Por Guillermina De Jesús
Hay dolores para los que no existen palabras suficientes.
La muerte de un hijo es uno de ellos.
Hace pocos días tuve la oportunidad de acercarme a una madre que acaba de perder a uno de sus hijos, un joven de apenas 29 años. Escucharla hablar de su dolor me recordó algo que como sociedad necesitamos comprender: no siempre sabemos qué decir frente al dolor de los demás.
A veces, con la mejor intención, decimos: “Tienes que ser fuerte”, “el tiempo lo cura todo”, “Dios sabe lo que hace”, “yo conozco a alguien que pasó por lo mismo y salió adelante”.
Pero quizás, en ese momento, esa madre no necesita ninguna de esas respuestas.
Necesita que alguien pueda sentarse a su lado y decirle:
“No tienes que entenderlo hoy. No tienes que estar bien hoy. Estoy aquí contigo.”
Porque cada duelo es único. Aunque otras madres hayan perdido un hijo, ninguna historia es exactamente igual. No podemos pedirle a quien acaba de perderlo que comprenda que algún día volverá a sonreír. Ese día llegará, pero hoy quizás lo único que puede hacer es respirar y atravesar las próximas horas.
Resignificar la vida después de una pérdida así no significa olvidar al hijo, dejar de extrañarlo ni encontrar rápidamente una explicación para su muerte.
Significa, con el tiempo, aprender a construir una nueva forma de vivir con esa ausencia.
Primero se sobrevive al día. Después, a la semana. Más adelante quizás aparezca un momento de calma, una conversación, una sonrisa que provoque culpa, porque volver a sonreír puede sentirse como una traición al hijo que ya no está.
Pero sonreír no significa olvidar.
Volver a vivir no significa amar menos al que murió.
Y quizá uno de los mayores actos de amor hacia ese hijo sea, algún día, permitirse continuar viviendo la propia vida, llevando su recuerdo de una manera diferente.
No hay que apresurar ese momento.
El duelo necesita compañía, escucha, paciencia y, cuando el dolor se vuelve insoportable o aparecen pensamientos de no querer continuar viviendo, ayuda profesional inmediata.
Porque hay momentos en los que no necesitamos encontrarle sentido a la vida.
Necesitamos simplemente no atravesar el dolor a solas.
Y quizás, en medio de una pérdida que parece haberlo destruido todo, el primer paso para volver a vivir no sea preguntarse “¿cómo voy a vivir sin él?”, sino solamente:
“¿Qué necesito para atravesar este día?”
Un día a la vez.
Hasta que, lentamente, la vida encuentre una nueva forma de ser vivida.











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