y su alto sentido de hospitalidad.

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