Era un abogado de altísimo desempeño para aquella época en que el derecho penal se ejercía desde la perspectiva del sofisma.
Era un intelectual que marcaba el rumbo de su época y hacia gala de su proverbial capacidad para crear imágenes, pasajes y concatenar expresiones latinas con las circunstancias del caso que le tocaba defender. Pedro Pablo Vargas Paulino (Gelo) era notable.
Lo conocí en mi niñez cuando éramos vecinos (fui compañero de juego de Piedad y Diocles Rafael, con Renan no tanto pues no era contemporáneo nuestro), mi papa tenía un bar-cafetería donde se daban cita, lo más granado del foro jurídico de la ciudad, pues su ubicación entre la esquina formada por las calles Salome Ureña y San Francisco permitía el acceso fácil al lugar donde se destapaban las cervezas y se discutía entre jueces, abogados y fiscales qué sucedió y qué no sucedió que debía suceder; para esa época el derecho se ejercía de manera más rural, sin muchas ataduras y sin esas distancias que ponen hoy día jueces y fiscales con sus colegas, total todo funcionario judicial sabia que en cualquier momento se pondría el birrete con la borla blanca.
Tenía marcado rasgo de poeta y era seguido cuando hablaba en el tribunal, en su época dorada el Tribunal de Primera Instancia se ubicaba frente al parque, edificación que hoy ocupa la Universidad Católica Nordestana, y era un hervidero de ciudadanos que acudían a escuchar a los grandes oradores del foro.
Jovito, Vincho, Angelito Canaan, Sócrates Peña y Gelo Vargas solo por mencionar algunos.
Siempre bien ataviado y cargado de libros, era seguido por un séquito desde su oficina hasta el palacio de justicia.
Simpático, bonachón, con una figura característica del buen hombre pueblerino que entre saludos, apretones de manos y elogios hacia una clientela regularmente fiel a su abogado.
Una de las mejores anécdotas de Gelo Vargas ocurrió mientras se desempeñaba como Abogado de Oficio de la Corte de Apelación de San Francisco de Macorís, en ocasión en que debió defender a uno de estos conocidos cacos, con un prontuario extremadamente largo 16 casos anteriores le decían al veterano litigante que era poco lo que podía hacer por su cliente, pero Gelo era un conocedor del espectáculo jurídico y que en esos casos había que apelar a la fibra sensible del corazón de los jueces y para eso, el era un maestro.
Al momento de su discurso de defensa aprovechó para poner todo su histrionismo al servicio de su caso:
—Honorables magistrados— dijo con aire circunspecto.
—En un caso de esta naturaleza, es poco lo que un abogado puede hacer— y se quito el birrete doblándolo en la forma característica como lo hacen los abogados.
—Porque como comprenderán los honorables jueces—y se quito la toga.
—El abogado que os dirige la palabra—y comenzó a recoger todos sus libros esparcidos por el estrado.
—Solo puede pedirle a esta Honorable Corte—y comenzó a bajar del estrado—piedad! piedad! piedad!, piedad!, piedad!
Mientras seguía caminando hasta salir de la corte, fue diciendo piedad hasta llegar a las escaleras, donde fue alcanzado por el Alguacil de estrado que le recordaba que debía volver pues un juicio penal no se puede conocer sin el abogado defensor.











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