San Pablo, cuando aborda la Teología del Cuerpo, al referirse a las manos afirma: “Si dijera el pie: «Puesto que no soy mano, yo no soy del cuerpo», ¿dejaría de ser parte del cuerpo por eso?” (1Cor 12,15) y continúa: “Y no puede el ojo decir a la mano: «No te necesito»” (1Cor 12,21).
El Apóstol de Tarso, hereda del Antiguo Testamento la concepción sagrada del cuerpo humano, una visión significativamente distante de la veneración a la belleza del cuerpo que había impuesto la hegemonía romana en toda la extensión de su Imperio. Egipto, Grecia y Roma, nos enseñaron el culto al cuerpo: el hombre y la mujer debían procurar un físico esbelto, bien tonificado, simétrico y perfecto, fruto de los gimnasios y con el uso de productos cosméticos, debía entrar en armonía con la mente y crear arte; de aquí, el hecho de que existan tantas esculturas, en estilo realístico, en edificios y estructuras, así como en pinturas de la época.
¿Podríamos decir que hoy día hemos regresado al antes de ayer de la historia? Pero no perdamos el hilo del tema que nos ocupa.
Mano, en hebreo yadh, una de las partes más notorias y útiles del cuerpo, es, al mismo tiempo, una de las palabras más utilizadas en la Biblia, tanto en sentido estricto, como en sentido lato: se emplea más de 1600 veces, para definir múltiples acciones. Solo mencionamos algunas de ellas: las manos se utilizan para maldecir (Lev 24,14), para bendecir y otorgar una misión (Núm 8,10). Jesús impone las manos para sanar una niña (Mc 5,23), a un leproso (Mt 8,3), acaricia y bendice los niños (Mt 19,13), e incluso lava los pies de sus discípulos (Jn 13,4-9). Ananías impone las manos a Saulo (Hch 9,12); san Pablo, hacía señales y prodigios con sus manos (Hch 14,3). Estar colocado a la diestra o del lado derecho (de la mano) de Dios representa el más alto honor (Mt 25,31).
Sin embargo, hay un texto, el más singular de todos que narra el diálogo entre Jesús y Tomás: “Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Se presentó Jesús en medio estando las puertas cerradas, y dijo: «La paz con ustedes». Luego dijo a Tomás: «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo, sino creyente» (Jn 20,26-28). De hecho, era exactamente esa la condición que puso Tomás para creer: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré” (Jn 20,25).
El Documento Nacional de Identidad (DNI), Pasaporte o Cédula es una idea de los Estados Modernos. En el Imperio Romano, nunca hubo un documento oficial, como lo entendemos hoy para identificar a un ciudadano. En la medida que se conformó el Imperio, fue creándose no solo un territorio, sino una lengua, un modo de vestir y unas costumbres que suplantaban cualquier Documento de Identidad. A pesar de la política integradora y de frontera abierta que idearon las autoridades romanas, bajo su lema: “Plurimae gentes, unus populus–muchas naciones, un solo pueblo”, las autoridades buscaban hacer sentir a los peregrini–peregrinos, como cives Romani–ciudadanos romanos, por lo que no era necesario llevar ningún documento que acreditara la identidad. No obstante, de alguna manera lograban comprender quiénes eran sus ciudadanos, a través de señales particulares: sus cabellos, tatuajes, cicatrices, la huella del pie en la tierra; a partir del nivel de alfabetización: declaraciones o juramentos, signos, vestimentas, zapatos, anillos; por los objetos: sellos y téseras; por documentos públicos y privados: salvoconductos, certificados de permisos militares y diplomas militares, cartas de recomendaciones, negociaciones diplomáticas y, por último, por su lugar de residencia.
Santo Tomás lo sabía y solicitó una prueba de identidad a Jesús para creer que era él: deseaba ver las cicatrices del Crucificado. Tomás se curaba en salud, en medio de unos discípulos que, de igual manera, cargaron el peso de su incredulidad (Mt 28,17), las mujeres estaban desconcertadas (Lc 24,4), los Discípulos de Emaús, caminaron 11 kilómetros conversando con él, sin reconocerlo (Lc 24,13-35; Mc 16,12-13), María Magdalena no lo reconocía (Jn 20,14). Para creer que ese era su líder, su Señor, era necesario “ver” un Documento de Identidad. ¡Genial! ¡Increíble la astucia de Tomás! ¡Solo él se atrevió! Ante su ausencia el mismo día de la Resurrección, él exigía tener el mismo privilegio que Jesús otorgó a los demás discípulos: “Jesús se presentó en medio de ellos y les dijo: «Paz a ustedes». Dicho esto, les mostró las manos y el costado” (Jn 20,19-20) y, desde este momento, este es el Documento de Identidad de Jesús para quienes le siguen.
No, no se trata de un gesto de Apología en el cual Jesús busca demostrar, en un acto solemne liturgia, que su cuerpo glorioso es capaz de existir en esta tierra. De hecho, nos preguntamos: ¿Por qué Jesús muestra sus manos y el costado para que le reconozcamos y no su rostro? Bastaría mirar hoy en día, que nuestro Documento de Identificación Personal lleva visiblemente una foto.
El primer elemento a tener en cuenta para conocer a Jesús es que la revelación plena de las manos de Dios, las encontramos en las manos de Jesús. De hecho, las manos significan y muestran las acciones que cada persona cumple en la vida: si miramos las manos de un agricultor, de una vez decimos: “manos trabajadoras”.
Las manos de Jesús serán las que harán la mayor obra que Dios desea cumplir en la tierra: son manos que producen gestos de amor, de servicio, de misericordia y compasión, que muestran un mundo nuevo, un orden nuevo; al mismo tiempo, son manos clavadas, manos bloqueadas a un madero, manos heridas de amor; manos maltratadas por manos que desean mantener el orden del mal, de las tinieblas, de la agresión, la violencia, las guerras, la destrucción; manos egoístas, que producen muerte.
Jesús se atreve a presentar sus manos y su costado, primero, a los discípulos reunidos en comunidad y después a Tomás. De su costado abierto sale sangre, que es señal de vida donada y agua que es vida nueva en el Espíritu. A través de sus manos heridas y de su costado abierto, Jesús revela su verdadero DNI divino y lo comparte con toda persona. Manos que donan y actúan por amor y alegría: “Los discípulos se alegraron de ver al Señor” (Jn 20, 20).
¡Tomás, tú eres el consuelo a nuestra incredulidad! ¡Cuánto has fatigado para creer y esto me hace parecer a ti! Dime: ¿Qué te impedía confiar en tus hermanos? Ah, sí, recuerdo lo que nos dijo Juan, el Discípulo amado: “Tomás, uno de los doce, llamado el mellizo” (Jn 20,24). ¡Cuánto me parezco a ti! ¡Mi Mellizo! Porque me he apartado de la comunidad, me he ido solo, me he creído el verdadero discípulo, me he sentido superior. Mellizo porque me he amargado por los momentos difíciles, por las incomprensiones, por entender que Jesús sigue muerto. Mellizo porque como tú, “ocho días después”, siento nostalgia de volver junto a los míos, a mi Iglesia, a mi oración, a creer, a encontrar al Resucitado. ¡Ven, enséñame el camino y déjame entrar mi dedo allí donde te traspasaron los clavos y la lanza, aunque te lastime y dame valor para decir como tú: “Señor mío y Dios mío”! (Jn 20,28).










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