En un país donde la música, el deporte y la alegría definen nuestra identidad, la violencia se ha convertido en un visitante indeseado que irrumpe en nuestros hogares.
Los feminicidios y abusos sexuales se han transformado en historias recurrentes que, lejos de ser simples titulares, representan un llamado urgente a revisar el rumbo de nuestra sociedad.
En la República Dominicana, en los últimos años, la violencia ha tocado la puerta de la gran mayoría de las familias. Historias desastrosas y dolorosas nos dejan un sentimiento de impotencia que desgarra por dentro.
Lo más preocupante es que junto a esta violencia parecen imponerse modas mezquinas que promueven la pérdida de valores y la indiferencia.
Uno de los casos es el de ocurrió en el municipio de Villa González, donde una joven fue víctima de una violación grupal. Cinco meses después, descubrió lo ocurrido al ver que los agresores difundieron videos íntimos en redes sociales, revictimizándola y dejándola marcada para siempre.
Como si fuera un efecto dominó, otro caso estremeció a la población. En San Francisco de Macorís, otra menor de edad fue drogada y abusada por cinco jóvenes cuando salió a compartir con amigas. Un hecho frustrante y doloroso que deja a las familias con la sensación de que nadie está a salvo.
En el sector Los Tres Brazos de Santo Domingo se repitió la pesadilla: otra menor fue abusada. Su madre narró con lágrimas que, aunque le dolía escuchar el relato de su hija, agradecía que la dejaran con vida, porque nadie sabe hasta dónde pudo llegar la crueldad de sus agresores.
Duele saber que nuestra juventud crezca en un ambiente donde los valores se desmoronan y la empatía parece ausente. Escuchar el testimonio de una madre que relata el sufrimiento de su hija es desgarrador. Como sociedad, no podemos normalizar estos hechos ni quedarnos de brazos cruzados.
La pregunta que queda en el aire es inevitable:
¿Qué estamos haciendo para proteger a nuestros hijos de un mundo tan cruel?











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