La última de las Obras de Misericordia Corporal es enterrar a los muertos. De hecho, el tema de la muerte es siempre difícil de tratar, casi desconocido en el lenguaje moderno. Cuando se aborda con morbo, incita al miedo. Cuando se hace como reflexión, provoca el suspiro de la finitud y entonces llega la sensación del adiós definitivo y de la caducidad. Sin embargo, la muerte tratada desde el ámbito de la fe, evoca esperanza.
Esta séptima Obra de Misericordia no es una explicación de la muerte, sino que se refiere al acto en sí de dar sepultura a los muertos, como una acción, que aunque no está presente en el juicio final, se realiza en bien del prójimo y para dar gloria a Dios, como una muestra de amor y piedad hacia la persona fallecida. Sepultar es una normativa civil, en tanto la Iglesia recomienda sepultar los muertos en el cementerio, que significa: “lugar de los que duermen”.
Tanto la Biblia como la literatura antigua, muestran el tratamiento deferente que se le otorga al cuerpo sin vida de las personas. Abraham sepulta su esposa Sara (Gén 25,9); Sirácides habla de la sepultura como una benevolencia hacia el muerto (7,33); y da indicaciones precisas al respecto: “Hijo, por un muerto lágrimas derrama, como quien sufre cruelmente, entona la lamentación; según el ceremonial entierra su cadáver y no seas negligente con su sepultura” (38,16). Tobías narra una experiencia personal cuando el Rey Senaquerib lo buscaba para matarlo por darles sepultura en secreto a los israelitas asesinados por éste (Tb 1,17-19).
La misma preocupación la muestran los discípulos de Juan el Bautista ante la muerte de su Maestro (Mc 14,12); igual con Esteban (Hech 8,2) y la preocupación de José de Arimatea ante la muerte de Jesús de Nazaret (Lc 23, 50-53).
Siguiendo esta enseñanza, el Catecismo de la Iglesia Católica (CEC), en su número 2300, afirma: “Los cuerpos de los difuntos deben ser tratados con respeto y caridad en la fe y la esperanza de la resurrección. Enterrar a los muertos es una obra de misericordia corporal (cf Tb 1, 16-18), que honra a los hijos de Dios, templos del Espíritu Santo”.
Respecto a la cremación, para el Pueblo de Israel era una abominación (Am 2,1) que merecía la muerte. En la Iglesia Católica estuvo prohibida hasta el 1963. Más tarde, la Congregación para el Culto Divino con su “Ordo Exsequiarum” (1968) ratificaba su no oposición, a pesar de seguir valorando la práctica de sepultar los muertos. Esta doctrina entró en el Catecismo al afirmar que “la Iglesia permite la incineración cuando con ella no se cuestiona la fe en la resurrección del cuerpo” (CEC 2301). Por tanto, la Iglesia no recomienda la dispersión de las cenizas, sino que valida el cementerio o Campo Santo como el lugar de las personas queridas que ya han concluido su peregrinación por la tierra.
El culto que brindamos a nuestros seres queridos es una continuación del amor y respeto que ofrecemos a los vivos; de aquí que es imprescindible en este momento, que envuelve tan profundamente a sus familiares y amigos, reflexionar sobre el valor de la vida y de la esperanza de la Resurrección (1Cor 15,14). La muerte nunca debe ser provocada, sin embargo, cuando llega debe ser recibida en la fe, como un paso hacia la comunión definitiva con Dios.
Los ritos para sepultar pueden variar de pueblo en pueblo y de cultura en cultura. Nuestros cementerios lamentablemente no son lugares dignos ni limpios ni seguros y, por demás, se han constituido en centros de atracos y delincuencia. El modo y respeto que se brindan a los muertos son un referente de nuestro grado de civilización y de la memoria que tenemos hacia los difuntos. Resultan escandalizantes las prácticas de entierro que se practican actualmente en nuestros barrios y comunidades, donde a base de música, ron, cerveza, disparos y hasta sustancias prohibidas, se acompañan cortejos fúnebres. ¡Una clara profanación al campo santo y al ser querido que yace sin vida en el ataúd!
En fin, sepultar es un acto religioso, de higiene o de amor hacia el difunto; sepultar un muerto es una necesidad que dice mucho de quien lo practica y su sociedad. Apoyándonos en la siguiente frase atribuida al político ateniense Pericles (495-429 a.C.), podemos concluir diciendo: “Se juzga un pueblo por el modo en el cual sepultan a sus propios muertos”.











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