Durante los días de Semana Santa, en medio de una reflexión forzada, me encontré pensando en algo que para muchos no es ajeno: con frecuencia no toleramos nuestra propia compañía. No sabemos estar solos. Y en ese intento por llenar nuestros espacios vacíos, abrimos la puerta de nuestra vida sin medir las consecuencias.
Hay quienes suben como pasajeros y cumplen su rol: acompañan, observan, conversan si es necesario y respetan. No interfieren con el volante, no opinan cuando no corresponde, no desvían el rumbo. Están, pero no pesan. Como las personas que han aprendido a observar.
El buen pasajero representa a esas personas a las que se les permite entrar, pero no gobernar. Están dentro de tu vida, pero no tienen acceso al volante. No dirigen, no imponen, no invaden.
Pero también están los otros. Los que llegan y se convierten en copilotos. Opinan de todo, deciden, cuestionan cada giro y, en el peor de los casos, manipulan. Tocan lo que no deben tocar: tus decisiones, tus recursos, y tu paz mental.
Esto no es solo una idea loca que se me ocurre, es una realidad latente. Aplica en los negocios, en las relaciones de pareja, en la familia, en las amistades y en el entorno laboral. En cada uno de esos espacios, alguien está ocupando un asiento que define resultados.
Y lo más preocupante es que no se sientan adelante solos. Alguien les abrió la puerta. Alguien les cedió el asiento. Alguien, por miedo a la soledad, prefirió una mala compañía antes que el silencio.
El copiloto, en cambio, es alguien a quien se le otorga voz, voto y poder. Y ahí está el punto: ese nivel de acceso no puede ser emocional, tiene que ser estratégico. Porque cuando se le da ese lugar a la persona equivocada, el viaje se vuelve pesado, lento y, en ocasiones, peligroso.
Ojalá no peque yo de grosero, pero no todo el que llega merece opinar. No todo el que está cerca tiene derecho a decidir. No toda compañía aporta.
Al final, en este trayecto largo que es la vida, no se trata de ir acompañado a cualquier costo. Se trata de elegir bien quién se sienta dónde.
Porque sí, más vale un buen pasajero que un mal copiloto.











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