Estamos en noviembre, mes de la familia. En un tiempo oportuno para renovar nuestros lazos familiares, es la ocasión perfecta para recordar de dónde venimos y hacia dónde vamos. Porque nunca podemos olvidar que venimos de una familia, que la existencia se nos fue dada, que antes de caminar y avanzar en la vida, primero tuvimos que depender de otros seres humanos que, desde sus limitaciones y realidades, nos fueron guiando y acompañando. Por esta razón y otras más, hay que reconocer el don y la dicha de tener una familia: padre, madre, hermanos, abuelos, tíos y primos, etc.
La familia no ha pasado de moda o, mejor dicho, no es una moda. La familia es una fuente de energía inagotable, es calor humano, es vitalidad que crece y se alimenta con el afecto y la armonía de los que crecen a nuestro lado. No hay nada humano más importante que la propia familia, y sin importar lo imperfecta que pueda ser, nadie puede sustituirla por cualquier cosa en este mundo. Aunque, como estamos en la era de la independencia personal, en la exigencia del respeto a los “derechos individuales”, que se toma como la expresión más alta de la libertad humana, se puede tomar esto como excusa y sacrificar la familia para justificar dicha actitud.
Parece paradójico, pero la realidad es que el procurar tanto la libertad nos ha llevado a dejar a la familia a un lado, a vivir como si nuestros familiares solo fueran un trampolín para saltar desde ahí al lugar que queremos. Sin pretenderlo y en otras ocasiones, pretendiéndolo, hemos despojado a la familia de su esencia, le hemos quitado el título de ser la cuna y el nido que nos alimenta para capacitarnos en la vida y se lo hemos dado a cualquier cosa que nos apasiona.
Hoy es fácil encontrar que en muchos hogares no hay comedor donde todos comparten a la hora de comer; que cada hijo tiene su televisión y un mundo en su propio cuarto. Es decir, poco a poco el hogar se ha convertido en hotel, donde solo se come y se duerme, y en casos extremos, solo se duerme. Sí, todo ha partido del individualismo, el gran enemigo de la familia. Que, al principio parecía inofensivo, pero luego fue destruyendo a la familia; la institución más sagrada que ha salido de las manos de Dios.
No hay sociedad sin familia, de la misma manera que no existe un árbol sólido sin raíces profundas. Ahora, no podemos negar que es importante luchar por muchas cosas en la actualidad, pero tampoco podemos dejar de defender a la familia ni mucho menos por la dignidad de cada ser humano. Por eso, fortalezcamos nuestro amor familiar, cuidemos y dediquemos tiempo a los seres que amamos.
Valoremos de igual manera, a las personas mayores y seamos agradecidos con las generaciones anteriores, por el legado moral que nos dejaron, pues por ellos hoy la familia es el mayor bien en la humanidad.











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