Las estadísticas oficiales evidencian que la mayor cantidad de presos se encuentran en Estados Unidos con 2,29 millones de encarcelados; España tiene un 32% más de presos que el resto de Europa: en este mismo año 2016, en la Madre Patria existen 61,614 personas presas; en América Latina todos los países tienen sus cárceles en estado de hacinamiento total: el país con menor taza de presos es Argentina para un 102% y la mayor se encuentra en Haití, con un 416% de sobrepoblación carcelaria; mientras que República Dominicana cuenta con una población de 24,719 de reclusos o internos, según vienen denominados por el Nuevo Sistema Penitenciario Dominicano.
Según el Centro Internacional para los Estudios de Prisiones, en el mundo hay actualmente alrededor de 23 millones de presos. Todas estas cifras son espeluznantes tratándose de actos reñidos con la ley y la moral.
Ante estos números fríos, la pregunta surge automática: ¿Conocemos las cárceles? ¿Qué tanto nos interesamos por la realidad de los privados de libertad?
Jesús lo puso como elemento fundante al momento de presentar su misión: “El Espíritu del Señor está sobre mí… Él me envió… para dar la libertad a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor” (Lc 4,18-21); lo colocó como uno de los elementos que serán examinados en el Juicio Final: “Estuve en la cárcel y vinieron a verme” (Mt 25,36). La primera comunidad cristiana lo enseñaba: “Acuérdense de los presos, como si ustedes estuvieran presos con ellos” (Hb 13,3).
La Iglesia, siguiendo las enseñanzas de su Maestro, ha formado la Pastoral Penitenciaria que hace un encomiable trabajo en beneficio de las cárceles y de los encarcelados alrededor del mundo; alejándose de todo sensacionalismo publicitario y aferrándose a sus objetivos, busca anunciar a Jesús a estos hermanos nuestros que por alguna razón, han tenido que probar el sabor de los grillos y los barrotes de las cárceles, pero que por su condición, no han dejado de ser hijos de Dios. Renovar su vida interior y prepararles para una vida plena en Cristo, es trabajo de todos los hombres y mujeres que se dedican a esta evangelización tan útil y necesaria y que ha transformado tantas vidas, en un momento de tanto desconsuelo, como es purgar un error cometido, al quedar limitado un valor fundamental del ser humano: su libertad.
Jesús puso como elemento importante en sus obras de misericordia el visitar los encarcelados, porque confía en el ser humano, porque sabe que éste puede cambiar, porque todo ser humano merece una segunda oportunidad, porque “no vino a condenar, sino a perdonar” (Jn 12,47). Cada encarcelado es una persona, con una historia, con una familia, con una realidad, con una fragilidad y que, con apoyo, puede revertir. Siempre es más fácil condenar, acusar y juzgar. Jesús prefiere perdonar, acoger, comprender la miseria humana y transformarla en vida nueva, en alegría y resurrección. Sólo el que se deja transformar por Cristo, será feliz, porque Jesús vino a liberarnos de nuestras esclavitudes y a enseñarnos la verdad (1Tim 2,4).
No olvidemos brindar apoyo a los familiares de las personas que sufren prisión. También ellos, de una u otra forma, se sienten prisioneros, marginados y abandonados por vecinos, familiares, amigos y por la sociedad.
A pesar de que esta Obra de Misericordia es una de las más difíciles de practicar ya sea por las mismas normas carcelarias, por el ambiente y el temor a entrar en estos espacios, hay un modo irrenunciable de estar cercano a ellos: la oración. Orar por los sufrimientos de los encarcelados, sus limitaciones, sus anhelos no cumplidos, por el deseo de querer cambiar parte de su historia personal, su marginación, pero sobre todo, porque ellos tengan un encuentro personal con Jesús y, junto a la oración, promover una actitud de acogida y solidaridad con aquellos que, a pesar de su error, merecen una mano amiga, un abrazo fraterno y recibir la paz que viene del Señor, el mismo que le dijo a Nicodemo que hay que nacer de nuevo para ver el Reino de Dios (Jn 3,3).











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